Un devenir entre sombra y luz (Desde Valencia a Ourense por los Caminos de Levante, del Sureste y Portugués de la Vía de la Plata durante agosto del 2009) (y III)
Jornada 24ª: Trabazos – Bragança (unos 33 km) ¡Malditas fronteras! El día se presenta cargado de incertidumbres: ¿Me desenvolveré bien lingüísticamente con los hermanos portugueses? ¿Me darán acogida los bombeiros voluntarios en Bragança y en las posteriores poblaciones? ¿El Camino estará bien señalizado o, simplemente, lo estará? Desde Zamora me he venido haciendo esas tres preguntas con algo de pesimismo, mas estos días me he encontrado más fuerte (a pesar del cansancio de ayer), la ampolla ya casi ni la noto, a mi precaria economía le va a ayudar continuar por Portugal, pues los precios son algo más bajos que en España, y las veces que estuve en territorio luso me encontré comodísimo. Raquel, de la Oficina de Turismo de Zamora, me informó de la existencia de autobuses desde Quintanilha y Bragança hacia su ciudad, así que si tengo muchas dificultades puedo abandonar sin excesivos problemas ¡Adelante pues! He dormido bien aunque, de vez en cuando, me despertaban carcajadas provenientes de la fiesta en la planta de abajo. Al abrir la puerta me encuentro con comida, bebida y una nota de disculpa por los ruidos que me han ocasionado. La madre del alcalde me comentó que Rubén y algunos voluntarios más señalizaron, recientemente, desde Trabazos hasta la frontera, así que, de momento, marcho tranquilo. Unos 7 km me separan del último pueblo español antes de atravesar la frontera: San Martín del Pedroso. Tras corto paseo por pistas parcelarias las flechas amarillas son muy obsoletas, así que en las bifurcaciones paso con extremo cuidado. Por aquí no señalizan desde hace mucho tiempo, así que les mando telepáticamente un tirón de orejas a Rubén y a algunos de sus paisanos. En un cruce en L hallo con extrema dificultad una flecha pintada en una pared de una casa, señal que me hace seguir a mi izquierda. La nueva pista me devuelve a la N-122, donde los escasos y madrugadores vehículos discurren aceleradamente. No encuentro más señales y camino por el arcén de la nacional. Al poco hay un desvío a la izquierda hacia San Martín del Pedroso. Dudo en continuar por esta carretera hasta la frontera o desviarme hacia “San Martín”. De todas formas deberé pisar asfalto en cualquiera de las dos opciones. Como los vehículos siguen circulando con prisas, me desvío a la izquierda. Ahora no hay tráfico. Un camión está estacionado en una explanada. No hay nadie en su interior. En descenso vislumbro que asciende en mi dirección el que se supone es el camionero. Me comenta que para cruzar la frontera es obligatorio seguir la carretera y que por aquí iré más tranquilo. Este tramo es nuevo y a veces el antiguo lo acompaña a la izquierda. Aprovecho los vestigios del vetusto trazado. La carretera escinde un monte y desde abajo se acerca un rebaño de cabras. Me quedo sorprendido porque al pastor le acompaña una mujer con mochila y bordón. Me cuenta que hace el Camino de Santiago todos los días. A continuación se marcha. Va en dirección contraria y no sé a que se ha referido. Supongo que acompañará al pastor todos los días desde “San Martín” hasta Trabazos o más allá. Me quedo con la incógnita. Reencuentro las señales a la entrada de “San Martín”, que queda a mi izquierda. Como no tengo hambre, llevo el trozo de empanada que me dejaron ayer en la puerta y la frontera está cerca, decido continuar y no pasar por el pueblo. Poco más de 1 km y diviso el río Manzanas y el puente internacional. Un perro callejero, harto feo, a la entrada de un restaurante, me hace frente. Le enseño los dientes y mi bordón. No se atreve a más. Y... ¡tachánnnnnn!: estoy cruzando la frontera y... ¡PORTUGAL! A la entrada de otro restaurante, otro perro muy parecido al anterior (supongo que hermano), me hace igualmente frente, pero con más ahínco. A éste, si le tengo que abrir la cabeza de un bordonazo se la abro: O él o yo. Al final no me echa la valentía que simula. Dos perros hermanos, uno cien metros más alejado del otro, un río que discurre buscando el mar sin ninguna otra preocupación, un monte que se deja seducir por el cielo y que faldea donde quiso la Madre Tierra, el mismo aire aquí que allá... ¡Malditas fronteras! Desde aquí muestro mi más absoluto desprecio por estas abominables invenciones humanas debidas al abyecto sentido de la propiedad territorial ¡Yo te maldigo y desprecio, historia de la deshumanidad! Tras dar rienda suelta a los pensamientos airados que me acaban de asaltar, hallo la primera flecha amarilla en Portugal, que no difiere en absoluto con la española, esto es, una misma y universal flecha amarilla... ¡Malditas fronteras! El Camino es senda que transcurre paralela al río. El paisaje es hermoso. Esto calma mi espíritu iracundo. Afronto un duro y breve repecho y arribo a Quintanilha, la primera localidad portuguesa. Con mis estudios de latín, francés e italiano entendí, más que menos, a los hermanos portugueses en otras ocasiones. Otro asunto es expresarme en su idioma. Aquí fallo rotundamente, ya que sólo sé decir gracias, cerveza, jamón y poco más. Preocupado estoy en ello cuando escucho que me llaman desde el interior de un bar. Un transnochador me pregunta en inglés: - Where are you from? Nada más entrar en Portugal y en la primera conversación ya he hecho amigos... A unos 100 m hay una fuente con agua bien fría. Allí que me refresco, tomo empanada y me fumo un cigarro. Otro lugareño me saluda mientras enjuaga unos tomates imponentes. Le voy a pedir uno, pero como no sé expresarme, me cohíbo. A la salida del pueblo me espera otra dura rampa por un nuevo sendero . De momento el Camino está bien señalizado. Tras la subida desemboco en una carreterilla. A mi derecha, y a lo lejos, diviso un pueblo, seguramente Réfega. Una flecha me hace cruzar la carreterilla y, ya traspasada, tengo dos opciones sin señalizar: Tomar una pista, que en breve me devolverá a la carreterilla, o tomar otra que se adentra en el monte. He de decir que Raquel, en Zamora, me dio unos mapas básicos de la ruta junto a las distancias kilométricas entre poblaciones de paso. Tomo la pista que se encamina al monte y transcurrido, aproximadamente, medio km, percibo que me alejo hacia la izquierda del pueblo que divisé. Consulto los mapas y la orientación me indica que debería ir a ese pueblo. Una nueva pista me devuelve al camino correcto. En Réfega pregunto a unos abuelos por una “tenda d’alimentaçao” (lo suelto así tal cual, a ver si acierto). No entienden mis palabras, pero sí mi gesto de llevarme algo a la boca. Me referencian un bar que acabará estando cerrado. Un lugareño me pregunta si necesito algo y, al notar que soy español, habla en mi idioma. Inmediatamente busca a la dueña del bar, que aparece en breve. Tengo hambre y no tiene nada que ofrecerme. Pues sí, hay una carta de helados y pido el más grande. Bajo una sombra degusto el helado y me fumo un cigarro. Cargo agua en una fuente próxima. El que habla español está cavando una zanja y le comento, con respeto, que los domingos no son para trabajar. No le queda otro remedio, me responde. Salgo de Réfega en medio de unas huertas muy bien cuidadas. Ahora paseo por un sendero paralelo a un riachuelo. Hace bastante calor, pero por donde circulo hay umbría, así que voy feliz. En una bifurcación hay flechas bastante ambiguas. Voy hacia un sentido y hacia otro para corroborar. No hallo nada. Cuando regreso al punto de intersección logro ver una flechita minúscula, sobre una piedra, que me manda a la derecha. No me detengo en el siguiente pueblo (Palacios), pues según indican las breves reseñas que dispongo no hay lugar para comer, mas sí un restaurante un poco más allá. Una pista de asfalto me conduce a una carretera y vislumbro el restaurante. Ahora sí que tengo carpanta. Este servicio hostelero se halla, más o menos, a mitad de los 21’5 km que separan Quintanilha de Bragança. Las flechas me conducen hasta él. Como hace tanto calor no me apetece comer holgadamente, pues lo pagaré más tarde, así que al camarero, tras pedirle mi primera cerveza Sagres, que ya la echaba muchísimo de menos, le pregunto qué tiene de comer. Me responde que la carne que dispendan se está agotando y se marcha. Me quedo perplejo. A mi lado hay un grupo de españoles y le pregunto a una señora si, además de carne, sirven otro tipo de comidas más suaves en el bar. Me responde hoscamente que le pregunte al camarero. Intento relajarme. Estoy en Portugal y aquí impera esa máxima. Al ratillo voy en busca del camarero. Le digo que soy peregrino y contesta que lo sabe. Le pregunto, asimismo, si además de carne hay