Un devenir entre sombra y luz

 (Desde Valencia a Ourense por los Caminos de Levante, del Sureste y Portugués de la Vía de la Plata durante agosto del 2009)

(II)

 

Jornada 14ª: Palacios de Goda – Rueda (unos 37 km)

La derrota del guerrero

Me he despertado a las 5 a.m. y no he podido dormir más. A las 6:15 me he levantado, he encendido la luz y el abejorro ha vuelto a girar montando escándalo. Ahora lo observo mientras fumo el primer cigarro del día, aún acostado. Se ha dado un topetazo contra la pared, ha caído al suelo y está al lado de mi presencia ¡Zas! Lo siento, ahora necesito tranquilidad. Recojo mis enseres, desayuno y ya estoy de nuevo en marcha.

He decidido llegar a Rueda, a 37 km de Palacios. Parece que existe acogida tanto en San Vicente de Palacio como en Medina del Campo, pero ambas poblaciones se me antojan demasiado cercanas. Mi distancia media habitual es de 30 y pocos km. Durante este periplo he hecho varias etapas de veintitantos por diversos motivos. Así avanzo poco. Intentaré caminar distancias más largas. Hoy, un ejemplo.

El amanecer me saluda en el horizonte. Contemplo y fotografío la salida del hermano sol. Levemente me siguen ardiendo los pies y tengo una leve punzada bajo uno de los dedos. Nada importante. Me encuentro, en general, bastante bien y dispuesto para la “batalla”.

En breve la pista parcelaria por la que discurro me lleva a Honquilana, pueblo abandonado. En él busco, tímidamente, la fuente que me sugirió uno de los adolescentes ayer. Desde el Camino no la veo y sigo adelante. Me ha invadido una profunda sensación de desconcierto y tristeza al atravesar este pueblo fantasma. La observación de la muerte suele producirme esas dos sensaciones. Pero yo estoy aquí, o al menos mi sombra, que anda rítmica y pausadamente al compás de lo inabarcable.

Desemboco en la autovía A-6, Madrid – A Coruña, o Autovía del Noroeste. Aún no conozco que me acompañará durante demasiado trayecto hasta Benavente, porque mi destino es ahora llegar hasta esa localidad zamorana. Después regresaré en autobús hasta Medina del Campo; de ahí hasta Zamora y Ourense.

Como ya observé, el Camino del Sureste, desde “Medina”, desemboca en la Vía de la Plata en Benavente. El de Levante lo hace en Zamora. Voy a realizar las dos variantes.

Ya tengo al otro lado de la autovía la localidad de Ataquines. Esto corrobora que he cruzado la provincia de Ávila y que me encuentro en la de Valladolid ¡Adelante, siempre adelante!

Hace ya bastante calor, la sombra brilla por su ausencia y aprovecho la escasa umbría que proyecta una excavadora en unas obras. Más bollitos de leche con queso zamorano... ¡Uhm! Unos paseantes me desean buen camino y me confirman la existencia de acogida en Ataquines. Recopilada la información continúo hacia San Vicente de Palacio, que dista 13 km desde “Palacios”.

Los de la asociación de Alcantarilla han señalizado, en una roca, su km 600 desde su pueblo. En este punto reposo brevemente.

En “San Vicente” he comprado dos manzanas en una tienda. Iba a comprar algo más, pero las abuelas que iban delante en la cola me han dejado pasar y me avergüenza alargar mi compra. En una plaza hay una bendita fuente y sombra, así que a disfrutar del momento. Llamo a Rueda para avisar de mi llegada. Me avisa la chica de información que están en fiestas, que todo está en pleno hervor, mas sólo he de llamar a Pilar (la teniente-alcalde) cuando arribe a la villa. Ésta me atenderá lo más urgentemente posible.

Dispuesto a continuar hacia “Medina” y una mujer me sale al paso. Me habla de peregrinos que pernoctaron en “San Vicente”, de los que guarda grato recuerdo. Al poco me encuentro con Julio Sáez, el alguacil al que llamé ayer por si me hubiera dado por llegar hasta aquí. El teléfono que marqué no existía. Me cuenta que está harto de informar a las asociaciones jacobeas sobre la incorrección de su número. Me despido dándole las gracias por su compromiso con el Camino.

Once km me restan hasta “Medina” y la pista parcelaria por la que paseo desemboca en la vía de servicio de la autovía. No la abandonaré hasta llegar a la villa y es un auténtico suplicio, ya que el ruido es infernal. Además, la pista está cubierta de gravilla que daña mis pies, sobretodo la punzada que insiste bajo uno de los dedos de mi pie izquierdo, que ahora es más incisiva.

He de decir que durante estos días no he perdido el contacto telefónico con mi padrino Pedro Antonio, al que le relato mis cuitas y bonanzas. Él me recomendó que si tuviese algún problema no dudase en llamar a Manolo Aliaga que, junto a Paco Serra, fueron los diseñadores del Camino del Sureste.

Ahora hablo con Manolo y me explica que él trazó y señalizó desde “San Vicente” hasta “Medina” otra variante para evitar la compañía de la autovía. Ya no me queda mucho para arribar a la última y aguanto, como puedo, la desagradable presencia de tal carretera caminando con los tapones de los oídos puestos. Es tanto el desagrado que inclino el sombrero hacia mis ojos para no observar la incesante riada de vehículos.

Descanso bajo una carrasca en lucha permanente con intrépidas y veloces hormigas que pasean sobre todas los rincones de mi cuerpo. Al poco ya estoy en “Medina”, alejándome de la A-6.

El calor es ahora asfixiante. Es hora de comer y en la interminable avenida Lope de Vega introduzco mi cuerpo en la cafetería Módena 87. El menú cuesta 8 euros. Pienso yantar en abundancia, pero aún me quedan 13 km hasta Rueda y se me puede hacer pesado el trayecto. Mejor como una ensalada. Me están cuidando excelentemente en el bar. Las cervezas me las sirven en vasos escarchados. Pido, además, una tapa de papas ali-oli y me la sirven ingente. Llenan mi cantimplora de agua y la guardan en el congelador. Están atentos a todo lo que necesito sin mostrarse empalagosos. Muy solícitos, sí, muy buen servicio y muy buen precio. Recomiendo el lugar a futuros caminantes, sin duda. Me regalan una botella de agua fría (aparte de devolverme fresca la cantimplora) por si la necesito. El sueño me invade. Hoy dormí poco y las cervezas, el calor y la comida me están derrumbando. Tras más de una hora en la cafetería me despido de la hermosísima y afable camarera y de su padre.

Manolo Aliaga me cuenta ahora que no me preocupe, que el camino hasta Rueda no irá anexo a la A-6. Abandono “Medina” medio zombi y, al alcanzar al fin el camino al otro lado de la autovía, me tumbo en la única sombra que se divisa en un extenso trecho. En éstas me hallo cuando un motociclista reduce la velocidad temiendo que me pase algo. Para que no se preocupe, y con algún esfuerzo, levanto el brazo y le saludo.

Verdaderamente duro este tramo, durísimo: La sombra es nula, el calor inenarrable, la punzada en la planta del pie se agrava. Camino como auténtica alma de Santa Compaña.

De repente un mar de viñedos. Esto debe significar que Rueda está cerca, pues la población es famosa por su vino. Así es: El Camino desemboca de nuevo en la vía de servicio con Rueda en lontananza.

En la villa cuadrillas de jóvenes de juerga y muchos locales de venta y degustación de vinos. Pienso degustar algún zumo de uva, pero necesito llegar donde me acojan, descalzarme y tumbarme un rato. Más tarde daré un garbeo.

Una mujer detiene su coche y se dirige hacia mí. Es Pilar. Me cita en 5 minutos en la Casa de Cultura, que es donde me hospedará el ayuntamiento; va ahora por las llaves. Hay sofá y lavabos. Este edificio no tiene pérdida porque debo continuar por la Calle Real, que es la calle por donde arribé al pueblo y por donde lo abandonaré mañana.

El sofá no lo diseñaron para que cupieran horizontalmente mis 1’84 cm, sólo ¾ partes de él. Ya pondré los cojines en el suelo para dormir esta noche. Lo primero descalzarse, luego tumbada con los pies sobre un brazo del sofá ¡Bendito sea este momento! Hago un esfuerzo para ir a los aseos y darme un “baño checo” en un lavabo. Otro esfuerzo para ir al Autoservicio Manoli (que dista unos 100 metros del “albergue”) para comprar provisiones para la noche y para la mañana siguiente. Manoli es encantadora y nos reímos mucho. El zombi que soy no atina a pedir lo que necesita y ella me ayuda diligentemente. Me dice que la lata de cerveza que le he pedido vale casi lo mismo que un litro del excelso líquido y que me lo lleve porque me lo merezco después del denodado esfuerzo de la jornada. Yo ya había pensado lo mismo pero, reflexionando sobre mi maltrecha situación física, sé que como me lo beba no tendré fuerzas posteriores para darme un paseo por las fiestas del pueblo. Acabo comprando el litro de cerveza pues, efectivamente, se me apetece y merezco.

No soy capaz de comerme ni la mitad del bocadillo que he preparado; tampoco de beberme el litro de cerveza (que para mí es un sacrilegio). Miro el sofá con desmesurado cariño y me voy hacia él. Tengo bastante fatiga. Son las 20:30. Me despierto sobresaltado más allá de las 21:40. He sido vencido: El guerrero que llevo en mí ha sido derrotado por la fatiga. Me apresuro a preparar la cama porque estoy en la parte de arriba del local y aquí no hay electricidad: Hay una colcha que hace de manta. Con ésta y los tres cojines pertrecho un estrecho colchón. Coloco la colcha de cabecera contra la pared y el último cojín contra el sofá, para que el invento no se mueva durante la noche. Quepo justo en él. Acto seguido bajo para pinchar con aguja la ampolla que tengo en la planta del pie. Sí, el pinchazo que noté durante el día significaba ampolla. Me cuesta una eternidad enhebrar la aguja. Al fin lo consigo. Pincho la ampolla y dejo el hilo atravesándola para que drene durante la noche. No tengo fuerzas para participar en la algarabía de la fiesta. Se acabó la jornada. Acepto la derrota. Hasta mañana.

 

Jornada 15ª: Rueda – Bercero (unos 22 + 3 km)

La madrina/Sueños de bingo

Me levanto a las 6:15 cansado y con mucha hambre. Lo primero no me extraña pues es más que habitual y, lo segundo, es positivo porque así sé que el cuerpo funciona como debe. Subo y bajo las escaleras varias veces y por diversos motivos. Desprendo el hilo que atraviesa la ampolla al observar que drenó lo suficiente.

Quedé con Pilar en dejar las llaves de la Casa de Cultura en uno de los alféizares de la ventana de la casa de su hermana. Cuando estoy en ello abre ella la puerta contigua. Hemos, sorprendentemente, coincidido. Me despido agradeciéndole la acogida.

Otra jornada con opciones de pernocta: Vega de Valdetronco a 27 km, Mota del Marqués a 36. Intentaré llegar a Mota. Dispongo, como siempre, de todo el día para disfrutar del Camino. Sin prisas pues.

A la salida de Rueda, una flecha en una señal de tráfico apunta justo hacia el vértice de un cruce en V, así que dudo cual pista de tierra coger. La de la derecha es más ancha, la de la izquierda se dirige, parece, a la autovía, que queda en tal sentido. Supongo entonces que Manolo Aliaga habrá optado por señalizar el camino de la derecha ¡A él! Un par de bifurcaciones, ya en esta pista, y ninguna flecha amarilla. Un duro repecho y diviso la autovía y Tordesillas, a lo lejos, muy a mi izquierda, así que voy por la pista incorrecta. En el siguiente cruce en X giro a la izquierda y, tras casi 1 km, desemboco en una pista donde sí están las señales. Me habré desviado 2 km aproximadamente. Paciencia, no queda otra.

El paseo y el paisaje son relajados. Predominan las parcelarias al principio. Tras ello desemboco en arboledas, tomo un poco una carretera comarcal sin tráfico y deambulo cerca de un arroyo. Habiendo caminado unos 7 km, y quedando unos 5 para Tordesillas, me paro a descansar junto a una chopera. Lo primero es evacuar el peso que me molesta. Tras acabar la faena escucho unos silbidos. Creía que estaba solo, pero un agricultor disimula a unos 100 m. Seguro que me ha pillado in fraganti. Ahora me deleito con unos pasteles caseros que le compré ayer a Manoli, unas verdaderas delicatessen. Una tumbada y un cigarro merecidos. Tordesillas me espera.

Debo transitar un poco por la vía de servicio de la autovía antes y después de pasar ésta por un puente. Tras ello una pista de tierra, como ha sido durante toda la mañana, me conduce a Tordesillas en ángulo de 45º con respecto a la autovía. Un todoterreno pasa a mi lado 3 veces. Ni caso.

¡Hermano Duero, adoro tu hermosura! ¡Tu curso ilumina mi pensamiento! Aquí lo tengo de nuevo. Somos viejos conocidos. Bajo su compañía siempre me siento hombre nuevo. Regenera todos mis ánimos. Gracias por existir y calmar y colmar mi espíritu.

Hay que ganarse Tordesillas en subida. Ya en la población disfruto de sus añejas e históricas calles. He perdido las flechas. No importa. Cruzo la Plaza Mayor en busca de un lugar idóneo para reposar, pues el hermano sol ya calienta de lo lindo. Contigua a una avenida principal hallo una fuente con poderosos caños. Es un lugar de mucho tránsito pero da lo mismo. Me siento en el poyo de la fuente, me descalzo y acompaño un buen bocadillo con el frescor del agua cercana. Tras ello endulzo las partes visibles de mi cuerpo con la caricia cristalina. Me estoy poniendo romántico y me dan ganas de abrazar a los transeúntes.- ¡Anda, truhán, recoge y parte que el Camino espera!-.

Continúo por orientación y hallo una flecha. Muy cerca de ella un supermercado ¡Perfecto! Ya olvidaba que me queda una buena tirada hasta Vega de Valdetronco. Adquiero pasteles, fruta y un refresco que dilapido mientras pago.

Al salir del supermercado me llama Manolo Aliaga para saber cómo me encuentro. Se alegra de que todo marche bien. Aprovecho para preguntarle una duda: Según la escueta información que llevo de la asociación capitalina alicantina, existen 2 opciones para llegar a Vega de Valdetronco: Una sigue la vía de servicio de la autovía y, otra, de 4 km más, pasa por un par de pueblos. Él fue el que trazó el Camino y me sugiere la más larga y tranquila. Yo había pensado lo mismo. Asimismo me da el teléfono de Rebeca, peregrina de Mota del Marqués, indicándome que la llame para cualquier contratiempo.

Me encuentro fenomenalmente aunque el calor sea impresionante. La gente que me sale al paso se sorprende de mi sonrisa. Un largo paseo hasta alcanzar de nuevo la autovía y traspasarla sobre un puente.

En las leves reseñas que llevo se explica:

“...cruzamos la autovía por un paso elevado y a la izquierda cogemos la vía de servicio.
En este punto coincidimos con el GR 30 o Senda de Torrazos, que se desvía hacia Villavieja del Cerro (a la vista a nuestra derecha)  por un ancho camino a la derecha”.