otra cosa. No la hay, pero puedo pasar al comedor. Pues nada: a comer carne. Me siento con el segundo tercio de cerveza esperando que me sirvan. Me ponen aceitunas de aperitivo. Mientras devoro las aceitunas observo a la clientela y, en especial, a un niño travieso (con el que entablo amistad pronto) y a los ojos preciosos de algunas portuguesas, ojos endémicos que transmiten cierta dosis de melancolía. Todos beben vino menos yo. Tras, aproximadamente, diez minutos, un cocinero que faena en el asador, fuera del recinto, me trae una fuente con patatas fritas y dos chuletas de cerdo inmensas. Las camareras me sirven otras dos guarniciones. Ya puesto tendré que hacer un “esfuerzo” y hartarme. Lentamente, sin ninguna prisa, como es habitual en estas tierras, doy parte del ingente yantar y, como todo el mundo aquí, finiquito la tarea con café solo. 3 cervezas, café y apoteósica comida por 11’5 euros. No es tan barato como esperaba, mas no elevado. Además, ayer me gasté 2 euros, así que es un gasto permisible. Diviso Gimonde y sigo descendiendo, cada vez menos pronunciadamente. Hay un chirrido estridente, nunca oído antes, que sube del valle. Acaba proviniendo de unas aspas herrumbrosas movidas por el viento. Atravieso el Río Igrejas por el puente de piedra. Me apetece darme un baño, pero hay bastante gente en sus orillas y nadie lo hace. Algún motivo habrá. No cubre mucho su corriente, apenas medio metro en su altura máxima. Lo que sí hago es sentarme bajo la sombra del puente, quitarme las botas y refrescar mis pies ardientes. Una delicia. A unso 5 m de mi ubicación algo flota sobre las aguas. Puede ser un palo o una culebrilla. Le tiro una piedra y se aleja nadando hábil y rápidamente. Descartado el palo. Fumo un cigarro tranquilamente y un cuerpo sinuoso se dirige veloz hacia mis pies. Justo el tiempo de sacarlos. La culebrilla saca la cabeza del agua con la intención de darme un bocado ¡Será vengativa! Ya entiendo por qué la gente no se baña aquí. Hay un chiringuito en la ribera. Pienso en tomar algo fresco, mas aún tengo el estómago revuelto de tanta comida previa. Cargo agua en una fuente. Restan unas 5 km hasta Bragança. Sigo las flechas y dejo unas instalaciones deportivas a la derecha. Tras ello una bifurcación sin señalizar. Compruebo las dos opciones: Hay que seguir recto en vez de a la izquierda de una casa. El viento empieza a tomar protagonismo. Por supuesto viene en mi contra. He caminado la mitad del tramo. Telefoneo a la Oficina de Turismo de Bragança para indagar sobre la acogida. Hoy es domingo. No me contestan. Una señal me manda por una pista entre chalés que desemboca en la carretera que une Gimonde y la gran ciudad. La tomo durante un ratillo y, de casualidad, veo sobre el asfalto una señal que me conmina a bajar por un sendero. Éste me lleva a cruzar un puente medieval y, en breve, estoy en la periferia de la gran urbe. Aquí se extinguen las señales. Hay una residencia para ancianos en construcción y pienso en que, si los bombeiros no me dan acogida, puedo dormir en su interior saltándome la valla. Una mujer que habla algo de español me indica que, para llegar a la sede de los bombeiros, debo cruzar toda la localidad. Un abuelo camina muy cerca mía y va en mi dirección durante un rato. Supongo que estoy en el centro. Pregunto a otra mujer y se asusta de mi presencia. Al menos sonsaco que debo continuar recto. En una plaza hago un receso e intento relajarme, ya que el viento sigue soplando fuerte, aún desconozco dónde dormiré, y todo ello me pone nervioso. Un taxista muy amable me indica, a la perfección, la situación del cuartel y a él llegaré en breve, pues ya he cruzado casi toda la ciudad. En la ventanilla del edificio un bombeiro me observa extrañado. Pongo cara de pena y le pido, por favor, que me dejen dormir aquí. Me espeta que tiene que comunicárselo a su comandante. Tras unos tensos instantes, que me parecen meses, me dice que sí, me pregunta si soy español, me pide mi DNI y me invita a esperar para que un voluntario me lleve a las dependencias. El voluntario no es tal, sino voluntaria: Una chica morena, de unos 20 años, con los rasgos duros, pero de belleza especial, me dice brevemente que la acompañe. Ni rechisto. Va delante y no habla. Aprovecho para preguntarle si conoce la existencia de cuartel de bombeiros voluntarios en Vinhais y algún otro en esa dirección hasta la frontera. Asiente sobre lo de Vinhais, pero desconoce si hay más allá. La habitación a la que me conduce se ubica en la planta de arriba de un edificio anexo a donde están los vehículos. Es amplia y tiene sábanas limpias que cubren una cama de matrimonio. Al verla expreso: - ¡Paraíso!-. Se ríe y al marcharse me acaricia, en un movimiento lento y tierno, todo el brazo deseándome, al unísono, buen descanso. Yo he seguido deleitándome con la observación de la gran cama y no he caído en su gesto tierno hasta que se ha marchado. Bajo las escaleras y ya no está ¡Mierda! Dejo la mochila sobre cualquier sitio. Lo primero es ducharme en la gran bañera existente en el servicio. Hay dos habitaciones más con camas simples en el edificio, pero me han ofrecido la suite nupcial. Holgazaneo un rato tumbado en la cama y bajo a cenar. El voluntario de la ventanilla me cuenta que, en el mismo cuartel, existe un bar. Me lo recomienda porque es bastante económico ¡Perfecto! No tengo más ganas de caminar. Allí pido un tercio de Sagres y aparece la voluntaria de antes. Se pone a dialogar con otrs dos bombeiros y me saluda con una mirada franca y sonriente. Me cohíbo y le hago el gesto de que me estoy durmiendo de cansancio. Se ríe con mi gesto histriónico y exagerado. La camarera me invita a sentarme para cenar. He decidido hacerlo en condiciones y me traen dos filetes de ternera aún más grandes que las chuletas de la tarde, igualmente bien guarnecidos. Esta vez no puedo con todo y dejo casi la mitad. Dos tercios, un botellín y la brutal comida: 6 euros ¡Alabada sea la baratura! Muy satisfecho regreso a mi aposento. Aunque busque con la mirada a la voluntaria no la hallo. En cambio veo que el abuelo que iba en mi dirección cuando arribé a la ciudad conversa con otras dos voluntarias jóvenes y otro voluntario. Le explico la coincidencia, asiente, pero creo que no me ha entendido ni reconocido. Da igual. Tengo sueño y “corro” hacia la cama de matrimonio. Sobre ella me encuentro muy solo, pienso en lo imbécil que soy y, como de ilusión vive el hombre, dejo la puerta entreabierta por si una personita en particular quisiera hacerme una visita nocturna.
Jornada 25ª: Bragança – Vinhais (unos 29 km) Sobre Delfín, Delfina, truchas y bacalaosComo era de prever, he dormido solo. Un poco de cariño no me hubiera venido nada mal después de tanta soledad que arrastro, pero como no he puesto de mi parte no me puedo quejar, si acaso de mi cobardía. Como las cosas están marchando bien, he decidido ultimar el periplo completo y llegar hasta Ourense. Incluso podría llegar hasta Santiago, pero esto lo decidiré más adelante. A las 7:00 estoy en el bar del cuartel esperando que abran sus puertas. La mañana es fresca y lo agradezco, pues así espabilo antes. Dos voluntarias también aguardan. Apenas hablo con ellas. Un bello amanecer inunda la ciudad. La dueña del bar y su marido llegan a las 7:30. Café con leche y un gran pastel. El marido se interesa por mí preguntándome a dónde llegaré hoy. Le explico que voy a Vinhais y que tengo referencia de que hay que salir por la estación de trenes. Me dice que me lleva a la estación. Rechazo agradecido. Insiste tanto que acabo aceptando. Tiene una ranchera. Dejo la mochila atrás. Hay que desandar un poco el Camino y en breve estamos en la estación. Me despido fraternalmente. Busco y rebusco flechas amarillas, mas no encuentro ninguna. Decido preguntar en una gasolinera cómo llegar a Lagomar, mi primer destino, a unos 7 km. Un taxista y el encargado del establecimiento me lo explican con detalle: Tengo que regresar al cuartel, seguir esa avenida, tras 1 km arribar al hipermercado Modelo, tomar a la derecha y ,cuando me encuentre con una gasolinera, otra vez a la derecha en una rotonda. En la misma rotonda encuentro la primera flecha amarilla de la mañana. Transito por una carreterilla comarcal sin apenas tráfico. Cuando parten caminos desde ella estoy atento, pero como no vislumbro señal alguna continúo por ella. Al rato pregunto para corroborar y sí, voy en dirección correcta. Realizo el primer descanso del día a la sombra de un chalé deshabitado cerca de un pueblo. Regresa a mi memoria la sonrisa de la voluntaria, pero logro espantarla. Continúo por la carreterilla y al poco tomo el desvío hacia la izquierda dirección Lagomar, que es una pequeña aldea por la que transito brevemente pues, nada más entrar en ella, una flecha me guía por un camino empedrado en ascenso. La señalización cambia aquí, a veces, de aspecto, ya que junto a las típicas flechas amarillas encuentro otras enmarcadas en un cuadrado azul. Es acertada esta original señalización, porque muchas marcas están pintadas en unos imponentes castaños y, así, sobre los troncos, se perciben mejor. El castañar es francamente hermoso. Aún no lo he dicho, pero el nordeste de Portugal está agraciado con el Parque Natural de Montesinos y, la mayor parte de mi tránsito por tierras lusas, discurre junto a él. Las bellas vistas de montes arbolados me acompañan por doquier. La etapa de hoy es bastante cómoda: Me toparé con varios pueblos salpicados. Tras el enorme disfrute del castañar y posteriores prados arribo a Portela, donde me recibe un aljibe y su fresca extracción. Me tumbo un rato bajo la mirada atenta de un lugareño desconfiado. No porto nada de comida, pero se supone que en los siguientes pueblos existen bares, así que no tengo alertas. A pesar de ello voy a corroborar la información con otro lugareño de cara simpática que está sentado fumando a la puerta de su casa. Resulta que éste ha estado viviendo más de 20 años en España y la ha recorrido casi por completo. Trabajó en todo tipo de faenas y, entre otras, ayudó a construir la línea del Eusko Tren, viviendo los años más convulsos de Euskal Herria. También fue legionario (un tatuaje le delata). Ahora sobrevive con una pequeña pensión del gobierno portugués. Tras informarme de dónde podré comer posteriormente y una charla sobre todo tipo de temas, de más de un cuerto de hora, continúo hacia Castrelos, que dista apenas 4 km. El Camino sigue siendo montaraz y transito cómodo y risueño. Ahora me acompaña, a veces, otro tipo de señalización: Una concha de vieira (el símbolo por antonomasia del Camino de Santiago) en amarillo circundada igualmente por un cuadrado azul. Desde Lagomar he ido e iré, hasta el final del día, en continuos ascensos y descensos, ritmo que no abondonaré hasta Vinhais. El calor, para no perder su costumbre en mi caminar, ya aprieta. A la entrada de Castrelos pregunto a un anciano por el restaurante que me informó el ex-legionario. Sí, a la salida del pueblo debo descender en picado hacia el río y el restaurante está traspasado el puente. Ya en la salida diviso el río, el puente y el restaurante, pero hay una trifurcación y una flecha algo ambigua. Tras inspeccionar el primer camino a mi derecha, confirmo su incorrección, vuelvo a ascender y tomo el segundo. La bajada es bastante inclinada y mis rodillas protestan. Ya he llegado al puente, lo traspaso y aquí está el restaurante. Es algo más allá de mediodía, pero en el comedor ya hay gente hartándose de carne regada con vino. Sólo despachan chuletas y filetes. Pues nada: “Donde fueres haz lo que vieres”. Me siento en el exterior con mi tercio de Sagres y un plato de aceitunas. En breve me traen la bandeja con dos chuletas y patatas fritas, esta vez sin guarnición extra. Las chuletas no son tan gigantescas como ayer. Otro tercio ¡Al ataque! Tomo café para evitar el sueño que ya se está adueñando de mí. Total: 8’5 euros. Me despido de la pareja de unos 50 años que ha estado sentada a mi lado. Me desean buen camino con ancha sonrisa. Con el estómago de nuevo repleto regreso bajo los dominios del astro rey. Toca ascenso. Al menos haré la digestión más rápidamente, o eso creo. El paisaje no cambia y sigue siendo reconfortante. Tras cruzar Soeira desciendo de nuevo hasta el río y me recreo en el discurrir del agua bajo el puente. Asciendo ahora desembocando en la carretera, pero no durante mucho tiempo. Otro tramo de bosque, otro de carretera... A la izquierda de ésta hallo un prado perfecto para darme la gran tumbada. Ahora el cielo está nublado. Cuando estoy en posición horizontal se despejan las nubes. Debo regresar a la carretera y a una exigua sombra bajo un matorral. Aquí estoy tirado cuando un coche se detiene. Lo mismo piensan que me pasa algo, así que levanto el brazo y con el dedo pulgar, y sin volver la vista, indico que me encuentro fetén. Marchan. Vilaverde se aproxima. Los tramos siguen alternándose asfalto/tierra. Ya sé decir buenos días y buenas tardes en portugués. Lo he utilizado cientos de veces. Una pareja de ancianos camina a mi lado y les pregunto cómo decir buenas noches. La verdad es que no estoy aprendiendo su lengua todo lo que me gustaría. Abandono el pueblo y, deambulando sobre asfalto, una señal me conmina a bajar hacia el río por una pista bastante pina ¡Ay, mis rodillas! En la ribera hay un chiringuito y muchas autocaravanas. La gente salpica el bello paraje pero nadie se baña, y eso que hace calor. Es muy extraño. En 100 m la pista asciende bruscamente devolviéndome a la carretera. Está claro que han desviado el Camino para hallar el chiringuito. Ahora la bajada vuelve a ser pronunciada y mis rodillas chillan, tanto es así que debo descansar cuando llego a las primeras casas. Aprovecho y me doy otra gran tumbada. Lo primero va a ser buscar el edificio de los bombeiros voluntarios. Una chica me dice que siga todo recto, que se encuentra al final de la ciudad. Lo mismo que ayer, esto es, debo ganarme el techo. Me topo con la Oficina de Turismo, que está abierta. Como desconozco la existencia de más cuarteles de bombeiros en lo que me queda de tramo portugués, decido preguntar. La decisión será clave. De momento me confirman que en Vinhais los bombeiros suelen acoger. Me informan, además, que no hallaré más cuerpos de bombeiros, pero que en Edral, localidad que tengo a 19 km, existe un centro de día donde acogen al peregrino: Estupenda noticia. Con las extremidades inferiores doloridas, ya que el recorrido de hoy ha sido bastante rompepiernas, arribo al local de los bombeiros de Vinhais. De nuevo en recepción pongo cara de pena para que me acojan. El comandante está presente. Me cuenta que no pueden acogerme, pues tienen visita de voluntarios de otra ciudad. Los aposentos están completos. Pongo más cara de pena aún y le comento que sólo necesito un techo, que puedo dormir en cualquier rincón, que no me molesta en absoluto hacerlo. Tiene un amplio mostacho negro. Se lo atusa mientras reflexiona, observándome de soslayo. Al final mis ruegos fructifican y un voluntario me acompaña a la cancha cubierta de baloncesto. El año pasado, cuando hice la Ruta de la Lana, sabía que tendría que dormir más de un día sobre el rudo suelo. Para evitarlo me llevé una colchoneta hinchable de peso menor de 1 kg. Esta vez no la llevo porque el riesgo lo iba a tener al final de mi periplo. No era plan cargar durante más de 600 km con un peso extra. Pensé incluso en mandar por correo la colchoneta al albergue de peregrinos de Zamora, pero acabé por no hacerlo. No quería molestar. Si tuviere este contratiempo, como ahora mismo lo tengo, esto es, dormir en el suelo, buscaría cartones por la localidad. Son algo más allá de las 19 h y me ducho rápido para poder encontrar una tienda de alimentación abierta. He de comprar comida y conseguir cartones. Cuando estoy vestido y listo para partir, aparecen dos voluntarios que me preguntan si necesito colchonetas: - Sí, por favor-. Entran en el vestuario de féminas y sacan una colchoneta de gomaespuma. Me preguntan si necesito otra. Asiento. Mejor dos que una. Les agradezco mucho el detalle, aunque sé que la orden es de un señor con mostacho. Como pude comprobar que no existe en idioma portugués “tenda d’alimentaçao”, le pregunto a un voluntario el nombre exacto: Comercio. Tan difícil no era. En el comercio que tengo enfrente me custa decidirme. Hay demasiada novedad ante mis ojos. La tendera me ayuda con paciencia. Debo lavar ropa. Un voluntario me indica que existe lavadora de pago y una pila. En la pila me llevo cantando más de media hora. Tiendo la ropa en el interior junto a la de los bombeiros. No me fío que se llegue a secar aquí durante la noche, pero no la voy a dejar fuera al lado de los coches de urgencia. Llevo una gorra roja de cerveza Cruzcampo en la mochila, que aún no he usado, y pienso cambiarla por una de ellos donde se lee “Bombeiros”, mas recapacito que las tendrán contadas. No llego a intentar el intercambio. Estaría bien ver a un bombeiro extinguiendo un fuego con una gorra publicitaria de cerveza... Es la hora de cenar. En la información que llevo se comenta que ésta es tierra de truchas, así que voy a preguntarles a mis vecinos dónde puedo comer tal exquisito manjar (me encantan las truchas). Al intentar explicarles qué deseo me preguntan si es trutta. En italiano es trotta, así que es una mezcla fácil de aprehender entre italiano y español. Dicen que no hay y me recomiendan el Restaurante Delfín. Cuando llego a la altura de ese restaurante, sólo existe un edificio de viviendas. En él habita una tal Delfina. Pienso en si me habrán gastado una broma. Frente al piso de Delfina hay otro restaurante, así que aquí mismo cenaré. Como estoy harto de carne pregunto si hay otra cosa: Bacalao. No entiendo la explicación de cómo lo sirven. Me da igual. Resulta ser un revuelto exquisito que será bien regado de Sagres. Me pongo hasta las orejas y sólo consigo comer ¾ partes de la bandeja. Al ir a pagar me parece que han inflado un poco el precio, pero no me importa en demasía porque sigue sin ser caro. De vuelta al cuartel y hay otros voluntarios en la entrada. Converso un poco con ellos y me dirijo a la cancha de baloncesto, no precisamente para disputar ese deporte...