Pues justo en este punto y, cogiendo la vía de servicio, no veo ningún GR. Camino brevemente en todas las direcciones (menos hacia atrás, por supuesto) y sigo sin encontrarlo. Unas ingentes obras de un futuro polígono industrial quedan a mi izquierda. Villavieja del Cerro sí que lo vislumbro pero, del ancho camino a la derecha para llegar a él, sin atisbo alguno.

Llamo a Manolo, quien me indica que señalizó aquí hace unos 7 años. Me recomienda seguir por la vía de servicio. Llamo a Rebeca, quien me sugiere lo mismo ¡Pues no!, ¡no más autovía!, ¡cómo sea voy a llegar a Villavieja del Cerro! A lo lejos dos coches están estacionados en el polígono y sus pasajeros conversan bajo el sol. No son lugareños, pero uno conoce algo la zona, le suena un camino que desemboca en Villavieja, mas no recuerda donde principia. Deambulo por el polígono (que está paralelamente dispuesto a la vía de servicio) buscando el inicio del Camino. No lo hallo. Tengo la opción de ir campo a través, pero hay demasiada maleza. Derrotado, regreso a la vía de servicio. Ya en ésta, y restando 1 km para arribar a una gasolinera, hay una pista asfaltada que indica la dirección a Villavieja con marcas de GR ¡ALELUYA! Las reseñas susodichas están mal expresadas: El ancho camino a la derecha se encuentra a un par de km tras tomar la vía de servicio.

Ningún atisbo de sombra en lontananza. Toca subida bajo el ardiente sol. Ya en el pueblo, que dista un par de km del cruce, descanso junto a una bendita fuente. Devoro una manzana. Las calles de la villa están desiertas. Las flechas amarillas (que reaparecieron) y las marcas del GR me hacen tomar una rampa durísima a la salida de la villa. Arribo al alto bañado en sudor y, tras ello, me topo con un cruce en X sin señalizar: A la derecha no va a ser porque retrocedería. A la izquierda una pinada a lo lejos. De frente una bajada que me conduce a un páramo. Mi intuición me dicta de frente, pero tomo a la izquierda para corroborar. Medio km hacia la pinada y... ¡por aquí no es! Medio km de vuelta a la trifurcación. Llamo a Rebeca por si conoce el cruce. Ha pasado por aquí, mas no lo recuerda. El aire caliginoso producto del inmenso calor... ¿A lo lejos, a la derecha, viene alguien, o es producto de una alucinación? Lenta, pero constantemente, parece que se aproxima alguien, mas la imagen sigue siendo muy turbia. Mientras se resuelve el dilema sobre la alucinación me siento sobre una piedra para digerir galletas de chocolate. Un senderista, no un sueño, se acerca. El ambiente es más que tórrido. Son las 14:30 hs. Estamos en medio de la nada. Cuando llega a mi altura estoy a punto de tocarle para asegurarme de su realidad. Tiene la cara quemada por el sol. Le pregunto la dirección de Bercero, el siguiente pueblo en mi Camino. Alto y espigado extiende totalmente el brazo y sentencia:

- Galicia en esa dirección. Bercero en ésta- Mientras pronuncia la segunda frase sólo ha girado los pies y el brazo como un autómata.

Más directo, efectivo y escueto no ha podido ser. Le doy varias veces las gracias y se marcha en dirección a la pinada. Mi padrino, cuando más tarde le cuente la anécdota, me dirá, entre risas, que se me apareció Santiago en persona.

Pues hacia el páramo que me dirijo. Tras una curva a la derecha oteo Bercero a lo lejos. Un par de cruces sin señalizar. Sigo recto hacia él. La pista está ahora infectada de chinarros y vuelvo a sentir el pinchazo en el mismo sitio de la planta del pie izquierdo. Ha resucitado la ampolla y veo las estrellas a cada paso zurdo.

Por fin en Bercero y busco desesperadamente un bar. En esto me encuentro cuando me llama Rebeca. Me cuenta que viene de Valladolid hacia “Mota” y que si quiero puede recogerme aquí, llevarme a pernoctar a “Vega” o a “Mota” y devolverme al mismo sitio mañana temprano. Aquí no hay acogida. El calor está siendo insufrible. La ampolla me está lacerando el pie ¡Acepto!, ¡claro que acepto! La esperaré en el bar.

Una jarra de medio litro de cerveza fría me estaba esperando con sincero amor. Me abandono en su delicioso regazo y llega Rebeca, que es una chica bien guapa. Finiquito mi entrega con mi enamorada rubia y, esta nueva y simpática rubia, acabado su refresco, me conduce a su coche. Mejor vamos a “Mota” pues allí, al menos, tendré compañía.

Rebeca (mi madrina a partir de ahora) me pregunta si deseo comer. Le espeto que con un par de tapas frías voy que chuto. Ya en “Mota” me conduce a un bar donde trasiego un par de cervezas acompañadas por tapas frías. Tras ello me fumo un purito. Ella, mientras, ha ido a por las llaves del albergue que voy a estrenar yo: Una habitación con un colchón, en la casa del pensionista, será mi hogar esta tarde y esta noche. Hay un baño con ducha compartido con los abuelos. Tras el aseo, la siesta es inevitable.

Sueño con números: El 5, el 65, el 78, el 46... Me despierto, me quito los tapones de los oídos y... en la habitación contigua están jugando al bingo. Son las 17:40. Quedé con Rebeca para cenar. Ella ha ido a la piscina. Paso al baño y saludo a la concurrencia, que está formada por unas 20 abuelas y algunas niñas. Aprovecho el tiempo (3 horas) para catalogar fotos y tomar notas de 3 jornadas. Justo cuando termino cantan el último bingo. Esta noche seguro que cantaré líneas y bingos en sueños. Me afeito (no lo hago desde...) y me visto con lo único “decente” y “limpio” que porto: El polar negro que, hasta ahora, sólo he usado de almohada, y el bañador.

No tengo cobertura y me dirijo al bar donde tapeé por la tarde. Ella no está y me tomo una cerveza. Sigo sin cobertura. Pregunto por su casa y a ella me dirijo. Cuando estoy llegando me digo que tendrá cosas que hacer y que ya aparecerá (o eso espero). Me voy a otro bar y en la segunda cerveza me telefonea. Aparece con un niño pequeño que le dejaron a su cargo. No me da chance para flirtear con ella. Al menos me río con la dueña del bar, que es su amiga y que vino a nuestra mesa. Me da cierta información del tramo de Camino que tendré en lo que me resta de la provincia de Valladolid (ella pertenece a una asociación vallisoletana) y se excusa de no poder cenar conmigo. Un poco afligido, pues esperaba algo más de compañía, encamino mis pasos hacia el Hostal Botafumeiro, donde parece que acogen a los peregrinos por 18 ó 20 euros (a mí no, que soy un paria cervecero). Allí devoro un bocadillo de tortilla con queso y chorizo (mi preferido), me bebo 3 cervezas más y tengo una divertidísima conversación con un abuelo y con el camarero. No son rubios ni guapos como Rebeca, pero al menos he disfrutado de alguna compañía. Me gusta caminar solo, pero cuando acabo la jornada un poco de conversación no sobra.

Algo ebrio me cuesta introducir la llave en la puerta del albergue. Antes de acostarme pincho la resucitada ampolla. A las 23:30 ya estoy dispuesto a soñar con números... ¡El 72!, ¡el 8!, ¡los 2 patitos!, ¡el 14!...

 

Jornada 16ª: Bercero – San Pedro de Latarce (unos 36 km)

Dos pasiones y un solo corazón

Me levanto a las 6:40, desayuno, me quito el hilo de la ampolla y doy orden al caos de mis enseres. Hoy mi equipo de fútbol celebra sus cien años de historia disputando un partido amistoso contra un rival del que no diré el nombre, pues me desagrada sobremanera, y luciré mis mejores galas: La camiseta, algo sucia ya, donde está dibujada una flecha amarilla cerca del corazón y un pin conmemorativo del centenario de mi equipo. Quedé con Rebeca en que me recogiera a las 7:30 y aparece puntual. A las 7:45 estamos en Bercero. Me despido agradeciéndole su hospitalidad.

Una fuente, a la salida del pueblo, donde cargo agua y en la que un joven transnochador me desea lo mejor en mi viaje Ya estoy de nuevo en marcha acompañado a mi derecha por el páramo de Bercero.Voy relajado por la pista parcelaria pero ésta, poco a poco, se va aproximando de nuevo a la A-6. De momento no hay demasiada circulación.

Hoy espero llegar a San Pedro de Latarce. Como ayer se torció todo, y anduve menos km, anhelo ahora tener un poco de suerte. Sin prisas y con pausa en Vega de Valdetronco, donde las calles están vacías a estas horas. Como una manzana. Continuó y, al poco, paso al lado de un megarestaurante y de una gasolinera. Todo el mundo se sorprende de mi presencia. Yo a lo mío, que es que mi sombra acompase el latido de la tierra que piso.

Un par de km más y debo subir un collado. Mi cuerpo está bañado, de nuevo, en sudor. Ya arriba me tumbo bajo la benigna umbría de unos pinos. Otra manzana. Vislumbro a lo lejos la mota que da nombre a Mota del Marqués. De momento me encuentro con ánimos y fuerzas, aunque algo hambriento.

Hacia “Mota” una hora aproximada de suave descenso. En sus calles espero no encontrar a nadie conocido para no tener que dar explicaciones, ya que es más de mediodía y se supone que no debería estar aquí. El primer bar que visité ayer dispone de tienda adyacente, así que hacia allá que encamino mis pasos. Compro un par de pasteles, pan y un buen trozo de queso. Me da que, como ayer en el bar, han inflado un poco el precio. Pequeña charla amena y enriquecedora con un abuelo en la tienda. Al lado de ésta hay una fuente y otro bar. Renuevo el agua mientras converso, amigablemente, con los dueños de éste. Me desean buen camino.

Rebeca me avisó que se puede salir de la localidad por dos pistas que confluirán. Sigo las flechas, llego a una ermita y, después, a una iglesia donde desentono con el gentío, que luce limpias y caras galas. Yo no: yo llevo ropa sucia pero mi corazón está bien ornamentado con la flecha y con el pin.

La pista por la que discurro no dispone de ningún árbol que lo cobije y, a unos 100 metros a mi derecha, observo el otro, que sí está amparado por una hilera de árboles. Rezongo malhumorado. La autovía queda a mi izquierda durante un par de km más y la cruzo por un puente. El calor vuelve a imperar a sus anchas y, ya al otro lado, me siento bajo la sombra escasísima de un matorral. Devoro un bocadillo de queso.

El panorama no es muy halagüeño: Debo continuar en ascenso, durante 3 ó 4 km, hacia un collado por parcelarias sin ningún atisbo de sombra. El sol abrasa. Miro lo símbolos que rodean mi corazón. Continúo la marcha con nuevos bríos.

Deseo que, tras la subida, exista bajada pero, tras los últimos y pinos repechos, me encuentro sobre meseta. La autovía ya está a mi lado de nuevo y su maldito ruido me acompañará durante, aproximadamente, 6 km. Tendré que sortear toda suerte de guijarros y... ¿quién ha dicho que no hay vida después de la muerte? Resucita, de nuevo, la ampolla de la planta del pie zurdo.

Al bordear un puente me encuentro con un pequeño oasis: Unos chopos en disposición circular y algo de hierba entre ellos. Tumbada obligatoria. Estoy aquí casi una hora. He aprovechado para llamar por teléfono a mi amigo Dani, pues suelo hacerlo cuando estoy en el Camino. Últimamente lo veo poco, así que la conversación se ha alargado.

Esta mañana también telefoneé a mi padrino, quien me contó que está en Finisterre y que hoy regresa a Alatoz, así que es posible que nos encontremos.

Paralela al desvío de Urueña hay una gasolinera. Allí compro una lata de cerveza, que trasiego en 2 tragos. Sigo por la vía de servicio. Al fin el Camino se desvía de ésta y paso entre unas carrascas. Me llama Pedro Antonio. A mí me restarán unos 5 km para llegar a Villardefrades y él aún no llegó a Benavente. Quedamos, pues, en comer en Villardefrades. Me cuesta encontrar señales en un cruce: Debo girar 90º con respecto a la estruendosa autovía ¡Gracias! Reposo 10 minutos para afrontar los 5 km. Tengo carpanta pero esperaré a comer con el padrino. Subo una pequeña loma y diviso, en lontananza, el pueblo. Algunos chopos bordean la pista al principio. A buen paso, y atravesando campos cosechados, pues la pista está cubierta de guijarros, llego al pueblo y busco un bar, que encuentro en un edificio anexo al ayuntamiento. Las paredes del local están regadas de bufandas de clubs de fútbol, entre ellas del mío. Pido una auxiliadora cerveza. Pregunto a un lugareño sobre la hora del partido y la busca en un periódico. Con otro charlo animadamente. Éste me invita a la cerveza. Intento devolverle la invitación. Rechaza agradecido. Es curioso: Al camarero no le gusta el fútbol aunque el ambiente del bar sea, en extremo, futbolístico. No tengo cobertura. Salgo del edificio para avisar al padrino de mi llegada cuando lo veo llegar en su coche.

En el bar no dan comidas, así que vamos a las afueras de la villa. Son más allá de las 16 horas y, de milagro, nos dan de comer. Da gusto ver deglutir a mi padrino. Es de las personas que siempre disfrutan comiendo y hace que compartas su alegría. He comido estupendamente y con inmejorable compañía.

Me devuelve Pedro Antonio al cruce de la pista que me conducirá a San Pedro de Latarce, que está sólo a 6 km. Me regala unos calcetines, ya que en Rueda tuve, y muy a mi pesar, que tirar a la basura unos que tendrían siglos y ya dos agujeros como dos planetas. Sólo me quedan los puestos y ya algo agujereados.

El sol machaca mis neuronas, pero me encuentro fenomenalmente tras la visita de mi padrino. Sólo paro, durante breves instantes, un par de veces para beber agua. En menos que canta un gallo me encuentro en “San Pedro”.

Lo primero que hago en el pueblo es buscar a la alcaldesa para rogarle acogida. La información que porto da esas indicaciones. Ésta me recibe muy cordialmente y me reenvía a Lucía, una mujer mayor muy amable que es la encargada de recibir a los peregrinos e intentar cubrir sus necesidades.

Lo primero que me pregunta Lucía es si voy a cenar en su casa. Me comentó el padrino que cuando pernoctó aquí (ya que él anteriormente ha caminado por estos lares) cenó en su casa y le dejó un generoso donativo. Le contesto que no aunque agradecido; primero porque no quiero molestarla, segundo porque he comido abundantemente con el padrino y, tercero, porque hoy, de nuevo, he sufrido un tremendo calor y sólo tengo sed. Ya cenaré cualquier fruslería en cualquier bar mientras veo el partido de fútbol.

Lucía me acompaña al ayuntamiento, donde me enseña la sala anexa en la que podré pernoctar y las dos colchonetas disponibles para su uso. Los lavabos están en la planta de arriba.. Mientras, ha estado insistiendo en que cene en su casa. Yo he rechazado cortés. Una nueva razón para no hacerlo es que su marido es hincha del equipo que se enfrenta hoy al mío y, como aborrezco a ese equipo, quiero evitar cualquier enfrentamiento. Es casi seguro que no lo habrá, pero prefiero prevenir. Mas tanto insiste que acabo aceptando: Estaré en su casa sobre las 21:30, cenaré escasamente y, acto seguido, me iré al bar de los pensionistas para ver el partido. Acordado queda.

Como no hay ducha en el ayuntamiento, me acompaña a la piscina municipal para que realice allí el menester. De regreso al “albergue” y salgo a un patio interior a tomar notas de mis aventuras y a ordenar, de nuevo, las fotos. Una paloma yace sobre la tierra. Tiene intenciones de salir volando pero no puede. Cojo una piedra para tirársela, asustarla y, así, impeler su vuelo. La lanzo en parábola, apuntando cerca de ella, pero le acierto en pleno tórax. Me levanto y me acerco a ver qué le ocurre: Tiene un costado totalmente infectado y morirá lentamente, así que agarro un tronco que hay en un haz de leña y le golpeo un par de veces en la cabeza para que deje de sufrir. Regreso al poyo donde tomaba notas y unas espinas se me clavan en las chanclas. Un par de ellas las atraviesan y me producen breves heridas. No creo que merezca castigo por colombocidio, pues lo hice con buena intención.

Ya estoy en casa de Lucía. Mi intención es comer una simple ensalada, pero insiste en que digiera algo más contundente. Acabo aceptando la preparación de un par de filetes de ternera con patatas. Insiste, además, que coma también ensalada. Para consolarla le permito trocear un tomate de los que cultiva en el patio y aliñármelo. Me ofrece torreznillos, que son tiras de panceta adobadas y posteriormente fritas. Están deliciosos pero, como es la delicatessen del hogar, sólo me deja catar dos.

Prepara la cena en un momento y me pregunta qué quiero beber: - Una cerveza-. No tiene y dice que tendrá que ir al bar a por ella. Como no deseo molestar acepto un vino casero. Ceno con ella y con su marido, que apareció al poco.

Acabo comiéndomelo todo ante mi sorpresa. Insiste en el postre. Cuando finiquito me espeta que le tengo que dar 10 euros. - ¿10 euros?-. En un principio creí que el acto era desinteresado y le iba a dar un donativo de 5 euros (vistas mis escasas posibilidades), pero... ¿10 euros?. Ahora comprendo tanta y tanta insistencia en que cenara en su casa. Me dice que tiene órdenes de cobrar esa cantidad (que a todas luces es excesiva, pues esto no es un restaurante donde se pagan impuestos, sueldos, etc.). Le espeto que no puedo permitirme pagar ese precio porque con similares desprendimientos no llegaré a mi destino (pura verdad) y el marido se ríe incrédulo. Le sugiero que me acepte 5 euros (y no por regatear, sino porque me parece el precio justo, ya que hablamos ahora de precios) y ella regatea: 8 euros. Se los doy sin enfadarme, aunque tendría que hacerlo, y marcho al bar.

Lo que me acaba de suceder sólo tiene un nombre: Abuso. Ella me contó que una peregrina belga había también cenado en su casa, pero sólo una ensalada. Me imagino la cara que se le pondría a la belga cuando le pidiera los 10 euros por la ensalada.

Según expuse arriba, y como me comentó mi padrino, el acto, en un principio, de Lucía, era totalmente desinteresado y plausible. Supongo que desde el ayuntamiento le sugirieron que cobrase. Esto no me parece descabellado, ni mucho menos, pero si una persona quiere que otra vaya a su casa a comer con pretensiones de cobro, lo primero que tiene que hacer es comunicarle que no es un acto desinteresado para que no se produzcan malentendidos, y lo segundo es comunicarle el precio.

Imagina, caro lector, que a mí me da por denunciar, in situ, el abuso: Me expulsan del pueblo seguro. Esto también tiene un nombre: Coacción.

No creo en absoluto que Lucía ni la alcaldesa sean malas personas, lo que veo fatal es que Lucía quiera tranquilizar su conciencia al insistir al comensal en que coma y coma más para justificar los malditos y excesivos 10 euros. Yo, sólo, y forzado, quería comer una vulgar ensalada.

Agradezco desde aquí y mucho la hospitalidad del ayuntamiento de San Pedro de Latarce, pues para mí son verdaderos lujos el ofrecimiento de una colchoneta para pernoctar y una ducha para aliviar mi cuerpo, pero el gesto que he narrado me parece totalmente denunciable y así lo hago constar desde estas humildes líneas.

En el bar veo el partido entre botellines de cerveza. A todos les ponen aperitivo menos a mí, el forastero. Esta vez no me enojo porque, en absoluto, tengo más hambre. Muchos son del equipo rival pero no le prestan mucho caso al enfrentamiento. Yo soy el único que lo hace. Temo mi reacción si marcase mi equipo, pues suelo celebrar con exagerada algarabía sus goles. El pin lo sigo llevando y lo enseño sin disimulo. En el descanso del partido me quedo solo en el bar y temo que lo cierren pero, poco a poco, vuelven a aparecer parroquianos. Lucía aparece para sellarme la credencial y para darme un desinfectante que le pedí. La Real Sociedad de Fútbol de San Sebastián, el club que me apasiona, acaba perdiendo 0-2. Al menos no me han disgustado las actitudes y aptitudes de la mayoría de los jugadores. Algo triste regreso al “albergue”, vuelvo a pinchar la pertinaz ampolla y la rocío con desinfectante. Es más allá de media noche y la colchoneta me está citando a voces.

 

Jornada 17ª: San Pedro de Latarce – Villalpando (unos 18 + 2 km)

La fiesta nacional

Ayer volví a acostarme algo tarde y me he levantado ya amanecido el día. Hoy me espera una jornada corta. Podría hacer el esfuerzo y llegar a Benavente (48 kms), pero vuelvo a tener la ropa bastante sucia y he de tomar notas. La noche ha sido calurosa, mas he descansado lo suficiente.

Me desoriento algo al buscar la salida del pueblo. Reencontradas las flechas amarillas y me dispongo a disfrutar de un nuevo día en el Camino. En la página alicantina se avisa del peligro de perros, entre unas naves agrícolas, al pasar el puente sobre el río Sequillo (gracioso nombre para un río). Agarro un peñasco, asgo el bordón con contundencia y continúo ojo avizor. El primer perro va acompañado por su amo y entra en una nave. Al poco un mastodóntico mastín y un perro callejero, también voluminoso, retozan a unos 50 m a mi derecha, mas obvian mi presencia. Sigo caminando, volteándome de vez en cuando, y los perros siguen a lo suyo. Me desprendo del peñasco y juego con el bordón.

Me encuentro en una recta de 5 km conformada por una pista parcelaria. Salpican los cosechados cultivos varios cazadores con sus perros. Ya he pasado por terrenos infectados de conejos y perdices, mas durante estos últimos días no he visto muchos. No creo que estos intrépidos obtengan demasiado premio. Me dirijo hacia una pinada y ya estoy en la provincia de Zamora. Esto me reconforta sobremanera, primero porque esto significa que ya he cruzado otra provincia (Valladolid) y, segundo, porque Zamora es, en el Camino, mi provincia preferida. Es la tercera vez que paso por Zamora y la hospitalidad de sus gentes me ha, en todas ocasiones, abrumado.

Debo ir al servicio entre los pinos y me doy el primer descanso del día. Hoy, con más razón, no hay prisa alguna, pues Villalpando queda cerca.

El pinar queda a mi izquierda y, de momento, no proyecta sombra sobre la pista. Empieza a apretar el calor. Me dirijo hacia un segundo pinar y dos ciclistas vienen en dirección contraria, deteniéndose en un cruce. Están consultando unos mapas y me observan intermitentemente. Se me apetece hablar con alguien, así que me pararé con ellos. Cuando estoy a unos 10 m me saludan muy amigables, me desean muy buen camino y marchan. En fin, la segunda pinada me aguarda.

Ahora los pinos quedan a mi derecha y araño algo de sombra. Un poco más adelante los tengo a ambos lados de la vía, pero el gozo no dura lo que desearía: El Camino continúa mediante otra pista, anexa a una inmensa finca a mi izquierda, y protegida por alambrada y carrascas. Sol de justicia para “variar”.

De repente llego a una encrucijada de caminos: La alambrada continúa en ángulo de 90º a mi izquierda. Por ahí discurre la pista “principal”. De frente un camino bacheado y, a mi derecha, un sendero que se difumina. A la izquierda hay una casilla y, pintada en una de sus paredes, la marca del km 700 de los de Alcantarilla. Busco pausadamente la existencia de flechas amarillas pero no las hallo. Decido continuar un poco hacia la izquierda y, a unos 200 m, el paso está cortado. Regreso al cruce y un pastor llegará en breve desde la derecha. Sus tres perros se adelantan y no paran de ladrarme. Nunca soporté el ladrido de los canes; me resulta muy desagradable. El pastor llega y empezamos a conversar. Dos de los tres perros se han olvidado de mí, pero una mastín insiste. Me encanta entablar conversaciones con los pastores. Cada día hay menos y hay que aprovechar el encuentro. El sosiego y la sabiduría que desprenden sus miradas y sus discursos pausados y certeros, provoca que sean mis personajes preferidos en los caminos. Intento acariciar a la mastín a ver si calla. No lo hace y gruñe. Al menos he conseguido oir las indicaciones del pastor, que sentencian que debía haber seguido por el sendero que se difumina y, tras ello, tomar una pista alfombrada a la derecha que, asimismo, poco se percibe. No contenta con abortar la conversación entre su amo y yo la mastín me sigue, ladrando todo el rato, hasta que desemboco en la pista abandonando el abrigo de las carrascas. Estoy por coger un peñasco y lanzárselo a la cabeza, pero me reprimo pensando en el amable pastor.

El Camino está cubierto y oculto por la hierba, pero está aquí aunque no lo parezca. Villalpando se divisa a lo lejos. Faltando unos 3 km descanso a la sombra de una casilla anexa a una nave agrícola. Siempre suelen estar custodiadas por perros. Hago el menor ruido posible para que no me sientan y poder estar sentado unos 15 min. Si existen y me sintiesen, me ladrarían y gruñirían para que me fuera. Llevo bastantes km sin reposar. Dentro de la nave alguien está lanzando a diestro y siniestro improperios contra las esquivas ovejas. Supongo que si hay perros estarán con él. Ya aliviado con el rato de sentada y sombra, me levanto y, habiendo caminado unos 5 m, veo que un par de perros habían estado todo el rato a unos 7 u 8 m en una esquina de la nave. Seguro que me oyeron, pero me han obviado. Les miro y como si nada ¡Benditos y extraños canes!

En Villalpando huele a fiesta. Voy a la Plaza Mayor en busca de la Policía Local para preguntar sobre la acogida. La plaza está cercada pues, a la 1:30 p.m., habrá encierro de vaquillas. Es la una y veo a una pareja de la benemérita. Me hacen saber que lo único que conocen es el hospedaje de unas monjas. Hacia allá que voy rápido porque no quiero perderme el encierro. Están almorzando y la recepcionista pide que vuelva a la 1:30, justo cuando se iniciará el encierro. Vuelvo a la Plaza Mayor a tomarme una cerveza. Muchas personas ya están ebrias (quizá enlazando el día anterior). Un grupo de hombres, de unos 50 años, se ha arrancado por rumbas cerca de la plaza. Hacen alusión a mi presencia y paso junto a ellos marcándome un bailoteo, por supuesto, con la mochila a cuestas. Obtengo el aplauso. Los bares están repletos y a duras penas consigo que me sirvan la cerveza. El tiempo de un cigarro y debo regresar.

Me reciben dos hermanas incrédulas y circunspectas. Me cuentan que debo traer la ropa de cama al día siguiente y que mi DNI y mi credencial deberán quedarse bajo su custodia. Me han tomado por un menesteroso. Mi credencial es sui generis, ya que está sellada en Sevilla, porque allí me la dieron y, acto seguido, está sellada en Alicante porque a Antonio Gómez se le ocurrió hacerlo el año pasado. No llegan a creer que salí de Valencia, a pesar de mostrarles los demás membretes de pueblos de la provincia valenciana. Esto no me ofende en absoluto, lo que me ofende es que piensen que les estoy mintiendo. Con caras de sabuesas avezadas me entregan las llaves.

Tengo que preguntar 3 ó 4 veces por la ubicación del refugio. Tiene una habitación con dos camas con sábanas limpias, un baño y un recibidor. Fantástico y suficiente. Dejo los bártulos donde puedo y me voy al pueblo a comer y a ver el encierro. Dentro de la plaza hay un novillo gigantesco demasiado parado. Mientras lo devuelven me hago un mínimo hueco en la barra de un bar y consigo milagrosamente una cerveza y un pincho. Regreso a la plaza y ahí sigue el novillo con pocas ganas de moverse. Voy a otro bar y acompaño una cerveza con 4 pinchos, ya que hay carpanta en mi interior. Con una nueva cerveza regreso a presenciar la fiesta nacional. El nuevo novillo se mueve más, pero no así los mozos, que citan mucho pero que se esconden muy pronto. Como me estoy aburriendo, decido regresar al albergue, sestear y aprovechar, así, la tarde.

Tras la ducha, la siesta, la merienda y la tercera, necesaria y masiva colada del mes, tomo notas de lo recientemente acontecido. Retozo después un buen rato sobre la cama. A las 20:30 de nuevo al centro para cenar y ver si se animó el encierro.. En un bar de la plaza atienden a todos menos a mí, y eso que soy alto y luzco camiseta blanca. Aguanto diez minutos en la barra sin que ninguno de las cuatro camareras me haga el mínimo caso, aunque les solicité una cerveza varias veces. Acordándome de sus respectivas familias salgo. Los mozos siguen citando de lejos y escondiéndose rápido ante las embestidas de los novillos. Como me sigo aburriendo, decido no presenciar más el encierro y busco un bar en las afueras. Empieza a llover. En una tasca me tomo dos cañas con sus respectivos pinchos. En la tasca anexa me tomo tres cervezas más con grandioso bocadillo de lomo. Hay un personaje llamado “Sevilla”que tiene una borrachera de campeonato. Balbuce y gruñe mucho, da unas eses dignas de piloto de fórmula 1 y trasiega cubatas como agua. Pienso saludarlo por presunta paisanía, pero no creo que él pueda articular palabra. Acabo haciéndolo con tres chavales que vinieron de fuera a pasar las fiestas. La camarera es eslava y se llama Ana. En el bar suena una música que sólo escuchamos ella y yo, música folclórica y romántica muy hermosa de su tierra. A Ana le rezuma nostalgia por los ojos. No dejo de observar esos ojos que, aunque miren lo que acontece en el bar, sé que observan otros paisajes. Intento acompañarla en su viaje mientras el bullicio intenta dominar la escena. Me entra sueño, pago a Ana, le sonrío cómplice y agradecido y regreso al refugio.

De vuelta la lluvia es más intensa y la sorteo con dificultad. Ya en el hogar del día me seco, deposito el colchón en el suelo para dormir más cómodo y me acuesto a las 23 h.