Jornada 26ª: Vinhais – Edral (unos 19 + 5 km) El cultivo de la caridadLa jornada se prevé cómoda: 19 km pasando por 4 pueblos. Llevo varios días superando los 30 km (menos ayer, que fueron 29 rompepiernas) y me va a venir bien un pequeño descanso; más si cabe porque las etapas que restan volverán a ser de más de 30 km. La revelación que me hicieron ayer en la Oficina de Turismo de Vinhais con respecto a la acogida en Edral me viene, pues, de perlas. Me hago un poco el remolón y abandono, tras desayunar unas galletas que compré ayer en el comercio, el cuartel a las 8:15. El padrino me ha llamado y le he sintetizado mis aventuras y desventuras en tierras lusas. Primer destino: Soutelo. El mismo caso que ayer en Bragança: El parque de bombeiros está en la periferia y hay que seguir la calle que me llevó a él, calle que se convierte en carretera al poco. Un par de centenares de metros cuando una flecha me manda a la izquierda alejándome, bondadosamente, del asfalto. Monte arbolado (donde los robles siguen presentes) regado en sus faldas por huertas que acompañan al río, que cruzo por un puente de madera. En breve me topo con un cruce en T sin señalizar. Por orientación intuyo que hay que tomar a la derecha, así que asciendo en esa dirección. Unos 200 m y no hallo flechas. Regreso al cruce y realizo la misma operación con el camino de la izquierda, que asciende también, pero dejando la mochila en el cruce. Tampoco encuentro señales. Me siento para relajarme y me fumo un cigarro. El humo me sugiere tomar de nuevo a la derecha, así que, con los pulmones cargados, retomo, por tercera vez, el ascenso. Las mosquitas ya han hecho acto de presencia y vuelvo a ahuyentarlas con apuros. Reencuentro con alivio las flechas y desemboco pronto en Soutelo Recorro sin descanso las calles de la villa y, en breve, desciendo hacia Sobreiro de Baixo, pueblo hermano de Sobreiro de Cima, ambos fronterizos del Parque Natural de Montesinhos. Como la distancia a recorrer hoy será escasa, me lo voy a tomar con calma. Despacho, cerca de una fuente del pueblo, varias piezas de fruta mientras observo unas obras en la calzada, deporte nacional en mi país (la observación de las obras, no éstas en sí). Existe bar en la localidad, pero sólo apetezco de agua. Abandono Sobreiro de Baixo de nuevo en ascenso. Bravos repechos hasta alcanzar la carretera que me conducirá hacia Aboá y Candedo. En la carretera, y ascendiendo un puerto, unas flechas me invitan a seguir un camino montaraz y otras, más antiguas, a continuar sobre asfalto. El camino montaraz es más pino y la carretera anuncia un mirador. Decido ir hacia el mirador para tumbarme mientras contemplo el paisaje. De momento estoy solo y, cuando estoy acabando de orinar en un recodo, aparece un vehículo de turistas. Al momento otro. Salen personas de los coches que ni se molestan en darme los buenos días. Consigo, al menos, que un conductor me salude, aunque sea a regañadientes. Me han aguado la fiesta, así que les cedo el mirador. De nuevo en marcha y aparca una autocaravana. Una mujer de unos 60 años sale y me saluda con una gran sonrisa, sabedora de lo que estoy haciendo. Su marido, desde el vehículo, también. La empatía, por supuesto, me reconforta y anima. En pocos metros el camino montaraz desemboca en el asfalto y una carretera comarcal, a la derecha, conmina a ir hacia Aboá y Candedo. El calor ya aprieta, mas no exageradamente. En Aboá, ante mis cuestiones, me responden que no existe comercio ni bar en la localidad, así que continúo hacia Candedo, donde parece que sí hay, al menos, un bar. Nada más entrar en este último municipio el Camino se desvía a la derecha por monte. Tengo bastante hambre. Edral no queda lejos. Podría continuar, finiquitar la caminata y comer inmediatamente, pero según la exigua información que llevo me espera un pronunciado descenso y su correspondiente, y aún más pronunciado, ascenso. Pregunto a un lugareño por el bar: Sólo tengo que seguir la carretera. Está al lado de la iglesia al otro extremo del pueblo. Tras, aproximadamente, ½ km, lo encuentro. Pido un refresco y pregunto a la camarera si sirve algo de comida. La respuesta es negativa. Insisto en que puedo comer lo que sea, ya que me vence la hambruna. Un chico, que está expectante a la conversación, participa en mi ayuda. Le explica a la camarera (que parece ser su madre) que soy peregrino y que me prepare un emparedado. - ¿De jamón york y queso?-. -¡Eso mismo, eso mismo, lo que sea, por favor!-. Recibo el sandwich mostrando entusiasmo y agradecimiento. Salgo a las mesas de fuera a gozar del momento. En las mesas cercanas los parroquianos trasiegan cerveza. Yo no. Es rarísimo, pero ahora no se me apetece. Pago al chaval dejándole merecidísima propina y le pregunto por algún camino que, sin llegar de nuevo a cruzar el pueblo, me devuelva a las flechas amarillas. Pues sí, a la izquierda debo encontrar el cementerio y continuar a la derecha tras pasarlo. De nuevo en marcha y cuatro hombres se dirigen al bar. Uno de ellos, que habla español, quiere invitarme a una cerveza, pero rechazo agradecido explicándole que acabo de estar ahí un buen rato y que he decidido continuar. En el cementerio parten dos pistas de tierra en la dirección que debo tomar, esto es, la derecha. Una de ellas parte sin miramientos hacia allá, pero otra gira, primero, a la izquierda, bordeando el cementerio y, tras una curva de 180º y en descenso, discurre en paralelo con la primera. Mi tercer ojo (no el que llevo a mis espaldas sino uno metafórico) intuye que la correcta pista será la que primero se desvía a la izquierda, pero por vagancia tomo la primera. Más adelante puedo retomarla monte a través si fuese necesario. Desde el cementerio vislumbro unas casas, a lo lejos, en la cima de un monte. Pienso que es Edral y trazo allí mi destino. Debo descender hasta alcanzar el puente sobre el río Rabaçal. De momento, la pista por la que discurro, desciende, pero la que llevo a mi izquierda aún más. Ahora mi pista se transforma en senderín de cabras. La de abajo sigue tal cual y alejándose en altura. El senderín acaba desapareciendo y llego salvando piedras y matojos a un terreno de apicultura. Algunas abejas me pasan cerca y avanzo despacio por si las moscas (mejor: por si las abejas). Tengo el interior de las botas repleto de pinchos y piedrecillas y, como la pista de abajo está cada vez más ídem, opto por bajar a lo bruto por un estrecho cortafuegos. A lo cabra montesa, y a punto de resbalar varias veces, desemboco, por fin, en la pista correcta. El calor sí que es ahora abrumador. Me descalzo para liberar mis pies de todo género de materia hostil y sigo descendiendo hacia el río. Unos metros antes del puente reconozco el Camino, encarnado en una nueva pista que procede de mi derecha. En una escasa sombra de matorral me dejo arrastrar por la fuerza de la gravedad. Observo el puente, observo el río, observo la dura subida sin umbría que me espera. Observo el río, observo el puente, observo los muy empinados repechos... Otra vez... y otra... ¡Qué calor!... ¡Arriba! Estoy ascendiendo demasiado aprisa, así que calmo a mis piernas. Tras un rato de pausada subida, el Camino se bifurca sin estar señalizado: De frente la pista principal y, a su derecha, otra en dirección a las casas que vislumbré desde el cementerio. Aún dudando de la decisión, tomo a la derecha. El ascenso se dulcifica un poco, menos cuando tengo dos opciones: bajar o tomar un cortafuegos hacia arriba. En el cortafuegos es tan pina la subida que casi puedo besar mis rodillas cuando, acompasadamente, se elevan. Alguna bifurcación más sin señalizar me advierte que voy por camino equivocado. Ahora me da igual: Llegaré a esas casas, sean o no pertenecientes a Edral. Ya arriba me reubicaré. Más bifurcaciones y por fin desemboco en la localidad. Son casi las dos. Una fuente me devuelve el aliento. A un lugareño le suplico que me corrobore que estoy en Edral. Como suponía: No. Le señalo dónde se supone que queda Edral y me lo confirma: Tendría que haber continuado por la pista principal. El pueblo se llama Frades de Lomba. He tomado hacia el noroeste en vez de hacia el oeste. Me carcajeo de mi despiste. El lugareño me acompaña. Me voy a tragar unos km de propina pero, al menos, no estoy desorientado. Ahora sólo debo tomar una carreterilla comarcal que me conducirá a mi destino final del día. La carreterilla anuncia Vilar de Lomba y nunca Edral, aunque éste debe estar de paso... De repente una población y un cartel anuncian la deseada localidad: Edral. Un juego de palabras asalta mi mente en ebullición: Cat-Edral. Cat significa gato en inglés, así que a los gatos de aquí les llamaré “catedrales”. En el garaje de un chalé un joven lava su coche. A él me dirijo para preguntarle sobre el Centro de Día. He entendido a la perfección su extensa explicación en portugués. Tanto él como yo nos asombramos de que no tiene nada que repetir. Calle adelante y encuentro el edificio. Tiene timbre, un bar al lado y un anuncio en la puerta de tratamiento raticida e insecticida. Como nadie responde, supongo que estarán interviniendo en la actualidad. En el bar cuestiono si hay alguien en el albergue. La veterana camarera manda a un abuelo a que me acompañe. Al llegar al centro abre la puerta (que está y estaba abierta) y me conduce al interior. Una mujer cincuentona, que debió ser bastante hermosa en su juventud, me recibe muy cordialmente. El Centro de Día es un establecimiento de caridad para ancianos. En el salón donde he sido recibido hay unos cuántos viendo la televisión. Ella me pregunta si he comido y le digo que no. Mientras conversamos me prepara la comida. Por lo que me cuenta llevan unos 7 años dando acogida a peregrinos. Por aquí han pasado varios españoles, sólo dos portugueses (hace un mes) y muchos extranjeros de distintas nacionalidades. Es curioso cómo los extranjeros, casi siempre, están mejor informados que nosotros, pues sólo en Vinhais supe de la existencia de este centro de acogida. Crema de verduras y un guiso de cerdo con patatas... ¡El cielo existe! En espera de que me dejen entrar a la habitación un abuelo me pregunta si soy de Albacete, pues mi camiseta nombra esa ciudad. Le resumo mi periplo. El ambiente alrededor de la televisión es triste y me arrincono en la salita. Desde Medina del Campo creo que no ordeno las fotos tomadas, así que a eso dedico mi tiempo. No tomo notas desde entonces, pero como sólo me quedan 3 ó 4 días para acabar mi caminata veraniega, las aplazo para cuando llegue a Sevilla. Tendré que estrujar, entonces, mi depauperada memoria. Un rato ordenando fotos, un cigarro fuera. Otro rato, otro cigarro... Su compañera ha venido, pero me sigue diciendo que espere. A las 19 h. me llama para cenar. No, no puedo cenar más tarde, así que me siento con una decena de abuelitos en la mesa. La misma sopa de verduras y una ensalada de patatas. Un abuelito me pasa el aceite, yo paso el pan, otro pasa el agua, yo la sal... todo casi en absoluto silencio. Uno de ellos va a la cocina y regresa con una garrafa de vino. Yo le miro de soslayo, mas disimula y no me convida ¡Ay! Tras la cena los abuelitos se marchan, poco a poco, y me quedo solo con las dos encargadas del centro. A las 20 h tienen recogido todo y ahora sí que me invitan a acompañarlas al piso de arriba. Llevo rato pensando en dar un donativo al centro, pero como me ha enojado que me dejen sin siesta (que la necesitaba y mucho) y como no me fío de que el donativo llegue a los abuelos, acabo por no darlo. Craso error: Mi iracundia por lo de la siesta no justifica nada. Debería haber dejado un donativo. Las dos me conducen a una habitación que hace de almacén. No hay camas. Me entregan una estera, una sábana limpia y una manta. Me advierten que no puedo fumar y me entregan las llaves. Deberé dejarlas introducidas por fuera cuando marche. Inspecciono todo el piso de arriba: Dos servicios, una sala de planchado y habitaciones que hacen de almacén. Cojo un par de esteras más para que el suelo, por la noche, esté más alejado de mi cuerpo. En el bar me tomo las dos primeras y únicas cervezas del día, conversando con la barra del bar pues la familia, mientras, cena dentro. La dueña me comenta que abren a las 7, así que aquí desayunaré. De regreso al hogar y, como no hace frío, uso también la manta de colchón. Tras 26 días de suerte hoy toca dormir sobre el suelo. No será ni la única ni la última vez en mis caminos. La caridad ha llamado a mi puerta y no debo quejarme de nada. Buenas noches a la bendita caridad y a las estrellas.
Jornada 27ª: Edral – Verín (unos 33 km) Esperpento gallego (1) Hoy regreso al invento llamado España y salgo de la fantasía llamada Portugal. Mi intención es acabar la jornada en Verín e ir en autobús hacia A Gudiña. Esto significa retroceder en el Camino una etapa ¿Y por qué? Desde A Gudiña hay dos variantes del Camino Sanabrés hacia Ourense, y una ya la realicé, la norteña. Me queda la que discurre por Verín y quiero completarla. No me gustaría dejar la etapa A Gudiña – Verín sin inspeccionar ni gozar. La jornada será cómoda en su tramo portugués, pues los pueblos por los que discurrirá mi figura están muy próximos entre sí. Ya en España las aldeas principales distarán 12/13 km entre sí. Durante la noche me desperté sobre las 4. Me fumé un cigarro con la ventana abierta y la parte superior de mi cuerpo fuera. El cielo estaba colmadísimo de estrellas y una oveja juguetona y descarriada deambuló por el pueblo enfureciendo a los perros encadenados. Aproveché para cometer un pequeño hurto: Como no había podido ir a comprar a un comercio no disponía de nada para almorzar hoy, así que robé del almacén una lata de 8 salchichas ahumadas. Para intentar embaucar a mi Pepito Grillo le dije que trocaba la lata por el desayuno que no iba a satisfacer en el centro. A las 7:05 estoy tomando un pastel con café con leche en el bar. Esta vez sí que puedo conversar con la dueña, que se muestra bastante simpática. Con detalle me explica cómo salir del pueblo para continuar el Camino: A unos 50 m por donde llegué ayer existe una capillita y, tras ella, debo tomar una pista a la izquierda. Las flechas amarillas me acompañan hasta la salida del pueblo. Más allá desaparecen. Ferreiros, o lo que se supone que es Ferreiros, queda abajo en lontananza. En un par de bifurcaciones elijo concienzudamente la opción. Ladridos de perros me anuncian un rebaño. Cuando llego a su altura me ladran exaltados desde el borde de la pista. Yo, bordón en mano y dispuesto a golpear si es necesario, sonrío y le doy los buenos días al pastor. Parece que he elegido bien, pues en breve estoy en las afueras de Ferreiros, que queda a mi izquierda. Saludo con entusiasmo a un par de abuelas que me salen al paso. La tierra se ha convertido en asfalto, convertido en carreterilla en muy mal estado que me acompañará hasta la frontera. La vía discurrirá por un precioso valle. Sandim lo dejo a mi derecha y, en una curva con algo de sombra, me siento un rato. No hay tráfico ninguno. Desde Sandim he visto un sendero a su derecha que, más tarde, corroboraré llega hasta Segirei. Yo, de momento, sigo por la carreterilla. Avistando Segirei, que queda, más o menos, a 1 km, un poste indicativo de un PR y una flecha amarilla adjunta me mandan por un sendero. En la indicación se lee 3 km. ¿Cómo es que quedan 3 km si Segirei está ahí mismo? Obvio la invitación senderista y continúo por la carreterilla. Ahora voy en ascenso, marcha que no abandonaré (aunque suavizada en la parte española) hasta Lamardeite. Otro día de calor agobiante, ¡y van...! Una abuela muy mayor aparece, desde una huerta, con un canasto sobre la cabeza. La adelanto. Me cuesta dejarla atrás con mi ritmo de siempre. Un portento de aptitud física, la abuela. En Segirei lo primero que hago es preguntar por una fuente. Refrescado y llenados los recipientes observo que, desde el pueblo, parte un sendero bastante vertical que parece desembocar en la carretera. Si sigo por ésta daré un rodeo, pero existe la posibilidad de que aquélla en donde culmina el sendero no sea la misma que ésta, así que me abandono al asfalto. Transcurridos 500 m, me topo con un barrio alto del pueblo, una curva hacia la derecha y un letrero que anuncia Rua de Espanha con una flecha amarilla que me invita a seguir por la carretera. Un hombre mayor sale de una casa y le pregunto, por curiosidad, si el sendero que divisé desde el pueblo atrochaba mi dirección. Asiente observando que ese sendero está muy descuidado. Me gusta hacer la cabra de vez en