 

Jornada 18ª: Villalpando – Benavente (unos 30 + 3 km)

I trancetti

Olvidé preguntar a qué hora debería aparecer para devolver las llaves y recoger mi documentación, así que decidí levantarme a las 7 a.m. para estar allí a las 8. Debo cruzar de nuevo el pueblo y su Plaza Mayor. Las calles están infectadas de transnochadores y estoy en guardia ante cualquiera de sus bromas. Aún hay encierro en la plaza, los mozos son más atrevidos y hay revolcones.

En la residencia de la 3ª edad, donde encontraré a las monjas, no hay nadie en recepción, tampoco en la cocina, tampoco en el primer piso. En el segundo piso pregunto a un abuelo por el paradero de las monjas y farfulla algo ininteligible. Me quiero marchar cuanto antes y no estoy dispuesto a esperar. De nuevo en la planta baja y me encuentro con una limpiadora. Es nueva y no puede solucionar mi problema. Como lo único que voy a hacer es recuperar mis documentos secuestrados, entro en recepción como Pedro por su casa. Estoy a punto de llamar por megafonía a las monjas. Me contengo. Mientras la limpiadora joven está alarmada de mi presencia en recepción, entran dos compañeras veteranas. Con mala cara y a regañadientes me devuelven mi documentación. Me despido agradecido sin recibir respuesta.

Un abuelo me indica con precisión la salida del pueblo. Casi a las afueras unas niñatas ebrias intentan reírse de mi condición. Las fulmino con la mirada. Decididamente hoy me levanté malhumorado.

Hasta Cerecinos de Campo hay 7 km durante los cuales me detengo, brevemente, un par de veces para beber agua. 5’5 km de pistas parcelarias con un par de cruces sin señalizar y 1’5 km final de vía de servicio de la A-6, la cual se está convirtiendo en pesadilla.

En la localidad me cuesta encontrar un alma. Por fin una mujer me indica la fuente y la tienda. El parque que abraza la fuente es una auténtica delicia. Me descalzo, saludo a la ampolla/dureza del talón que me acompaña desde Valencia y vuelvo a quitar el hilo de la ampolla de la planta, pues ayer volvió a resucitar y parece que por fin está seca.

En la tienda las abuelas me dejan pasar y azorado compro dos manzanas. San Esteban del Molar está a 7 km. Allí almorzaré en condiciones.

Según las escuetas indicaciones que llevo, hay que salir del pueblo por el camino del cementerio. A la entrada había un pequeño cementerio que me confundió, pero hay otro al otro lado de la villa. Por éste tomo a la derecha y dejo una vaquería a la izquierda. Devoro la primera manzana mientras ando.

El sol, como es costumbre en el verano peninsular español, vuelve a calentar con bríos. Me duele ahora sobremanera el estómago. Conozco que es por gases. Una recta larguísima, sin sombra alguna, me conduce a “San Esteban”.

Una señora me advierte que no existe tienda en la localidad. Se me encienden las alarmas pues no llevo provisión alguna. Ayer por la noche me quedaba aún queso, pero tuve que tirarlo porque sudaba exageradamente y me ensuciaba el interior de la mochila.
Suena el claxon de un automóvil y la señora me conmina a buscar su procedencia, ya que es una furgoneta de reparto de alimentos. Debo regresar a la entrada del pueblo. Mientras una mujer compra, dos ancianas aguardan. Espero mi turno manteniendo agradable conversación con el marido de una de las dos abuelas, quien me cuenta que dentro de poco el pueblo dispondrá de albergue de peregrinos.

Cuando me llega el turno lo primero que intento es intercambiar la manzana que me resta por una pera. Los gases los achaqué a la manzana y vi que el frutero (porque es su oficio) vendió a la señora unas peras bien hermosas. Pues parece ser que se venden dos tipos de peras. El frutero acepta el trueque brindándome elección del grupo de las pequeñas. Mi manzana es generosa pero acepto. No tiene pan normal y no voy a comprar pan de molde, pues se me destrozaría en la mochila. Dispone de inmensos paquetes de magdalenas y de Trancetto, que es un paquete de bizcochitos italianos bañados en chocolate. Mi compra ha sido, aparte del no ventajoso trueque, un paquete de Trancetto y dos melocotones como dos soles. Me pide dos euros. Rebusco en el monedero que siempre me acompaña, hallando 1’95 y billetes grandes. Aunque para vengarme por lo de la desventaja del trueque debería ofrecerle 1’80, o similar, le ofrezco los 1’95 o un billete de 50. Acepta los 1’95. Ha ganado en el trueque pero, al menos, le he hecho observar mínimamente la sangre musulmana que de mis antepasados corre por mis venas.

Llevo ya un buen rato en “San Esteban”, pero voy a almorzar antes de partir porque me imagino el paisaje que me encontraré durante los 16 km que restan a Benavente. En la escalinata que conduce al ayuntamiento araño algo de sombra y engullo los dos melocotones, estando el primero delicioso.

Ahora ya sí tocan los últimos 16 km. Según parece, 10 de ellos son por pistas parcelarias y 6 entre polígonos industriales ¡A por ellos!

El sol abrasa y en el paisaje resalta mi sombra. El agujero que tengo en el sombrero es ya considerable pero, como le tengo cariño, decido que me acompañará hasta el final. Algunos rayos recalientan mi mollera, pero me es indiferente.

Debo hacer un receso, tras unos 5 km, bajo el ardiente sol, y sobre unas rocas, porque no hay más puntos umbríos ni de soporte. Extraigo los trancetti de la mochila y me como 3. A partir de ahora iré cantando a pleno pulmón, por el solitario y tórrido camino, arias en italiano encabezadas por la palabra trancetti.

Unos 3 km más sin cambios y por fin un matorral solitario. Me escondo bajo su exigua proyección umbrosa. Saco la pequeña pera y, de nuevo, 3 trancetti. Canto mientras los degluto. El paisaje es desolador, ha vuelto a resucitar la ampolla, la pista está sembrada de guijarros que sorteo como puedo, pero no sé por qué estoy muy contento.

Cantando debo pasar por encima de la autovía, que quedó a mi derecha desde “San Esteban” un centenar de metros: - Tranceeeeettiiiiiii -. Algunos árboles. Tras un breve
recorrido por la vía de servicio desemboco en una carreterilla que me conduce a... ¡EL HERMANO ESLA!. Este río me trae gratísimos recuerdos. Canto cada vez más alto. No hay ningún polígono industrial. – Tranceeeeettiiiiiii -.

Debo pasar bajo un puente de la autovía y aquí hay sombra para dar y regalar: - Tranceeeettiiiiiiiii -. Paisaje de hormigón pero, al menos, no tórrido. Reposo sobre unos escombros y me descalzo. Definitivamente esta ampolla me quiere de verdad: -Tranceeeeeeeettiiiiiiiiiii -. Me como 3 más.

- ¡¿Qué es esto?! -. Una gran acequia me está acompañando a mi izquierda y me refresco constantemente: - Tranceeeeeeeeettiiiiiiiiiiii -. Recuerdo ahora mis dos primeras jornadas en la provincia valenciana, tan lejanas y tan cercanas. Un ciclista para a mi lado y me acompaña durante un cuarto de hora. Agradable y amena conversación.

A la entrada de Benavente existe un panel informativo que señala dónde está el ayuntamiento y dónde el albergue. Yo estuve hace dos años aquí, cuando iba dirección Astorga. El albergue estaba y sigue estando ubicado en la antigua estación de trenes. Como el ayuntamiento y el edificio de la Policía Local me cogen casi de camino, pasaré por allí para pedir las llaves: - Tranceeeeettiiiiiiiiii -.

Un chaval me saluda efusivamente. Parloteo con él unos minutos. Sus ojos y su constante sonrisa denotan el abuso del hachís. Nos reímos con varios chascarrillos. Me despido porque tengo algo de prisa en llegar al albergue y acabar la jornada.

Malas noticias: La agente municipal me informa que el albergue está en proceso de restauración. El ayuntamiento no ha dispuesto, mientras, para los peregrinos, otro sitio de acogida, pero ha llegado a un acuerdo con un hostal que cobra 12 euros la pernocta.

Tenía pensado dormir aquí y retroceder mañana en autobús a Medina del Campo. Tengo información que sólo hay una línea, que es matutina. En “Medina” hay acogida. Decido ir a la estación de autobuses por si hubiera un autobús vespertino. Compro un refresco para el trayecto a pie. No existen autobuses vespertinos hacia mi destino y compro el billete para mañana. Tendré que pagar la pensión... ¡Ay, mis cervezas!.

La pensión está en el otro extremo de la extensa localidad: - Tranceeeeettiiiiiiiii -. Allí me acogen muy amigablemente. Dormir solo por 12 euros en una habitación doble es un precio bajo. Me ducho: - Tranceeeeeeeettiiiiiii -, devoro los últimos –Tranceeeeettiiiiiiii - y de regreso al centro a avituallarme.

Me tomo dos birras en una taberna. En Sevilla cargué 7 paquetes del tabaco de liar que fumo habitualmente. Es de una marca que se puede encontrar en muy pocos estancos. Queda sólo medio paquete. Hasta hoy no me preocupé, pero ahora debo hacerlo, pues en pueblos pequeños seguro que no lo podré adquirir. En el estanco, y esperando una respuesta negativa...: - ¿Cuántos quieres?- Compro 4 para lo que resta de mes.

Tengo un supermercado cerca del estanco. Adquiero comida para la cena y el desayuno y el amuerzo de mañana. Antes de cenar tenía pensado ir un rato a trasegar a cualquier bar, pero hay expuestas unas latas fresquísimas de cerveza. Una me la bebo de regreso a la pensión, otra cenando en la cama. Son casi las 22 h y me está venciendo el sueño. Hasta mañana: - ¡Tranceeeeeeeeeeeeeeeettiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!-

 

Jornada 19ª: Medina del Campo – Siete Iglesias de Trabancos (unos 24 + 4 km)

A mi aire (1ª parte)

Espectacular, delicioso, inconmensurable, grandioso, impresionante, el súmmum de lossummums...: 10 horas metido en la cama ¡Alabada sea la posición horizontal! El autobús sale a las 10, así que he aprovechado bien la noche, y parte de la mañana, para gozar del descanso.

Llego a la estación con bastante antelación y me dedico a tomar notas. Un peregrino pedestre, sí, aunque parezca increíble, un peregrino pedestre busca entre los vehículos el que le lleve a su, desconocido para mí, destino. Porta un mochila de bastante envergadura y su ropa está inmaculada, lo cual me lleva a deducir que, con bastante probabilidad, empezará a caminar desde Astorga o León. Me gustaría parlotear con él, mas creo que su premura le ha impedido verme. Si me ha visto ha obviado mi presencia.

Ya está aquí el “Retrocedebus” que me llevará de vuelta a Medina del Campo. La empresa se llama Avanzabus pero yo hoy no avanzo, sino que retrocedo.

Mi mirada retrocede y avanza calma sobre los paisajes pasados ahora presentes. Sonrío ante el matorral y su exigua sombra, sonrío antes las rectas interminables, sonrío ante la mota, ante el páramo, ante las satánicas vías de servicio...

Ayer gasté casi 40 euros, 25 más de los permitidos por mi bolsillo. Al terminar la jornada relacioné los últimos km, acompañados por la acequia, con los primeros de Valencia, pensando que quizá era una señal para el término de un ciclo, en este caso, mi andadura. Ayer hablé con mi padrino, quien me indicó que, para que la ampolla se secara definitivamente, tendré que dejar el hilo cruzando su interior, aunque parezca que se haya secado. No lo he probado, pero me sigue molestando. Veo más y más secarrales por donde mi sombra deambuló con artes de prestidigitación. Me esperarán aún más secarrales. Me invade la melancolía y decido llegar a Zamora y, muy probablemente, acabar allí mi periplo.

A las 11:30 el autobús me deja en “Medina”. Pregunto a un anciano por la Plaza de Santiago, lugar donde se bifurcan los caminos del Sureste y de Levante. Como se dirige hacia allá, me acompaña. En ésta debo caminar ahora hacia la izquierda, y no hacia la derecha, como lo hice hace 5 días. Me pregunta cómo soy capaz de distinguir las flechas amarillas en las urbes y... eh voilà!. Ahí está el ejemplo: Vislumbro la primera flecha amarilla pintada, a lo lejos, en una farola. Él sigue sin verla. Los que hemos tenido la fortuna de realizar varios caminos a Santiago somos auténticos cazadores de flechas amarillas. No es que tengamos mejor vista que los demás mortales es, simplemente, cuestión de experiencia y de anhelo por no torcerse del Camino.

En un parque cargo agua de una fuente y me coloco la faja ortopédica que me acompaña siempre en mis caminatas. Sigo las flechas, esta vez ubicadas sobre señales de tráfico, y desemboco en una carretera comarcal. Ya dije que no llevo la guía del Camino de Valencia porque para mí es un lujo. Cuando llamé a la asociación valenciana me aseguraron que, muy regularmente, remarcan el Camino, así que me dejo guiar por las señales. Carretera adelante entonces. Es mediodía y el hermano sol ahí está tan diáfano como casi todos los días de este mes.

Caminar por esta carretera no es demasiado desagradable, pero empieza a preocuparme la inexistencia de más flechas pasados unos 3 km.  He dejado atrás varios caminos secundarios y es rarísimo que no hubiese señal alguna indicando que los tomara o que continuara recto por la carretera. Al fin encuentro una flecha... ¿rosa o amarilla? Mi ilusión por abandonar la carretera obliga a mis piernas a desviarse por esa pista parcelaria. Me dirijo hacia una nave agrícola a, más o menos, 1 km de la carretera. Restando menos de la mitad del recorrido detengo mis temerarias piernas e intento reflexionar ¿Rosa o amarilla?... Estaba desgastada... Decido llamar a Manolo Aliaga. Él diseñó el Camino del Sureste, éste no, pero es muy posible que me saque de dudas. Consultando mapas me espeta que, el Camino, a la salida de “Medina”, y durante sus primeros kms, lleva una vía de tren a su izquierda y un arroyo a su derecha. Sólo puedo decirle que crucé una vía de tren hace, aproximadamente, 1 km. No me ubica y me sugiere que siga por la carretera comarcal intentando encontrar una aldea llamada Dueñas de Medina, pues esta comarcal me llevará en primer lugar a otro pueblo (Villaverde de Medina), alargando el paseo y afeándolo por la existencia de la carretera. Me explica que el Camino pasa por “Dueñas”.

Sigo por la comarcal muy atento a la existencia de la aldea y Manolo me llama. Ahora sí que me ubica y me expresa que el Camino lo tengo escondido a cientos de metros a mi derecha. Hay varias pistas sin salida que parten desde la carretera hacia esa dirección. Si tengo suerte encontraré un indicador en la carretera.