cuando, así que debería haber tomado el sendero. Continúo en ascenso. Hallo un área recreativa con unas vistas espectaculares de las tierras lusas que estoy dejando atrás. Como tengo hambre, decido descansar y comerme 4 salchichas de la lata, así en bruto. Otra cosa no hay. Me entra morriña de mi estancia en Portugal, tierra hermana, y me invade algo la melancolía. Si uno no visita estas tierras y sus gentes no puede entender el fado con garantías. La divisoria fronteriza la constituye un cartel que señala el límite del Concelho de Vilardevós, sólo eso. No existen flechas amarilla así que continúo por asfalto. Al rato desemboco en el primer lugar gallego, Soutochao, donde cambio el registro a la hora de dar los buenos días. Aquí está la primera parada de autobus típica gallega que me trae tantísimos recuerdos sobre breves amparos de persistentes lluvias. En ella decido tomar las 4 salchichas que me quedan. Un panel explica los PRs de la zona y el trayecto de este ramal a Santiago. Es algo surrealista y no logro comprender sus indicaciones. Aunque suave, el ascenso continúa y clamo para que acabe de una santa vez. En la siguiente aldea, Lamardeite, una niña de unos 10 años me pregunta, sorprendida, qué hago al verme caminar con mochila y bordón. Es una delicia transitar por caminos a Santiago poco transitados e inhalar la espontaneidad de sus gentes. Un campo de fútbol ha quedado a mi derecha tras las últimas casas de Lamardeite. Percibo por fin la primera flecha amarilla en Galicia después de varios km. La carretera gira en breve a la izquierda y esta flecha me conmina a seguir una pista que simula atrocharla. No es así y la pista zigzaguea sobremanera. Al menos, las flores que han nacido en su centro tienen colores llamativos y hermosos. Este tramo montaraz me devuelve a la carretera pero, justo antes de llegar a ella, un nuevo poste de PR y unas flechas adjuntas a él me mandan hacia un camino paralelo a aquélla por su izquierda. Tomo este camino y gozo de la arbolada y de la proyección de su umbría. En una bifurcación, un nuevo poste de PR, donde se lee 11 km y pico en este sendero de Vilardevós ¿Aún me quedan más de 11 km hasta allí? No es posible. En absoluto. Quizá la senda se prolongue por el monte. Una vetusta flecha me invita a seguir el sendero. A punto estoy de regresar a la carretera, pues no me fío de las flechas, visto lo visto durante la jornada, esto es, que apenas las he visto. No me apetece extraviarme hoy. La senda comienza en durísima rampa. La tomo un poco para cerciorarme de la existencia de más de señales propias del Camino. Nada. Regreso a la intersección e intento reflexionar bastante enojado: En el anterior poste leí 9 km y pico... ¡Eureka! Han medido a la inversa ¡De ahí mi confusión en el PR antes de entrar en Segirei!, donde se expresaba no que me faltaban 3 km para llegar, sino que si hubiese comenzado ese otro sendero en su inicio, en ese punto habría caminado ya 3 km. Contento con el descubrimiento vuelvo a subir la dura rampa. La pista sigue en ascenso algo más y, luego, todo será bajada hasta Vilardevós. Robles y... mosquitas. Tras un rato seudoapacible desemboco en la carretera. El PR me hace cruzarla. Transito por una zona en obras y me impregno hasta las rodillas de un fino polvo blancuzco. Durante los últimos 2 km hay casas salpicadas. Al llegar a Vilardevós busco desesperadamente una tienda de comestibles. Son casi las 14 h.. La primera tienda está cerrada. Hay un cartel en su puerta anunciando que, si se necesita algo, hay que buscar al tendero en cierto bar. Pregunto a unos obreros y no tienen ni idea, así que cuestiono a una mujer indicándole, además, que se me hace raro que la tienda esté cerrada a estas horas: - ¿Pero qué horas?- ¡Ahí va, se me olvidó cambiar la hora al traspasar la frontera! ¡No son casi las 14 h, sino casi las 15! ¡Qué borrico! Al lado de la tienda hay un mesón. Tengo muchísima hambre. Las salchichas hicieron su trabajo, pero no son suficientes (por cierto, me duele algo la tripa, supongo que producto de haberlas ingerido sin cocinar). El menú lo estimo algo caro, así que pido un bocadillo de lomo en la barra, previa consulta del precio, ya que ahora sí que ando justísimo para llegar a Ourense. Desde Sevilla traigo la tarjeta y, como mal menor, podría sacar un dinero que no es mío. Lo devolvería más tarde, pero no me seduce la idea, así que intentaré aguantar con el presupuesto inicial. El bocadillo tiene doble compañía cervecera y, como me estoy quedando dormido, un café cargado. Frente al mesón hay una fuente. En ella intento espabilarme refrescando repetidas veces la cara. La carretera la tengo a 10 m y en ella, una flecha amarilla, me invita a tomarla. Un microbús de línea está estacionado en la acera. Me acerco y pregunto al conductor si sabe los horarios entre Verín y A Gudiña. Sólo a las 13 h. Antes existía otro servicio a las 18, pero la empresa lo ha deshechado. Muy mala hora las 13. Con un poco de prisa hubiese podido llegar a las 18, pero salir a las 13 supondría quedarse a dormir en Verín, llegar a A Gudiña a las 14 y realizar una jornada de 30 y tantos km a partir de esa hora... Mal asunto. Cabe la posibilidad de hacer autostop en Verín. Ya veremos. De momento voy atento a encontrar más flechas que me saquen del infierno de la carretera, mas no las hallo ni las hallaré hasta unos 4 km antes de Verín. Hasta entonces caminaré por caminos paralelos, cunetas, campo a través y arcenes de tierra, todo ello para evitar el abrasador asfalto. Dejo atrás los lugares de Trasigrexa y Benposta. Una rotonda precede al puente elevado sobre la autovía que conduce a Ourense. En ella vuelvo a encontrar las flechas por arte de magia. Cruzo el puente y debo circular, necesariamente, por el arcén de asfalto. Los vehículos transitan veloces. Faltando unos 2 km me pego una tumbada bajo unos generosos pinos. Ahora hay aceras, pues transito entre una población anexa a Verín. Vida frenética en la urbe. Para llegar al albergue de peregrinos de Verín debo cruzar todo el pueblo. En el mismo edificio está la Oficina de Turismo y Atención al Peregrino. 3 personas atienden la oficina. Les pregunto, primero, si existe un autobús vespertino hacia A Gudiña. Me fío del conductor al que pregunté en Vilardevós, pero voy a corroborar la información. Nunca se sabe. Efectivamente sólo existe el servicio de las 13 h. Ahora les cuestiono por dónde venía el Camino desde la frontera, pues en unos 25 km vi sólo unas 10 flechas. Comentan que muchos peregrinos se han quejado de la pésima señalización del Camino en la zona y que, en Vilardevós, en una capilla a la derecha de la carretera, parte una variante hasta Verín y otra hacia A Gudiña. Si lo hubiera sabido (y hubiese estado mínimamente bien señalizado) habría ido hacia A Gudiña directamente. Les pregunto ahora si conocen a alguien que se dirija hoy a A Gudiña en coche. No. Nunca he tenido problemas en hacer autostop, pero me encuentro algo enojado y entristecido por la paupérrima señalización en Galicia, sí, la tierra de Santiago de Compostela, así que abandono la idea de hacer dedo y decido quedarme aquí. Ahora me piden 3 euros por pernoctar ¿3 euros? La Xunta de Galicia creó los albergues para que fuesen gratuitos. Ahora me vienen con que tengo que pagar 3 euros, y esto después de tragarme 25 km de carretera por horrible señalización. Pago los malditos 3 euros con desgana. A las 22 me cerrarán la puerta del albergue ¡¿Cómo?! Mucho negocio con el Camino de las Estrellas y no son capaces de hacer la facilísima tarea de señalizar medianamente bien el Camino. Me cobran 3 putos euros y ahora voy a entrar en una jodida cárcel. Y encima me preguntan si voy a salir pues, si no lo hago, me cerrarán cuando ellos se marchen, esto es, a las 20 h ¡Manda cojones! Dejo los bártulos en la prisión y me voy a hacer compra en el supermercado, que ya toca. Me da por comprar chorizo y jamón de calidad para los bocadillos, tomate para acompañarlos en rodajas, fruta, pasteles, zumo y cervezas. Es curioso que en otros caminos, casi siempre, he comprado tomate para que los bocadillos fuesen más jugosos En éste llevo 27 días sin hacerlo. Gran descuido. Tras exquisito bocadillo me pego la gran ducha. El sumidero traga muy poco y me llevo 10 largos minutos secando el suelo. Estoy solo, así que paseo en cueros por el albergue. Creía que aquí me encontraría con algún peregrino. No ha sido así. La mayoría de peregrinos, al llegar a A Gudiña, continúan por la vertiente norte, pero algunos lo hacen por aquí. Es mi destino hacer este periplo totalmente solo. Ya son más de las 21 h y a las 22 se presentarán para cerrarme. No ha lugar pues a darme un paseo por la ciudad. Salgo, al menos, un rato a la calle a que me dé un poco el frescor de la noche. Puntualmente llegan y me encierran. No queda otra que dormir.
Jornada 28ª: Verín – Sandiás (unos 39 + 2 km) Esperpento gallego (2) Tengo libertad condicional para salir de la cárcel nunca más allá de las 8:00 pero, como me conformo con 8 horas de posición horizontal, a las 6:00 estoy despierto y, tras dulce desayuno, parto al Camino con las primeras luces. Como me hallo en la periferia, sólo tengo que pasear brevemente entre las últimas casas. Estoy subiendo a Monterrei, que es el pueblito cercano. Mientras asciendo disfruto más y más de las vistas del valle a mi derecha, pues la bruma típica gallega hace de sombrero del entorno. En una bifurcación no existen señales, así que tomo a la izquierda, pues hacia ahí están las primeras casas de Monterrei. Observo incrédulo que me aproximo a un albergue de peregrinos de la Xunta. Desconocía totalmente la existencia de este albergue. Yo creía que entre A Gudiña y Ourense había tres albergues situados entre sí estrategicamente a 30 y pico km. Mas no es así: A 1 km de Verín existe otro albergue. Si lo hubiera sabido me hubiera quedado aquí, pues las vistas son espectaculares y no habría tenido que soportar el ruido de la gran urbe. Pues sí: Nada más comenzar, el Camino está mal señalizado. Tengo que preguntar a un lugareño sobre cómo llegar a Albarellos, primera meta del día. Me recomienda una pista que bordea una atalaya. Cuando vislumbro la atalaya encuentro un típico mojón gallego indicativo del kilometraje restante hasta Santiago. Mi sorpresa es que éste señala dos caminos: Uno que sigue hacia Xinzo de Limia (el que busco) y otro que enlaza con la variante norteña (por Laza). Y esto no es todo, hay 3 posibilidades y no 2: Una a la izquierda, otra a la derecha (hacia Laza) y otra de frente. Por mucho que cambio de perspectiva no sé si el mojón señala hacia la izquierda o recto, así que, como tengo la atalaya de frente, opto por ir hacia ella. La fortificación... un par de bifurcaciones sin señalizar... no es por aquí. Como detesto ir hacia atrás, si no es estrictamente necesario, y oteo la pista allá abajo, decido bajar monte a través hacia ella. Al principio sólo soy obstaculizado por algo de maleza pero, de repente, me hallo inmerso en una selva muy enmarañada de matorrales y arbustos que tengo que sortear funambulísticamente. Ya en la pista desprendo de mis botas todo tipo de elementos extraños ¡Pues sí que hemos empezado bien la jornada!. La pista desciende levemente y algunas bifurcaciones están señalizadas. Otras no. Continúo de frente, como los mulos, menos en un cruce en V donde, al tomar una opción al azar, me topo con que no tiene salida, así que debo regresar unos 200 m. En Verín me dieron una guía muy cutre de esta variante del Camino, sí, de las guías que edita la Xunta. Hay breves reseñas culturales y poca y pobre información descriptiva del Camino en sí. Arranqué y sólo me quedé con la página en la que existe un ridículo mapa que, a pesar de todo, me sirve para orientarme, pues ahora sé, al menos, que el Camino discurre “paralelo” a la A-52 y a la N-525 hasta Xinzo de Limia. Supongo que lo que tengo enfrente es Albarellos, pero no se me apetece entrar en la localidad, así que hago un descanso bajo la sombra de un pazo. Una mujer sale del pazo de enfrente y le doy alegremente los buenos días. Se aleja presurosa y regresa, al poco, con un médico. Según me cuenta, su madre está muy enferma y tienen que llevársela al hospital. Le doy mis condolencias. Ella y el médico me preguntan dónde me dirijo y, como ahora he perdido las flechas, se lo hago saber y me reubican. Del pazo donde estoy sale a la calle una mujer de bandera que resulta ser la hija de la mujer de enfrente. La observo mientras devoro pastelitos de hojaldre con miel. Ya de regreso al camino marcado y se supone que debo pasar por Infesta, localidad reseñada por la mujer y el médico. No hace excesivo calor pero, a la entrada del lugar, estoy a punto de desmayarme. He sentido que me caía hacia atrás por el peso de la mochila, que en realidad abulta apenas. Tras el susto riego de abundante agua mi cabeza. Muy extraño, pues no me encuentro especialmente cansado. Discurro por el laberinto de callejas que me salen al paso y, al abandonar la villa, me encuentro con una seria subida. Ya, desde muy lejos, divisé que la carretera que me debe acompañar en paralelo está ascendiendo hacia un puerto, así que se me hacía raro no hacer yo lo mismo. De golpe y porrazo estoy en ello. Con más tranquilidad que de costumbre, pues no quiero que me dé un segundo mareo, subo bajo el tórrido sol. Al llegar arriba me desvío del Camino para coronar el monte y divisar el enorme valle que acabo de dejar atrás. Si me giro 180º percibo que el puerto aún no lo he conquistado: Me resta una segunda subida. Cruzo una aldea, supongo que As Estibadas, en la que encuentro una hermosa fuente y, tras zigzaguear un poco, hallo una breve y umbría corredoira. A pesar de ser estrecha me tumbo en ella. Si pasase alguien debería apartarme. Como medio bocadillo de jamón con tomate y vuelvo a comer pasteles para evitar mareos. Los árboles que dan sombra a la senda son robles... De nuevo en alza y, sin prisas ni pausas, corono, definitivamente, el puerto. Estoy en una localidad de cuyo nombre no estoy seguro. He alcanzado y cruzado la carretera. Pierdo las señales y un abuelo hiperactivo me indica gentilmente cómo continuar. Debo llegar a Viladerrei y Trasmiras. La bajada es constante hasta Viladerrei, donde me quedo enamorado de un bello pazo abandonado. En un restaurante pido el helado más grande de los expuestos. Me lo zampo fuera del bar. Ahora transito por el arcén de la carretera hacia Trasmiras, que está a escasos 2 km. El agua me está escasaeando. Pregunto a un hombre de mi edad, que está a las puertas de su pazo en Trasmiras, por la existencia de una fuente. Conoce una pero puede ser que esté seca, así que me ofrece de su frigorífico. No puedo rechazar. Me quedo un rato charlando con él. Resulta ser un concejal del ayuntamiento. Me cuenta que, antes, el cura acogía en el lugar y que edificarán pronto un albergue de peregrinos municipal. Es bien majo y me aconseja que siga ahora por carretera, obviando el Camino. Le hago caso pero, transcurridos unos cientos de metros, tomo una pista asfaltada paralela a la izquierda que supongo es la vía correcta. En ésta sigo de frente en varios cruces en los que, muy de vez en cuando, hay una flecha amarilla. La recta es larguísima y, descubierta una parada de autobús, reposo bajo su techado. Estoy tan ensimismado en la recta que no percibo que la nacional que me acompañaba a mi derecha a lo lejos ha desaparecido. Yo aparezco en una aldea llamada Abavides, nombre que no me aparece en el mapita. Las flechas me obligan a girar a la izquierda e ir hacia Zos, pueblo por el que sí sé que debo transitar. Ya en Zos desaparecen de nuevo las flechas. El lugar está desierto, pues son horas de siesta. Es aplastante, a la vez que embriagador, el silencio de cualquier núcleo de población durante las horas de siesta respetadas, muy parecida la sensación a la que se produce en un pueblo abandonado, pero más enigmática, pues sabemos que la vida se encuentra ahora entre paréntesis. Enajenado, en perfecta armonía con todos los sueños del pueblo, cuando una mujer y su hijo adolescente salen de una casa. Me cuesta reaccionar; y debo hacerlo para escapar de la telaraña urdida por el calor de la tarde. Me explica la mujer, muy amablemente, que si regreso a un cruce que dejé 50 m. antes y giro hacia la izquierda la pista asfaltada que me encuentre me llevará hacia Boado, mi siguiente punto de referencia. Sí, hay otro camino al otro lado del pueblo pero da más vueltas. Me encuentro cansado y debo reposar bajo el único árbol que riega de sombra la larga recta. Repuestas las fuerzas, y de nuevo en camino, me encuentro con un mojón indicativo del Camino que procede de mi izquierda. Esto quiere decir que de ahí procede la pista que me refirió la mujer. Desemboco en la nacional y las flechas me invitan a continuar hacia Boado, pueblo que tengo enfrente. Si acompaño a la carretera estaré en breve en Xinzo, que queda a la izquierda, así que no le hago caso a las señales. Efectivamente, y al poco, un camino a mi derecha con las flechas desemboca de nuevo en la carretera. Se puede obviar perfectamente el desvío hacia Boado si no se tiene ninguna necesidad. Grata sorpresa el encontrarme un río a mi izquierda y un paseo paralelo a él. El paseo discurre por las dos riberas. En una tengo abundante sombra pero el piso es de asfalto. En la otra, tras incursión, sol y tierra. A pesar de