Al acecho de vislumbrar una pista que me devuelva al Camino estoy cuando me llama mi hermano de sangre para una cuestión bancaria. No puede ser más inoportuno porque estoy desorientado y el sol aprieta de lo lindo. Acabo la conversación y me siento un rato bajo la sombra de unos solitarios pinos. Como algo y fumo pausadamente para intentar relajarme. Inspecciono una pista a la derecha que acaba por no darme garantías. Continúo por la carretera y desemboco en una nave agrícola. Un agricultor habla por el móvil sentado en su coche. Le indico por señas que tengo que hablar con él y que espero que acabe su conversación. La conversación se alarga un cuarto de hora. Me comenta que, efectivamente, conoce bien la zona: En breve veré un indicador anexo a la carretera que me guiará hacia “Dueñas”. Le pregunto por la dirección de Nava del Rey sobre el horizonte, haciéndolo para orientarme por si el Camino perdurase mal señalizado. Me ofrece agua fresca. Le ofrezco un cigarro, rechaza y parto muy agradecido.

Descubro el desvío hacia “Dueñas”. 1 km aproximado de paseo me conduce a la aldea, que es un apeadero de tren con fincas próximas. Por fin las flechas amarillas. Percibo las perfectas y últimas indicaciones de Manolo: El Camino sigue recto, la vía del tren se va alejando poco a poco hacia la izquierda y el arroyo hace lo mismo hacia la derecha.

Una recta larguísima me aguarda. Paso por un par de cruces sin señalizar y me guío por la orientación ofrecida por el agricultor que tan afablemente me atendió. Al cabo de un rato hago una parada tras una casilla y entre cañerías oxidadas de conducción de agua. Almuerzo al fin, algo arrinconado por la exigua sombra.

Otra vez las malditas obras del AVE que me han salido al paso en más de un camino a Santiago. Aquí y ahora están destruyendo un par de collados. No existe señalización del Camino alguna, pero sí señales de obras que conminan a desviarse a la izquierda. La pista principal sigue recta, así que por ahí voy a continuar aunque esté prohibido el paso. Desemboco en una zona donde los operarios me observan incrédulos ¡Que me digan algo! No me detengo, por supuesto, cruzando alegremente la zona de ingentes obras. En mi vida había visto unos camiones tan tremendamente gigantescos como ahora. Menudos mastodontes, ¡madre mía! Me siguen observando, pero yo a mi aire, aunque este aire esté, a veces, infectado del polvo que levantan los vehículos.

He cruzado las obras sin contratiempos. Aún no diviso Nava del Rey.Un poco más y... ¡al fin! Se me ha hecho interminable este tramo de, escasos, 10 km, así que busco un bar donde poderme refrigerar. En una tasca un camarero y su novia, ambos adolescentes, juegan a las cartas. Me tomo, tranquilamente, 3 botellines de cerveza, mientras contemplo las palizas que le está dando ella a él. Como no he visto señal alguna en el pueblo (ni la veré) le pregunto a un parroquiano, que acaba de llegar, por el camino más recto hasta “Siete Iglesias”. Me lo explica fluctuando entre sus digresiones. 10 minutos de charla y no me he enterado de nada, sólo que debo ir hacia la ermita que domina un cerro en lontananza. Antes de marchar le pido agua al camarero. Éste entra en la casa que hay al fondo del bar y me la devuelve muy fresca, seguramente rellenada de recipientes del frigorífico. Todo un detalle.

Hacia la ermita que voy, quedando ésta a mi izquierda. No hay flechas amarillas. Le pregunto a un camionero, que está en tierra, por el camino más recto hacia “Siete Iglesias”, ya que tengo cerca una trifurcación. Voy contento gracias a las cervezas. Me lo explica con extremo esmero, diciéndome que no abandone la pista principal. Según él no hay pérdida alguna. Me ofrece agua y le explico el detalle del camarero del bar. Me desea buen viaje y nos despedimos. La tarde se está refrescando. Soy feliz.

En la trifurcación opto por el consejo del camionero. Al poco vislumbro una bifurcación en V ¿El camino principal? Los dos son exactamente de la misma anchura. Mientras voy hacia la bifurcación, “el Gordo y el Flaco” se aproximan presurosos hacia donde me encuentro... y parece que con no buenas intenciones: Un mastín como una barrica de vino y un galgo como un papel de fumar ¡Y saben ladrar! No sabía que los galgos tuviesen malas pulgas, nunca mejor dicho. Se acerca un todoterreno por mi espalda. Estoy llegando al cruce. Asimismo “el Gordo y el Flaco”. El todoterreno también. Llego en primer lugar al cruce y, como no me agrada en absoluto la presencia del mastín, tomo al azar el camino de la derecha. En un instante llegan a la par el todoterreno y los dos canes. A éstos les da por perseguir al primero y a mí... ¡Piernas para qué os quiero! No corro pero acelero el paso por si a los perros les diese por dejar de perseguir al todoterreno y hacerlo conmigo. Unas vistas atrás... han olvidado mi presencia.

El cielo empieza a cubrirse de unas nubes negrísimas. Brama a lo lejos. Ahora sí que me encuentro en la gloria. No sé exactamente dónde estoy, pero hacia cualquier lugar sí que se encaminan mis piernas. Bienhallado será ese lugar cuando arribe a él. La quietud de la llanura y los tonos grises acarician mi sonrisa.

La gran tormenta se acerca y me encuentro con un pastor y su rebaño ¡Perfecto! Me explica que el Camino dejaba la ermita a la derecha y no a la izquierda. En la bifurcación que cogí a la derecha debería haber tomado a la izquierda. No he dado ni una. No he de preocuparme, prosigue, pues aunque esté dando un rodeo, tras un maizal deberé tomar a la izquierda y acabaré reencontrando las flechas amarillas. El pastor es bastante peculiar: Tiene gafas de culo de botella, está más sucio que yo y se apoya en su cayado de una forma bastante inverosímil. Nos reímos de mi despiste, charlamos sobre cualquier cosa, hartándonos de reir, y me despido agradecidísimo ¡Pastores al poder!

Un ratillo de andadura y el maizal no aparece. Me fío del pastor. Otro ratillo y ningún atisbo de su existencia. La tormenta ya está aquí. Al principio caen unos goterones muy dispersos, no me pertrecho de mi ropa de agua, pero al momento una granizada tremenda provoca que me ponga urgentemente la capa impermeable. Llevo también pantalones de tal índole, pero no me los voy a poner. Continúo bajo la granizada y, al fin, hallo el maizal y sigo las indicaciones del pastor. Recorrido 1 km por el desvío de la pista que llevaba, hallo un camino que procede de la izquierda y un poste de hierro con una flecha amarilla. La granizada se está diluyendo y mantengo la capa puesta (que como es de plástico da mucho calor) para que se seque al viento y así no mojar el interior de la mochila. En breve no cae nada del cielo, la capa está seca y la guardo. Diviso ahora, a lo lejos, Siete Iglesias de Trabancos. Estoy en un alto y percibo que hay varias pistas que conducen a él. Seguiré las flechas, al menos, para saludarlas al final de la jornada. La pista por donde voy realiza varias eses y faltan señales en algún cruce ¡Paciencia!

Muy cerca del pueblo debo cruzar una autovía por un puente elevado y... por fin estoy en “Siete Iglesias”. Lo primero que hago es buscar una tienda, pues se me extinguieron las provisiones. Son las 19:10 y la tienda la han cerrado10 minutos antes. Me dirijo, entonces, a un bar, para tomarme una merecida cerveza. Los camareros (una pareja cincuentona que no para de hacerse carantoñas) telefonean al encargado del albergue. Me tomo otra cerveza. El encargado aparece y me conduce rápidamente al albergue, que está al lado. Es hombre de pocas palabras. Intento mantener una conversación, ya que estoy animado, pero no lo consigo. Tengo que pagar 3 euros por la pernocta... ¡Ay, 3 cervezas menos! Me ducho, esparzo mis pertenencias por toda la habitación y salgo a cenar. Los camareros del bar me habían comentado que para hacerlo tendría que regresar al hotel que hay anexo a la autovía.

Saliendo del pueblo por donde vine observo que, además del hotel, existe un hostal, estando éste más cercano, así que me dirijo al hostal. El atardecer es precioso. Siempre me gustaron más los atardeceres que los amaneceres, primero porque lo segundo significa que me levanté temprano y me encanta dormir y, segundo, porque la gama de colores que ofrece el horizonte es más amplia.

En el hostal no ponen menú de noche. Decido yantar un bocadillo de filetes de ternera con tomate natural. Pido un par de magdalenas para desayunar mañana. La cocinera se ha equivocado y saca un plato combinado. El camarero lo soluciona introduciendo los dos hermosos filetes con el tomate en una barra de pan. Ceno tranquilamente mientras trasiego más cerveza. Al ir a pagar percibo que el precio es excesivo. Me quiere cobrar 6’5 euros por el bocadillo. Han asumido el error, pero me están cobrando el plato combinado. Debería protestar, pues yo no pedí ningún plato combinado, sino un bocadillo, pero como éste era ingente, y no tengo ganas de regatear, acabo aceptando. Una historia demasiado repetida en demasiados bares: El abuso para con el transeúnte.

Regreso al albergue bien contento, pues llené y regué la panza. Saludo, como siempre, a los lugareños que me salen al paso ¡A la cama a soñar con los angelitos peregrinos!

 

Jornada 20ª: Siete Iglesias de Trabancos – Villalazán (unos 43 km)

A mi aire (2ª parte)

Me he levantado temprano, pues hoy la jornada será larga. Según la página mundicamino.com , espacio dedicado a los caminos a Santiago, la distancia que recorreré durante esta jornada será de 43’6 km. Deberé pasar por las poblaciones de Castronuño, Villafranca de Duero y Toro, para finalizar en Villalazán. En Toro hay que pagar 20 euros por dormir en un monasterio, así que como no voy a regalar mi dinero a la iglesia, deberé caminar un buen trecho más.

Hoy es uno de los días en los que deberé estar muy atento a las señalizaciones. Ayer acabé dando varios rodeos debidos a la precaria señalización. La diferencia estriba en que hoy la distancia resulta casi el doble. No puedo permitirme ninguna desorientación.

Desayuno las dos magdalenas aguardando las primeras luces del amanecer. Se supone que tengo que salvar 8’5 km hasta Castronuño, así que espero encontrar tiendas de alimentación abiertas cuando llegue, pues no porto nada para aliviar la hambruna.

Vuelven las pistas parcelarias y me saluda, intermitentemente, una suave y fresca brisa. No tardan en aparecer los cruces en X  sin ningún tipo de señalización ¡Mal empezamos! Opto siempre por continuar recto. Tengo fortuna porque aparece, de vez en cuando, un cruce con flechas amarillas para relajarme. De repente la pista desciende hacia un riachuelo. Existen ahora pinares a ambos lados de la vía. Un zorro corretea muy cerca de mi presencia. Me encuentro con un agricultor que, amablemente, corrobora mi intuición sobre la orientación del emplazamiento de Castronuño. Algún que otro cruce más sin señalizar y desemboco en una carretera comarcal que me conduce, finalmente, al primer destino de mi jornada.

Una tienda abierta en la cual realizo compra para todo el día. No hay señales por donde transito. Acabo desayunando por segunda vez en cualquier sombra. Un lugareño insiste en que me pase por su garaje tras la ingesta. Su cochera está a escasos 20 metros. Allí, generosamente, me ofrece comida, cerveza, café o aguardiente. Rechazo, pues recién comí pasteles, y sólo lleno de agua fresca los dos recipientes. Es muy buena persona y pretende conversación, mas yo debo marchar pues me queda una larga tirada hasta Villalazán. Insiste ahora en que realice, a la salida del pueblo, un sendero recién proyectado. Acepto y me acompaña hasta el inicio del sendero. Tenemos que ascender hasta una especie de mirador conocido como La Muela. Desde allí hay unas vistas magníficas del hermano Duero, al que saludo fervorosamente. El sendero me conduce hacia una presa durante ½ hora y, sobre ésta, reencuentro las flechas amarillas procedentes de la carretera. He atrochado y me he ahorrado el desagradable asfalto.

Ahora dudo: Una flecha amarilla me invita a cruzar la carretera que salva la presa. Unos indicadores citan, además, que en esa dirección llegaré en breve a otro pueblo que no es Villafranca de Duero. Durante la jornada de ayer y la de hoy la señalización no ha sido óptima, así que voy a seguir por esta carretera hasta “Villafranca”, obviando las señales.

Como casi todos los días, ya entrada la mañana, el sol calienta sobremanera. Unos 5 tórridos km donde apuro todo resquicio de arcén terroso, ya que éste escasea. Aspersores riegan maizales a mi izquierda. Algunas gotas caen sobra la carretera y me refresco como puedo.

Por fin en “Villafranca” me siento en un banco al lado de un vendedor ambulante, que vigila su tenderete, ahora vacío de clientela. Charlamos sobre la crisis mientras devoro un bocadillo de mortadela (él rechazó la mitad). Ahora le pregunto sobre cómo ir más recto hacia Villalazán. Él es de Zamora capital, pero conoce bien la zona. Me conmina a seguir por la carretera hasta cierto cruce. En éste podré tomar hacia Toro (desviándome) o seguir hacia Peleagonzalo (me está hipnotizando el nombre) y, de allí, hacia Villalazán. Según él, ir hacia Toro supone caminar unos 8 km más de propina. Un abuelo se une a la conversación. Es de Peleagonzalo y corrobora insistentemente los datos del vendedor ambulante, añadiendo que me restan unos 28 km a Villalazán. Lo dice con conocimiento de causa porque él ha hecho esa ruta cientos de veces. La información que porto de mundicamino traza 14 km hasta Toro y 14 más hasta Villalazán. No me cuadran ambas informaciones pues, si hay que desviarse hasta Toro, estos últimos kilómetros no serían tales, sino algunos más.

Marchando, y no muy convencido de las explicaciones del abuelo (que se puso muy pesado contando batallitas de su infancia), llamo a Manolo Aliaga para consultarle. Efectivamente, y aunque yo no llegué a creerle, pues los abuelos se equivocan mucho en las distancias, éste en concreto tenía razón. La información de mundicamino está equivocada y faltan 7 u 8 km de añadido desde Villafranca hasta Villalazán. Si paso por Toro que, por añadidura, está en un alto a la otra orilla del Duero, caminaré durante la jornada unos 51 km. Toro tendrá que esperar otra visita pues éste que está aquí, y ahora,  no se va a desviar 7 u 8 km. para pasear por sus calles.

La carretera da pánico mirarla. La umbría no existe y el panorama es abrasador. Al otro lado del pueblo paso sobre un canal de riego y reencuentro las flechas amarillas. Debo, en un principio, deambular por una carreterilla asfaltada. Un hombre maleducado abandona un frigorífico en una escombrera. Durante el recorrido hasta el cruce Toro/Peleagonzalo transitaré a mi aire sin hacer caso de las pocas flechas amarillas que me iré encontrando. No hay pérdida porque el Duero quedará siempre a mi derecha y la carretera principal a mi izquierda. Muchas acequias me están dando vida y me refresco constantemente. 40º centígrados mínimo. Ante la adversidad me estoy creciendo.

Más o menos a mitad de camino pregunto a un agricultor sobre la pista más directa hacia el cruce. Me la indica dándome referencias. Una de ellas es la presencia perenne de dos jumentos en una finca. Esto me hace reír y se ofende. Le pido disculpas repetidas veces. Las acaba aceptando a regañadientes.

El agua está hirviendo. Cuando la bebo me entra más sed aún. Antes del cruce hay una nave industrial. Pido, al que parece el jefe, me deje llenar mis depósitos de agua en cualquier sitio. Me responde que no me lo va a permitir porque aquí el agua no está tratada. Se lo ruego. Insiste. Le espeto que me da igual y ahora recuerda que hay una máquina de agua y refrescos al lado de la oficina. Trasiego un refresco en dos tragos y compro agua mineral fresca para llenar la cantimplora de litro y la otra botella de medio ¡Bendita agua! El jefe me sugiere esperar a uno de los camioneros, que partirá hacia Villalazán. Rechazo agradecido. Acto seguido me indica cómo atrochar un poco hacia la carretera de Peleagonzalo/Villalazán sin pasar por el cruce. Cuando he avanzado 100 m percibo que no llevo encima el monedero. Regreso rápido. Lo había dejado encima de la máquina. El jefe me riñe como un padre diciéndome que tenga más cuidado.

A partir de aquí tendré que deambular por carretera. Ésta no resultará del todo desagradable, pues han limpiado, recientemente, los arcenes de maleza. El abuelo, en “Villafranca”, me dijo que me encontraría con bastante sombra: Pues no es así, pero deambulo contento y canto esta canción repetidas veces, pues voy a Peleagonzalo:

http://www.youtube.com/watch?v=WCpD60C6tUk

Versión de la rancia y castiza de Antonio Molina. Me guaseo, tanto como lo hizo Silvio (canta “vengo buscando a Perea”) de la reaccionaria letra.

De repente me encuentro con una gran pinada a mi izquierda y con un canal de riego bien hermoso. Peleagonzalo queda aproximadamente a 1 km, mas la tumbada es obligatoria. Suenan tiros de cazadores muy cerca. ¿Y si me han tomado por un jabalí? ¡De aquí no me muevo!, así que gozo de la sombra y del descanso.

Llegando al pueblo tengo compañía femenina por un sendero paralelo a la carretera. Son dos chavalas a las que pregunto por una fuente y por una tienda de comestibles, ya que las provisiones se me agotaron. Me acompañan timoratas y risueñas a la fuente y me indican donde encontraré una tienda. Ésta está cerrada, pero hay un bar contiguo a ella. Lo único que tienen para comer son helados, así que devoro dos de los más grandes mientras converso alegramente con la parroquia. Un par de ellos me conminan a llenar agua en otra fuente de agua más fresca y se ofrecen a llevarme a Villalazán. Rechazo lo segundo y aprovecho lo primero.

Ya llevo en las piernas más de 35 km, pero me encuentro fenomenalmente, tanto física como anímicamente.

Al rato de abandonar Peleagonzalo una pista que viene por la derecha me devuelve las flechas amarillas, indicándome que el Camino proviene desde Toro sin pasar por aquél. Lo saludo, esta vez, como a un extraño conocido, y le dejo acompañarme por la carretera hasta Villalazán. Veo un indicador que conduce a un centro de rehabilitación de alcohólicos y recuerdo que hoy todavía no me tomé ninguna cerveza.

Y ya llego a través de una cuesta a las primeras calles de Villalazán, todo sonriente tras la maratón. Una docena de lugareños toman el fresco de la tarde, pues ya queda poco para anochecer. Nos saludamos cordialmente y les pregunto por la alcaldesa: - Ahí la tienes. Es esa mujer de la casa de enfrente-. Me cuadro: - ¡Firmes, ar!-. Se ríen y me devuelven el militar saludo.

La alcaldesa me comenta que por visión de satélites se ha descubierto una calzada de piedra en el subsuelo de Villalazán. Es muy probable que la Vía de la Plata pasara por aquí. Charlamos animosamente y llama a la alguacil para que me acoja. Ésta es muy simpática y nos carcajeamos de todo un poco. Me conduce primero al albergue, que hace también funciones de peluquería y tanatorio, sí, tanatorio, y me lleva a unas duchas que hay en otro edificio. Me despido de ella entre risas.

Los habitantes de Villalazán siguen comportándose muy amables con mi persona. Ya Toro pertenece a la provincia zamorana y aquí sé que me tratarán bien. Llamo a mi madre, con la cual he mantenido y mantendré fluido contacto, y me recuerda, entre sollozos, que hoy es el día en el que murió mi padre. Llevo siete agostos seguidos haciendo el Camino y siempre lo olvido. Intento consolarla y me entristezco.

En el bar donde voy a cenar el camarero se llama Sebastián, igual que mi difunto padre. En las llaves que me ha dado la alguacil está escrito “Tanatorio”. Demasiada coincidencia. Voy a pedir un bocadillo y un litro de cerveza para llevarlo al albergue/tanatorio, pero Sebastián me dice que no acepta mi petición. De inmediato saca de la nevera un vaso de cristal de capacidad de litro con escarcha, escanciándome el rubio elemento del tirador. El bocadillo de lomo es de medio metro. Todo por seis euros. El momento es para disfrutarlo. Así lo hago.

Hay fiesta en la villa, pero mi jornada ha terminado. Son casi las 11 de la noche cuando regreso al albergue. De las dos camas de la habitación cojo uno de los colchones y lo desplazo al salón. Hace aún algo de calor y abro varias ventanas. Recordando a mi padre Sebastián caigo rendido.

 

Jornada 21ª: Villalazán – Valdeperdices (unos 33 km)

La Posada del Peregrino

Sólo he estado una vez en la capital zamorana y me encandiló su apostura. Llegué a ella siguiendo la Vía de la Plata a través del puente de piedra sobre el río Duero. Desde ahí las vistas son embelesadoras. Ya dentro de la ciudad me enervó la sobriedad monumental. El boato y el abuso del ornato nunca fueron de mi agrado. Soy profusamente feliz por volver a visitarla.

He decidido acabar la jornada en la capital y reflexionar concienzudamente sobre continuar más allá: Ayer me encontré muy agusto, pero el calor sigue siendo asfixiante... La ampolla aún no sanó del todo... No voy sobrado de dinero... Desconozco aún las infraestructuras en Portugal... Para esto último deberé ir a la Oficina de Turismo de Zamora. Cuando pasé por ahí la anterior vez me atendieron exquisitamente. Antes de salir de Sevilla mantuve alguna conversación con una tal Raquel, trabajadora de la oficina. Cuando arribe a la ciudad lo primero que haré será ir a hablar con ella. De momento, según la información de mundicamino, nos separan casi 20 km, 5’5 hasta Villaralbo y otros 14 hasta Zamora.

Las nubes brillan por su ausencia, ¡cómo no!, y es evidente que frío no voy a pasar, sino todo lo contrario. La carretera me acompaña en mis primeros pasos. Aquí los coches circulan velozmente, menos mal que aún es temprano y el tráfico no es fluído. Diviso Villaralbo en lontananza y, al poco, una flecha amarilla me incita a abandonar la carretera, tomando una pista a la derecha. Esta vía se dirige en ángulo de 90º en dirección al Duero. Sería perfecto si estuviese correctamente señalizado, pero visto lo ocurrido en los dos días anteriores... Tras algunas dudas me dejo conducir hacia el amparo del gran río.

En un principio la pista, en vez de ir hacia el río, se retuerce y parece que regresa a la carretera. Pero sólo es una falsa alarma. Al rato, y en la ribera, rindo debida pleitesía al gran cauce y me extasío contemplando su fluidez.

Me encuentro algo cansado (supongo debido a la larga caminata de ayer), pero no hay problema porque la capital no queda lejos.

Bajo una chopera oigo unos tiros y vislumbro un cazador. Apunta hacia el río. Es curioso cómo algunos van exageradamente disfrazados con esas horrendas ropas de camuflaje.

¿Las flechas amarillas? Más de lo mismo. Aparecen por arte de magia cuando menos las esperas y no existen cuando las necesitas. Voy tranquilo pues no hay pérdida hasta Villaralbo.

No he desayunado todavía y espero poder hacerlo en breve. Desemboco en la carretera y pronto en el pueblo. A la entrada de éste hay un chalé que imita un castillo. En su jardín esculturas que remedan las formas de caballeros medievales. Es visitable. Supongo que el dueño querrá pagar la hipoteca con el dinero de la entrada al recinto “fortificado”.
Me cuesta encontrar una tienda donde comprar pasteles. Ya con ellos regreso a una plaza y me descalzo por primera vez en la jornada. No hay nada como sentir el frescor del suelo tras una caminata. Como no hallo fuente alguna pido que me llenen la cantimplora en un bar.

Pregunto por un camino que me lleve a Zamora, pues las flechas amarillas no las encuentro en el pueblo. Un abuelete y una mujer, algo más tarde, me lo indican gentilmente. Ya en las afueras me topo con las marcas de un GR. Como la capital está cerca es de suponer que se dirige hacia ella. Me abandono, pues, a la doble franja blanquirroja.

La pista que señala el GR serpentea bastante. Oteo otra, a mi derecha, que va más recta hacia Zamora, pero me dejo guiar por la primera pues, anexo a ella, existe un canal de riego que refresca el ambiente.  Por supuesto ya arde el poco aire que corre.

Como expresé arriba, en mundicamino se indica que existen 14 km desde Villaralbo a Zamora ¡Ni de coña!, ¡ni siquiera la mitad! Un panel del GR advierte que son sólo 6.

Paseo ahora sobre una pista asfaltada entre urbanizaciones periféricas típicas de crecimiento urbano. Me encantaría disfrutar de nuevo de la entrada a la ciudad por el puente de piedra, mas desemboco en el de hierro y por aquí llego antes al casco antiguo. Cerca de la catedral se encuentra la Oficina de Turismo.

La gran ciudad. El tumulto. El ruido. Las prisas. Un hombre de unos 60 años se preocupa por mí y me pregunta dónde me dirijo. Sé llegar a la Oficina de Turismo, pero permito que me acompañe. Alaba las hazañas de los peregrinos y me cuenta que leyó un libro de uno que partió desde Valencia por una vía que este mismo trazó.

Raquel: Confirmo su simpatía presencial, su gentileza y, además, es una mujer de bandera. Soporta con extrema paciencia el aluvión de preguntas que le tenía preparadas. El Camino Portugués de la Vía de la Plata, que es el que ahora estoy pensando en afrontar, y uno de mis deseados, es un ramal reciente y las infraestructuras son, aún, algo precarias. Me explica primero dónde hallaré un cajero de mi banco. No puede confirmarme la existencia de señalización en el tramo luso, pero sí en el zamorano. Llama amablemente al primer y único albergue de peregrinos de Portugal, que está en Quintanilha, primer pueblo tras la frontera, y le contestan que cuesta 5 euros. Sobre la acogida de los bombeiros voluntarios no acierta a responderme. Me explico: Tengo vagas noticias de que este cuerpo de voluntarios se rige por una norma tácita consistente en dar cobijo a peregrinos y demás transeúntes sin recursos. No accede a llamar por teléfono a la Oficina de Turismo de Bragança para confirmarme esto. Yo no he telefoneado porque no sé hablar portugués y porque mi inglés y mi francés no suelo practicarlos. No sabría explicarme con suficiencia. Tendré que preguntar in situ. El albergue de peregrinos de Zamora lo abren a las 16 h. Son algo más allá de las 13 h. Muy agradecido me despido de Raquel y busco una sombra cercana para reflexionar. Acabo no haciéndolo en demasía: Hoy anduve sólo 13 km y tendría que esperar casi 3 horas a que abran el albergue zamorano. La primera acogida de esta variante dista sólo 20 km. Oí comentar la belleza del nordeste de Portugal, parece que plagado de serranías y bosques. Me merezco algo de verde tras tanto amarillo...¡CONTINÚO!

El cajero está casi de camino al Bosque de Valorio. A través de él abandonaré la ciudad. Es hora de comer y tengo hambre. Compro provisiones para la jornada. Como no tienen bebidas frías tengo que ir a un bar a adquirir una. Mientras compro la lata de cerveza un hombre, que está sentado sobre un taburete en la barra, se presenta comentando que es el hospitalero del albergue. Le explico que no voy dirección norte (Vía de la Plata), sino noroeste (Portugal). Me responde que el Camino está cortado hacia La Hiniesta y que debo tomar la carretera. Me despido rápido para que no se caliente la cerveza.

Me siento en un banco al lado de un hombre de, más o menos, mi edad. Saco la lata de sardinas en tomate y el pan. Le ofrezco y rechaza. Fabricar un bocadillo de tal conserva requiere cierta habilidad para no mancharse de tomate. Yo nunca fui mañoso. Mientras lucho con el preparado me comenta que él está aguardando a que le asen un pollo. Le estimaron hora y media de tardanza ¡Pues sí que tardan aquí en despachar un pollo asado! Es de Bilbao y se me encienden las alarmas. Le espeto de sopetón que soy aficionado de la Real Sociedad y que amo Gipuzkoa. No me salta con ninguna bilbainada, que es lo que cualquier paisano suyo suele hacer. Sólo se sorprende de mi acento. Es majo y me hace compañía mientras ingiero, haciendo malabarismos para no mancharme, el citado bocadillo.

Comido, refrescado y descansado voy en busca del Bosque de Valorio. Me voy a arriesgar aunque el hospitalero me haya comentado que el Camino está truncado. El infierno tórrido ya está aquí y circular por la carretera sería un auténtico despropósito.

Saludo a las flechas amarillas que me acompañaron años ha, y que se dirigen al norte, y ya estoy bajo las sombras del parque periférico. Lleno agua en una acogedora fuente. Ahora sí que hay suficientes flechas amarillas y desemboco, sin tardanza ni reposo, en la Ermita Cristo de Valderrey. Leo la primera placa conmemorativa referente a esta variante y me tumbo un rato. Estoy a punto de dormirme. Podría sestear aquí, pero mis piernas me piden guerra, así que de nuevo en marcha.

En pocos metros una gran flecha amarilla me señala continuar en ángulo de 45º a la izquierda. Aún algo lejos diviso que por esta pista llegaré a una carreterilla que arriba a un puente en construcción. Quizá sea ése el punto al que se refirió el hospitalero. Percibo que los automóviles pasan bajo el puente, lentamente, pero pasan. Yo lo voy a hacer igualmente. Si hay que colocarse un casco de obrero me lo coloco. Si no me dejan continuar a pie paro un coche ¡Pasar voy a pasar! Ningún obrero me dice nada cuando transito bajo el puente, así que la información del hospitalero es obsoleta. Los caminos están vivos y éste es un ejemplo. Simplemente han avanzado en la obra y han reabierto la carreterilla.

Echo unas risas con un obrero porque los dos tenemos el mismo moreno: Todo negro menos las partes que habitualmente están cubiertas por la ropa. Otro obrero me confirma que voy en dirección correcta hacia La Hiniesta.

Desde el puente no encuentro más flechas alrededor de la carretera. Algunas pistas desembocan en ésta y la situación me preocupa. Al fin, y a la derecha, un monolito me invita a alcanzar el pueblo y reaparecen las señales.

Tras, aproximadamente, una hora desde la ermita, estoy sentado junto a una fuente de la villa. Una jardinera muy joven y con una sonrisa preciosa está regando los árboles adyacentes. Retira un momento la manguera de la boca de la fuente para que yo llene agua. Mientras trabaja extraigo un gran pastel de chocolate. Con el calor se ha derretido. Mientras guerreo con el pastel la chica sigue regando los árboles. Al agacharse resalta su tanga violeta y el principio de sus nalgas. No entiendo el uso tan extendido del tanga. A mí me molesta sobremanera su opresión en la raja del culo. No lo entiendo, no. Me estoy poniendo nervioso... con el pastel de chocolate. Se acerca sonriente, siempre sonriente, y se interesa por mi experiencia en el Camino. Es bastante apacible. Los portugueses y los españoles que viven cerca de la frontera lusa son personas, normalmente, muy tranquilas. En las grandes ciudades, como la mía,  la vida marcha muy aprisa. Estar cerca de gente así me produce una tremenda paz. Es una de las causas por las que me dirijo a Portugal. Me estoy manchando de chocolate mientras le comento el disfrute del silencio y de la soledad. Se muestra más interesada aún y yo cada vez estoy más cohibido porque... no paro de mancharme de chocolate. Yo me enamorisco muy pronto. Ahora me está sucediendo. Es una chica lindísima en todos los aspectos. Termino de comer el pastel y me encamino a la fuente pensando, mientras seguimos charlando, cómo quedar con ella por la noche. De repente un tractor se acerca. Es su compañero de trabajo. Ella se despide con la sonrisa más maravillosa del mundo y se aleja.

Me engaño echándole la culpa al pastel en tanto voy, cabizbajo, abandonando el pueblo. La hermosura ha llamado a mi puerta y sólo la dejé entreabierta. Decididamente no aprendo, no.

Pregunto a una pareja por la salida del pueblo hacia la Dehesa de Palomares, mi inminente destino. Les acompaña una beldad morena. Los tres me sonríen sin tapujos ni estrecheces ¡Qué a gusto estoy, de nuevo, en Zamora!

Debo pasar bajo un puente y, tras él, encuentro una bifurcación en L sin señalizar. Lo echo a suertes, continúo recto y acierto. Hasta Valdeperdices estará mejor señalizado que desde Medina del Campo hacia Zamora, pero hay que estar muy atento, sobretodo a las flechas pintadas en los árboles, y es que ahora camino sobre monte bajo arbolado y, por ende, sombreado.

Me martirizo recordando que debería haber quedado más tarde con la jardinera. Tras un largo y placentero trecho arribo a una meseta y el viento empieza a golpear con fuerza la parte frontal de mi cuerpo. Soporto más la lluvia que el viento; éste me pone nervioso. Descanso al amparo de unos matorrales y escucho la llegada de un rebaño a mi espalda. Estoy alerta por si hubiese avanzadilla de perros.

Con el fuerte viento en contra diviso, al fin, Valdeperdices entre dos collados. En uno de los monolitos dedicados al Camino hay un cartel que anuncia “La Posada del Peregrino” de la villa. Reconozco que, habitualmente, soy malpensado. Llevo información que especifica que la acogida es gratuita. Esto de “La Posada” me está haciendo dudar.

Llego sin problemas al bar del jubilado adyacente a “La Posada”. En éste un matrimonio me recibe muy cordialmente. Pido, en primer lugar, una cerveza. Supongo que están acostumbrados a que, cuando llegue un peregrino, lo primero es abrirle “La Posada” para que se desprenda de sus pertenencias. Estoy tan agusto con mi cerveza y ella me dice que su marido me espera en “La Posada”. Yo quería tomarme primero 2 ó 3 birras, pero acudo presto porque me aguardan.

“La Posada” es un salón de fiestas con un escenario al fondo. Paco, que así se llama mi actual benefactor, ha subido al escenario, ha abierto una puerta al fondo y está sacando un colchón. Subo yo también para ayudarle. Me enseña lo que queda de “La Posada”, que es un fregadero para el aseo ¡Hogar, dulce hogar! Yo había pensado que habrían hecho un albergue tipo casa rural, pero no es así. Ésta sí que es una auténtica y humilde posada y aquí me encuentro como en casa. No necesito más.

De vuelta al bar  le pido a la mujer algo de aperitivo para acompañar el segundo botellín de cerveza. Me saca unas lonchas de jamón con el corte más ancho que he visto en mi vida. Tengo buenas mandíbulas. Ella me pregunta si voy a cenar en el bar. Lo único que pueden ofrecerme son las albóndigas que comerán ellos. Como he gastado más de la cuenta desde que salí de Valencia, tengo que preservar lo poco que me resta, así que declino y me voy a “La Posada” a comerme otro bocadillo de sardinas en tomate. Paco viene con otro botellín expresándome que a éste me invita.

Se me ha ocurrido una idea: Si le pido a Paco una manguera tendré “ducha” en “La Posada”. Ya hay allí una palangana. Mientras me instala la “ducha” me comenta que la mayoría de peregrinos que pernoctaron aquí se van a la cama (colchón propiamente) sin asearse por la no existencia de duchas reales. La gente desconoce las maravillas que se pueden hacer en un fregadero o en un lavabo. Ellos se lo pierden.

Tengo que ponerme el bañador para asearme, pues se me ve desde la calle y no es plan que alguna abuela me vea como mi madre me trajo al mundo. Tras ello me visto y salgo a la escalinata de la calle a fumar. Paco se une a la sentada. Transmite un sosiego hipnotizador. Me comenta que durante la mayor parte de su vida fue pastor... ¡No podía haber sido otra cosa! Durante un buen rato conversamos sobre los avatares de la vida. Definitivamente es una bellísima persona. Aquí estamos los dos (un ex-pastor y un solitario peregrino), encantados con el silencio y con la quietud de la noche.

Al despedirme me comenta que él duerme en el bar y no en el piso de arriba, pues allí pasa calor. Me pregunta a qué hora marcharé pues a cualquier hora me puede atender y preparar el desayuno. Insiste en que no molestaré. Sólo tengo que llamar a la ventana. Quiero descansar al menos ocho horas y, como, además, no quiero molestarle, le digo que le avisaré sobre las 8.

Casi a medianoche me tumbo sobre el colchón pensando,aún, en la maravillosa sonrisa de la jardinera.

 

Jornada 22ª: Valdeperdices- Fonfría (unos 35 km)

El ataque de las mosquitas cegadoras

He dormido como los ángeles y, tras recoger los bártulos, estoy desayunando en compañía de Paco, que me estaba esperando. Me ofrece un paquete de magdalenas que despacho con holgura. Al ir a pagar le doy una buena propina. No soy un tipo espléndido, pero hay ocasiones que las merecen.

En la calle, y al despedirme de él, le pregunto cómo llegar a Almendra, mi primer destino de la jornada. Me recomienda no pasar ni por Almendra ni por Campillo. Frente a mí, me cuenta, hay una pista que me llevará directamente al cruce de una carretera comarcal, con escasísimo tráfico, que une Almendra con Muelas del Pan. Oteo Almendra, que queda a mi derecha. El paisaje que discurre por el Camino trazado es muy similar al que llevaré por esta pista. La etapa, siguiendo el tramo para evitar la carretera, es de unos 40 km. No suelo hacerlo, pero hoy es uno de los días en que me ahorraré unos km: Caminaré por carretera aprovechando que es temprano y que corre una fresca brisa.

Sin ningún problema arribo al cruce y tomo a la izquierda, dirección Muelas del Pan, quedando Almendra, aproximadamente, a 1 km a mi derecha. He trazado uno de los lados de un triángulo. Desde aquí hasta Muelas podré sortear bastante el asfalto yendo, a veces, por los arcenes de tierra y, otras, a través de campos recién cosechados. Durante los aproximados 11 km desde Valdeperdices hasta Muelas sólo descanso una vez. Me encuentro relajadísimo. Sólo 3 coches se han cruzado en mi trayecto.

Un poco antes de llegar a Muelas me topo por vez primera con la carretera nacional (N-122) que se dirige hacia Bragança. Las flechas amarillas ya me acompañan y me dirigen hacia el pueblo. Tengo un poco de hambre pero no entraré en Muelas, ya que el siguiente pueblo, Ricobayo, dista sólo 2’5 km más y puedo seguir hacia él siguiendo la N-122-A. Hacia Ricobayo sólo se puede acceder por esta carretera, pues hay que salvar el embalse del Esla. Bordeo el pueblo y a su salida reencuentro las flechas. Las vistas de la ingente obra son espectaculares. Hallo un par de bares de carretera, mas no descansaré hasta Ricobayo, donde buscaré una tienda para realizar la compra del día.

En la tienda hay bastante gente esperando a que traigan el pan del día. Cuando llega mi turno le espeto a la tendera que me dé pan de ayer, fruta, pasteles y algo de charcutería, esto es, la compra habitual. El pan bien hecho aguanta más de un día y éste lo es. Al ir a pagar no acepta mi dinero y me desea buen camino. Al menos consigo que me deje pagarle con dos sonoros y agradecidos besos. Maravillosa paisanía zamorana, sí.

En un banco de un parque devoro pasteles y melocotones. Un perro me hace compañía intentando compartir el almuerzo, pero no apetece ni de una cosa ni de la otra. Él se lo pierde porque están exquisitos.

Tras holgado y merecido receso cargo agua en una fuente y pregunto a un abuelo sobre mi próximo destino, Cerezal de Aliste, que dista algo más de 9 km. Reencuentro las flechas y, traspasado un puente, giro a la izquierda en dirección a unos chalés. Tras el último hay un cruce y un monolito que invita a torcer a la derecha. Justo cuando estoy en este punto arriba el dueño del chalé en su coche. Me advierte que tenga cuidado, pues puedo perderme. Me sitúa de frente en la desviación que acabo de tomar y me indica lo siguiente: Algo más adelante, y a mi izquierda, tengo una torreta de luz. Si trazo una imaginaria línea recta desde mi posición, tras esta torre hay otra, algo escondida, en un monte que diviso en lontananza. Hay más torres cercanas a esta última, pero hacia ella debo ir. Cuando arribe allí, en breve, alcanzaré una carretera, que deberé cruzar, y volveré a encontrar un monolito que me  apuntará hacia “Cerezal”. En el monte diviso varias caminos y/o cortafuegos que ascienden conformando una especie de damero.

Orientado por el amable lugareño, sigo la pista y desciendo primero a la altura del borde del embalse, que queda a mi derecha. Un sendero local me está acompañando. Ya abajo, el sendero local sigue recto pero, a la derecha, hay un puentecillo de hormigón. Una flecha amarilla vetusta me guía hacia él. A partir de aquí, y hasta la carretera, no tendré más señalización y deberé guiarme por instinto para desembocar en la torreta susodicha. Hallaré un buen puñado de bifurcaciones . Hace rato que hace calor y asciendo, pese a ello, con soltura. Mi dicha es amplia pues, a pesar de haber dudado en varias bifurcaciones, desemboco en la torreta exacta, después en la carretera y, al cruzarla, me encuentro con el monolito y con las flechas amarillas. Aquí descanso aliviado y como algo. He tenido mucha suerte al encontrarme con el dueño del chalé. Sin su ayuda, más que probablemente, me hubiese perdido.

Ahora paseo por monte bajo y custodiado por los alcornoques del Sofreral. Estos especímenes no tienen la gallardía de sus hermanos onubenses, pero igualmente agradan la vista y el espíritu. En algún que otro cruce hago de detective para encontrar las flechas. El sendero local me acompaña durante la mayor parte del recorrido.

Tras un paseo asaz agradable me entra, de nuevo, hambruna. Se anuncia la existencia de un merendero y lo marco como meta para acometer la ingesta. El lugar está ocupado por un ingente rebaño de ovejas y por sus correspondientes perros pastores. Todos sestean. Hay dos caminos: uno a la izquierda; otro recto. Uno de los perros está cerca y parece que se mueve. Si me dirijo hacia la izquierda iré a su encuentro, así que continúo recto sigilosamente. Espero que sea la dirección correcta. De momento el sendero local sí discurre por donde circulo. Como “Cerezal” no debe quedar lejos, me dejo guiar por las señales de tal sendero ya que, más que seguramente, desemboque en el pueblo. Así es, al cabo. Son más allá de las 15 h y, a causa del calor, no hay un alma en sus calles. Al lado de la iglesia hay una fuente y su pórtico proyecta exigua sombra. La aprovecho para comer un gran bocadillo y para holgazanear un buen rato. Una furgoneta de reparto, que abusa del uso del claxon, está despertando de la siesta a toda la villa y se oyen quejas. Yo a lo mío, que es el descanso para recuperar fuerzas.

He estado a punto de quedarme dormido a las puertas de la iglesia. Aún me quedan unos 6 km hasta Bermillo de Alba y otros 5 hasta Fonfría. Por orientación encuentro las señales en una de las salidas de la localidad y giro hacia la izquierda. Ya antes, y entre los alcornoques, hallé bastantes robles. Ahora son ellos los que dominan el paisaje. Sobre los robles deberé extenderme:

Existe un tipo de mosquita que, en varios de mis caminos y excursiones al monte, se obsesiona por rondar mi rostro y aterrizar en mis ojos en cuanto puede. Hace años que sufro esta molestia y, hasta ahora mismo, no había caído en que habita en los robledales. Y no “atacan” solas, lo hacen en nutridos grupos. Supongo que se sienten atraídas por el brillo de mis ojos. Antes de arribar a “Cerezal” ya me molestaban, pero ahora es un “ataque” constante. La única manera de ahuyentarlas es abanicarse. Lo hago con la mano acompasadamente. Si paro un segundo el acoso continuaría sin poder abrir los ojos, porque se adherirían a ellos. No me había pasado antes, pero ahora también existe un nutrido grupo rondando mi entrepierna. Desconozco qué brillará allí...

En éstas estoy cuando abandono el monte bajo ascendiendo hacia una meseta. Hace mucho calor y no sé qué es peor, si caminar sin sombra, como lo hago a veces, o bajo la sombra de los robles, otras, con el agobio de las mosquitas.

En Bermillo de Alba me recibe un aldeano cojo y estrábico. Le cuento la tortura de las mosquitas y me recomienda que en Fonfría vaya a una farmacia a comprar una crema insecticida especial para este caso. Dice que es mano de santo. Asímismo me refiere que en el pueblo están organizando un viaje a Santiago y que hay bastante afición por el Camino. A mi pregunta si el nombre del pueblo se debe a la Casa de Alba me contesta que sí, que estos prescindibles, en alto grado terratenientes, fueron dueños de media provincia zamorana. No me adentro en la villa, lo suficiente para bordearla, hallar una fuente, refrescarme, fumar un cigarro a la sombra y continuar la marcha. Ya tengo ganas de terminar la caminata.

Durante los últimos km no he tenido problemas con la señalización. Ahora menos porque percibo que han repintado recientemente. Se nota el cuidado y cariño de los habitantes de “Bermillo” para con el Camino.

Continúo por la meseta y en la pista encuentro un paquete de tabaco casi entero. Éste ya tiene nuevo dueño. Me encuentro algo cansado, pero el destino final del día está cerca y entresaco de la flaqueza renovados bríos.

Al fin en Fonfría. Como en la brevísima información que porto se dicta que hay que buscar al alcalde para pedirle las llaves del albergue, es lo primero que voy a hacer. La primera persona que encuentro está abriendo su coche para partir. Le voy a preguntar por la casa del alcalde, pero se sorprende de mi presencia y yo me sorprendo de su sorpresa. Como me quedo sin palabras, arranca el coche y marcha. A una mujer le pregunto, después, por la residencia del alcalde. Me espeta que es la persona con la que me acabo de encontrar, pero hay una tienda de comestibles donde me pueden informar sobre la acogida de la localidad. En la tienda me guían al bar de enfrente, pues ahí tienen la custodia de las llaves del albergue. En Fonfría existe albergue específico de peregrinos. En el bar están poniendo música trash metal. Decido tomarme una cerveza y disfrutar de las brutales melodías. Los camareros desconocen el detalle de las llaves, mas llaman a la madre de uno de ellos, que me las entrega ipso facto. El sello que impregna en mi credencial de peregrino es de un club de cazadores, una auténtica novedad en la extensa lista de excentricidades que colecciono en mis credenciales. Decir que yo sólo sello cuando y donde acabo la jornada. Lo realizo en cualquier lugar, preferentemente en bares. Si puedo evitar instituciones religiosas y municipales mejor. Sé de multitud de peregrinos que sellan su credencial en todas las iglesias que le salen al paso. Cada loco (me incluyo) con su tema.

Regreso a la tienda para hacerme del desayuno y de cerveza para la cena. El pueblo está en fiestas y más de un borracho orna el paisaje. Me cuesta encontrar el albergue. Aún no han terminado su obra, pero hay literas y duchas. Son las 20 h. Acometo con energías un bocadillo y la cerveza, me ducho, me tumbo un rato para clasificar las fotos, lavo la ropa, la tiendo y ya la noche es cerrada. La barba la tengo crecida y no hay espejos en los baños. Salgo a la calle a fumar y analizar las etapas a realizar durante los próximos 2/3 días, ya que más allá nunca proyecto mi Camino, pues suelen truncarse los planes. Muy metido en mi papel de peregrino cuando se aproximan una mujer y un hombre. Me piden que les deje observar el albergue. Son del pueblo y sienten curiosidad. La mujer está de muy buen ver, yo soy un necesitado hombre solitario y le digo que me tiene que dar algo a cambio... ¡Un espejo! El hombre se queda charlando conmigo mientras ella curiosea por el interior del recinto. Al salir me dice que hoy es mi vecina y que, en breve, me traerá el espejo. Es algo pequeño, de los típicos que llevan las féminas en los bolsos, pero me sirve para afeitarme. Con pinta de hombre, y no de oso, voy a su casa para devolverle el utensilio cristalino. Me he equivocado de casa, es la de al lado. Agradezco el detalle del espejo, a los que se suponen sus padres, y regreso a dormir, ya que me hallo agotado. No estoy para fiestas aunque las de aquí prometen, pues en el bar me dijeron que habían contratado un grupo de rock para la noche. ¡Ay, cuánto ha cambiado mi vida!

 

Jornada 23ª: Fonfría – Trabazos (unos 38 km)

Zamora, tierra soñada por mí

El primer día que me despierto con algo de frío. Es la última semana de agosto y el calor extremo debe extinguirse, o al menos eso deseo. Recorro de nuevo el pueblo para depositar las llaves en el buzón del bar. Espero encontrarme con algún residuo humano transnochador, mas sólo hallo manchas de alcohol por doquier, botellas y vasos vacíos y algún que otro vómito: Lo normal. Había salido a la intemperie con camiseta, pero he de abrigarme con el polar.

He desayunado en condiciones para aguantar hasta Ceadea, que dista unos 12 km. El Camino ahora, y hasta la frontera con Portugal, transcurrirá, más o menos, paralelo a la N-122. De momento la tengo al lado pero, como es temprano, el tráfico es casi nulo. A veces la pista se adentra entre robledales. En Fornillos de Aliste, transcurridos 5 km, hago una parada sentado en el poyo de una fuente que regala un agua fresquísima. Aún habiendo desayunado no frugalmente, me entra algo de hambre y me zampo un par de pastelitos. Saludo con cariño a las ancianas que vienen a coger agua de la fuente. Como no tengo claro cómo continuar hacia Ceadea, le pregunto a un hombre que me indica la salida de la villa, explicándome que, tras ello, desembocaré ascendiendo a un prado y que, ya en él, deberé continuar a la izquierda y seguir siempre esa pista ancha que me conducirá directo hasta esa localidad.

De momento las indicaciones son perfectas, pues voy reencontrando las señales. La sombra que proyectan los pinos con el sol bajo cubre toda la pista. El fresco sucumbió hace un ratillo y agradezco la umbría. Los pinares ceden el sitio en breve a los robledales y a sus mosquitas, que vuelven a “atacarme” con insistencia. Camino molestísimo abanicándome con la mano y, a veces, con el sombrero. Esto último no lo practico demasiado porque en un aleteo podría romperse definitivamente. Me topo con una carretera que cruza la pista y ahora el “ataque” es infernal. El hombre me instó a seguir siempre la pista. De todas formas intento vislumbrar alguna flecha para confirmarlo, pero la nube de mosquitas no me permite concentrarme en la tarea. Continúo, pues, recto. Al rato otra situación similar con una pista menos ancha que parte desde mi izquierda. Sigo continuando recto. La pista que llevo se estrecha y desemboca en una explotación minera, donde está cortado el paso por peligro de explosiones.

Ayer no fui a la farmacia por ahorrarme el dinero de la crema insecticida. Voy con el dinero justísimo y deseché la compra. Me estoy arrepintiendo, y mucho, y seguiré arrepintiéndome hasta el final de mi periplo, pues los robledales aparecerán aquí y allá. No sé si las mosquitas rondan los robledales durante las cuatro estaciones del año, pero para hacer el Camino Portugués de la Vía de la Plata en verano es harto recomendable llevar una crema insecticida; si no, a veces, el paseo se convertirá en un pequeño infierno. Y uno no va a caminar para pasarlo mal.

Estudio la situación, pues he perdido el Camino: la nacional está a mi izquierda y Ceadea está próximo a ella. No debe quedarme mucho. Hay un sendero que bordea la mina para continuar recto y otro que se desvía hacia la izquierda. La elección no es complicada: Tomo el de la izquierda. En breve el sendero se convierte en una estrecha pista entre, igualmente, robledales y sus minúsculos e insidiosos habitantes. Algunas pistas desembocan en la mía desde la izquierda y siempre intento seguir en ángulo de 45º hacia esa dirección. Lo más cuerdo sería hacerlo en 90º y buscar la carretera, por si me pasara Ceadea, pero me voy a arriesgar. En breve arribo a un núcleo de población y pregunto a dos mujeres de unos 35 años que pasean a un bebé en un cochecito. Sí, he llegado a Ceadea. Les cuestiono el punto donde me desorienté para publicarlo más tarde, pero nunca han caminado por donde vine. Son muy simpáticas y consiguen pronto que regrese la sonrisa a mi rostro. Por lo que cuentan no existe tienda de comestibles en la villa y me instan a acompañarlas a casa de una de ellas para darme algo de comida. A mí me han educado para que rechace toda oferta, no por precaución, sino por no molestar al oferente, mas me voy a dejar querer por estas sonrisas tan puras y sinceras. Me presentan al padre y al abuelo del bebé. Este último tampoco me puede asegurar el punto de mi desorientación. Su hija entra en la casa y al poco regresa con una bolsa con alimentos. Sí conocen la continuación del Camino y me lo indican. Me despido agradecidísimo.

Se supone que debo circular por una vía paralela a la carretera y tomo la primera que encuentro. Un abuelo me corrobora que por aquí llegaré a Arcillera. Flechas amarillas no hay, pero continúo pues sólo hay 2’5 km hasta ese pueblo. Deduzco que me he precipitado, pues la pista desaparece a veces y tengo algunas dificultades para continuar la marcha. La vía correcta debe estar algo más alejada de la carretera, ya que desemboco en un cruce donde se indica que Arcillera está a 1 km a mi derecha. Da igual. El calor aprieta y decido saludar a lo contenido en la bolsa de comida: Un bocadillo de tortilla de patatas y un par de naranjas. Los trozos de tortilla son anchos a más no poder, pero me enorgullezco de tener una gran boca: ¡Al ataque! Le Gano la guerra al bocadillo.

Dudo entre buscar Arcillera, y desviarme, o seguir por una nueva pista paralela a la carretera. La jornada la planteé de casi 40 km y ya me he llevado de propina alguno más, así que, aunque haga calor, iré paralelo a la nacional pues Vivinera dista escasos 5 km. La pista desaparece y tengo que atravesar a lo bestia un campo de cultivo de cereales recién cosechados. Una nueva pista, un nuevo campo de cultivo. Salvajemente y con el interior del calzado repleto de piedrecillas y pinchos arribo a Vivinera. Un centenar de metros antes he reencontrado las flechas amarillas, procedentes de un camino a mi derecha que desembocó en el que llevo ahora.

Una mujer, sorprendida de mi presencia, se presenta como pamplonica y me cuenta que está harta de ver peregrinos por la capital navarra, mas aquí se alegra. Muy atenta me indica dónde está la fuente. Me refresco, cargo agua y me siento en un banco a echar un cigarro mientras contemplo el bendito surtidor. La fuente está acompañada por un lavadero. Una mujer viene a tal tarea. Le comento, para mantener conversación, que ayer lavé la ropa en un  lavabo y que deseé un lavadero de éstos. Me responde que tiene estropeada la lavadora y da por concluida la conversación.

En un salto, y siguiendo esta vez las flechas amarillas, llego a Alcañices. De repente me encuentro muy cansado y me cuesta hallar un buen lugar para descansar un rato. El calor es muy agobiante. En un banco al lado de una iglesia va a parar mi triste figura. Como las dos naranjas que me ofrecieron en Vivinera y ya me encuentro algo mejor.

Me restan algo más de 10 km hasta Sejas de Aliste y otros 5 hasta Trabazos, así que sin prisas y con alguna pausa.
El Camino está ahora mejor señalizado. Al principio voy pegado a la carretera, pero se aleja algo posteriormente. Discurro a través de una meseta sin apenas árboles ni umbrías. Casi llegando al pueblo no hallo flechas en una bifurcación y opto por la pista que no se acerca a la carretera. Ésta me está alejando y debo atajar campo a través. Gracias a este despiste contemplo uno de los árboles más hermosos que vi nunca. Éste domina con poderío un terreno de cultivo.

El cansancio ya es omnipresente y realizo el último tramo muy despacio. Son algo más de las 19 h y lo primero es negociar cuanto antes la acogida. Tengo indicaciones de preguntar en el ayuntamiento (imposible porque por las tardes está cerrado) o por una tal Elena Faúndez. Veo un bar y postergo lo de la acogida: Lo primero va a se tomarse unas birras. Acabando la segunda pregunto por Elena y me sugieren que vaya a la casa de su tía. Está muy cerca y un corrillo de abuelas están charlando sobre un banco. Elena se acaba de ir a otro pueblo y no regresará hasta la noche. Sé que hay albergue, así que les sigo preguntando. Al final sonsaco la dirección de la casa de los padres del alcalde, dejándoles en custodia mi mochila. Hoy me pesa más que nunca, aunque he llevado lo mismo o menos.

La casa de los padres del alcalde está a unos 300 metros. La verdad es que hoy ya estoy harto de andar, pero tengo que buscarme la vida para que me den, al menos, un techo. La citada casa es un chalé y tiene la cancela abierta de par en par. No me fío de entrar tal cual por si hubiera perros, así que pregunto a unos vecinos: No los hay.

En la terraza están conversando la madre y la hermana del alcalde. Me reciben con entusiasmo. No porto mochila ni bordón, mas confían en mi condición de peregrino desde el primer momento. Me hacen sentar y me ofrecen todo tipo de bebida y comida. De momento sólo deseo agua fresca. Mientras degluto, poco a poco, una botella de litro, mantenemos conversación. Estoy cansado, tengo la boca pastosa y me está pasando lo que otras veces en el Camino: Estoy muy ensimismado y me cuesta razonar y contestar a lo que me preguntan. Aún así estoy cumpliendo, o eso creo. La madre insiste en que coma algo y ahora acepto una raja de melón, aunque le aviso que no tengo hambre, sólo sed (es cierto). Me trae 1 raja bien ancha que se me hace miel en el paladar. Desaparece pronto en mi interior. Me trae otras 3. Lo mismo. Ha conseguido que recupere las ganas de comer. Mientras tanto la hija, que es muy hermosa, me relata que hace poco ha estado en Sevilla y, sin tapujos, me refiere el carácter señoritingo de muchos de mis paisanos. Le doy la razón pues es lo que igualmente pienso yo. Al otro lado del río (en Triana), me espeta, no pasa tanto. Ahora le alabo la generosidad y hospitalidad de las gentes zamoranas con toda sinceridad y conocimiento de causa. El padre llega a la casa y se une a la tertulia. Cuando se habla de política reservo un poco mi opinión por precaución, ya que soy de las personas más radicales que conozco. La madre insiste ahora en prepararme la cena y me da dos bocadillos, uno de jamón y otro de queso. Llaman a su hijo, que está fuera, y éste me dirige a un tal Rubén. Él me acompañará al albergue. Me despido de la familia franca y ampliamente agradecido. Solicito poder besar a las damas y se me concede.

De camino a recoger mi mochila me topo con Rubén. Me despido de las abuelas agradeciéndoles la custodia de mi mochila y mi guía me conduce a visitar la iglesia. Sigo encontrándome muy cansado, no me apetece la visita, pero no puedo negarme. La acaban de restaurar. Me hace subir al campanario a contemplar las vistas.

Y ya, por fin, estoy en el albergue. Hay un problema y Rubén se disculpa: Como muy pocos peregrinos se quedan a pernoctar en Trabazos, de vez en cuando se usa la planta baja del edificio para celebraciones: Hoy hay una despedida de soltero. Él y ella se despiden juntos en una cena con amigos y familiares. Por supuesto estoy invitado. Arriba han adecentado un club juvenil y allí podré pernoctar. El alcalde le ha ordenado a Rubén que me trate lo mejor posible, así que cuando me dispongo a atacar uno de los bocadillos me sube 4 botellines de cerveza. Tras ello desciendo a la planta baja, pues allí está la ducha. De momento sólo veo chicas jóvenes preparando la cena. Podría disfrutar de buena compañía durante la velada en ebullición, pero el cansancio acumulado se apodera de mí. Sé que si me presento no tendré muchas cosas que decir, debido a mi agotamiento.

Rubén marchó a por el inflador de la cama hinchable, pues hoy dormiré sobre una. Los dos somos bisoños en el uso del artefacto y la tarea se retrasa. Sin estar completamente a mi gusto, la dejo de hinchar y preparo la guarida. Abajo suenan las risas y arriba los bostezos. Con toda la generosidad regalada en este día por la paisanía zamorana sólo he gastado 2 euros. Mis piernas, mi sombra y el resto de mi persona han transitado por todas las provincias españolas peninsulares menos por 5. Zamora sigue ganando por goleada a las demás en hospitalidad. Me dejo acunar por la noche zamorana.

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