llevar muchos kilómetros sobre asfalto, elijo el lado umbrío. Han convertido este tramo en zona de paseo para habitantes de “Xinzo”. Pueden circular también vehículos, pero a una velocidad muy moderada. Compruebo que algunos coches no respetan ese límite de velocidad. Un nuevo receso sobre un banco de madera y ya estoy en Xinzo de Limia, pueblo bastante habitado. Nada más entrar en él las señales se difuminan y tengo que preguntar por la salida hacia Sandiás, mi próximo y último destino del día. Cerca de tal salida, y como tengo hambre, busco una panadería para comprar una pieza de pan que emparede algo de jamón o chorizo que aún me resta. La hallo, pero se les acabó el pan. Me sugieren que vaya al otro extremo del parque que tengo enfrente. En esta nueva panadería queda justo una pieza: - Me estaba esperando-, es lo primero que le digo al tendero señalando al pan. Me sonríe y me sirve una lata de cerveza, que ya es hora de tomar una. Tras reirme con él, charlando de asuntos varios, me despido pues el parque me aguarda para darle un repaso al bocadillo en ciernes y a la cerveza, que se está calentando. Divido el pan en dos con la navaja albaceteña que me regaló mi hermano Miguel Ángel en Alatoz, Albacete, el agosto pasado. Cargo una mitad de chorizo y la otra de jamón, todo ello para que no se peleen. Mientras meriendo me entran unas ganas enormes de ir a darle un besazo a una abuelita que está sentada en el banco de enfrente, típica abuelita gallega que ha trabajado como un mulo durante toda su vida y que, a pesar de ello, tiene una mirada que agradece la oportunidad de estar presente en este mundo y que denota sólo bonanza y ternura. Como soy estúpido, me marcho si darle el merecido beso a la abuela. Desconozco si el Camino discurre por esta carretera que une Sandiás y “Xinzo”, pero como sólo me quedan 6’5 km de los casi 40 que me tocaban hoy y, como estoy absolutamente desencantado con la señalización en este tramo gallego,decido ir a las bravas y acabar por fin la jornada. La carretera tiene mucho tráfico, mas el arcén es ancho y no circulo del todo incómodo. El descanso, el yantar y la sonrisa de la abuela me han dado alas, así que camino con cierta velocidad. Sólo me detendré durante breves instantes para beber agua y para mantener una exigua conversación con un lugareño afeminado, que me invita a dormir en su casa, pues vive solo. Tras esto recuerdo a la voluntaria portuguesa y suspiro largamente. En Sandiás el albergue está cerrado y debo llamar al teléfono indicado en un cartel. La encargada aparece a los 5 minutos. Me relata que todos los peregrinos que arriban a Sandiás se quejan de la precaria señalización en este ramal del Camino y me insta a hacerlo a las autoridades competentes. Lo haré, ya lo tenía pensado. Eso sí, debe cobrarme los malditos 3 euros mientras contemplo enojado parte del destino de mi pago: Decenas y decenas de guías y folletos, que nadie lee, amontonados que informan, pobre y torpemente, de algunos aspectos a observar por los peregrinos. Pagar a una persona para que señalice el tramo periódicamente supondría un gasto estratosféricamente inferior a la tirada de guías y folletos inservibles ¡Hay que joderse! Tengo que apresurarme para hallar la única tienda de alimentación abierta, así que dejo la ducha para luego. Está cerrada. No hay nadie dentro ni en el piso de arriba, pues la mujer me advirtió que, si estuviese cerrada, llamara arriba, ya que allí habitan los tenderos. Enfrente hay un bar. A él me dirijo para tomarme una cerveza. La encargada me contó que existe otro bar al lado del ayuntamiento, así que allí encamino mis pasos. Tomo a la derecha en un cruce y me equivoco dirigiéndome a otro pueblo. Dos adolescentes pasean en bici y, al poco, un anormal pasa a cien por hora por la carretera haciendo rally. No es la primera vez que veo a este tipo de personajes en Galicia. Si llega a pasar un poco antes habría, seguramente, atropellado a los chavales. Percibido el error, pues estoy llegando a otro pueblo, doy media vuelta. Un abuelo camina en mi misma dirección y me acompaña al bar cercano al ayuntamiento. Es de aquí, tiene un pazo, pero tiene su residencia habitual en Canadá con su mujer e hijos. Ha trabajado en diferentes países y habla varias lenguas. Él y su mujer son extremadamente encantadores. Iban al bar a tomar un café, así que no es ninguna molestia mi compañía. En el bar, tras permitirme a regañadientes invitarles al café, el abuelo saluda a un hombre de mediana edad. Resulta ser el tendero y le ha rogado que me despache, pues carezco de víveres y en los bares no sirven comidas. Éste me conmina a subir en su coche y me lleva a la tienda, abriéndola exclusivamente para atenderme. La cerveza que pedí está a medio beber en el congelador, previa solicitud del abuelo a la camarera. Noto que el tendero ha inflado un poco el precio, pero da igual porque se ha comportado excelentemente. La guapa camarera me deja un plato y un cuchillo para prepararme el bocadillo. Charlo, mientras, con el abuelo y su mujer. Poco a poco, como en fotogramas, los parroquianos abandonan el bar, incluidos los abuelos. Sólo quedan dos borrachos y yo. Me pido otra cerveza. Un borracho se va, luego el otro. La camarera me mira de soslayo indicándome que va a cerrar. Una larga y reconfortante ducha alivia la extensa y algo accidentada jornada. Éste es el ramal del Camino que me quedaba para completar todos los gallegos (ya en Sevilla sabré de un tramo desconocido: La Ruta de Invierno). Nunca antes había tenido problemas con la señalización. Tiene que haber de todo un poco ¡A dormir!
Jornada 29ª y última: Sandiás – Cumial (unos 28 km) Esperpento gallego (3) y fin de peregrinaciónHoy es el último día de mi séptimo agosto dedicado al Camino de Santiago. Estoy contento: Casi voy a completar el programa inicial planteado, faltándome sólo por realizar el trayecto entre Chinchilla y Albacete y la etapa A Gudiña – Verín. Ésta es la causa por la que he llegado a Ourense con algo de antelación. Puedo continuar hasta Santiago, pues sólo restan 110 km, kilómetros perfectamente abordables durante los 3 días que me quedan de vacacciones, pero conozco el trayecto que debería afrontar, no se me apetece repetirlo y, además y rotundamente, mi meta era y es Ourense, llevo soñando con la ciudad durante días y días y ahí debo acabar. Con la sonrisa en la cara comienzo la jornada por la carretera, pues las flechas amarillas me incitan a seguirla. Un lugareño de Sandiás va detrás de mí acompañado por su perro. Voy relajado y risueño. Juego al “pilla-pilla” con el paseante, pues deambulo pausadamente y, cuando noto que se está acercando a mi altura, pego un pequeño tirón y vuelvo a dejarlo atrás, todo ello sin volver nunca la vista y escuchando sus jadeos. Así caminamos él, su perro y yo hasta Piñeira de Arcos, donde la señalización me manda hacia Coedo, que queda a la izquierda. Como se me apetece fumar, me paro para liarme un cigarro y, por fin, me pasan mis dos seguidores que, ya en Coedo, entran en una granja. Justo tras su granja tomo una pista montaraz y abandono, por fin, el asfalto. Una delicia el paseo por monte típico gallego que tantos recuerdos me trae. Arribo a un lugar que supongo es Torneiros. Me encuentro con la agradable sorpresa de que, aunque me impide ahora el paso (me lo cederá en breve), un obrero montado sobre una podadora, la cual nunca había visto antes, está limpiando el Camino de matorral advenedizo. Junto a una fuente dejo caer mis posaderas. Una labriega me advierte que tenga mucho cuidado con el siguiente tramo, pues allí muchos se han perdido. Agradecido y refrescado parto ojo avizor. Un indicador advierte que el Camino ha sido desviado. Yo sigo las flechas. Cuatro senderistas se cruzan en mi caminar, uno de ellos (ella) con unos pechos inmensos con pezones turgentes por el leve fresco. Sin ningún problema, y con la imagen anterior rondando mi lasciva sesera, desemboco en una aldea llamada San Salvador, referencia no citada en el mapita. Asciendo por un bosque hermosísimo. Las flechas alternan con unas marcas exageradas de, lo que se supone, es un sendero local. Razono que alguien de Allariz habrá visto en algún camino las marcas de PR y GR y las ha copiado, pero agrandándolas y mezclándolas, ya que hay veces que están pintadas las tres franjas horizontales (roja, amarilla y blanca) a la vez, en lugar de hacerlo con un par de ellas. El tramo sigue siendo muy atractivo y, en un alto, diviso Allariz abajo y en lontananza. Pero ahora tengo un gran problema: Las marcas extrañas susodichas envían en tres direcciones, esto es, hacia la que yo llevaba y hacia la izquierda y derecha en la bifurcación donde me hallo. Además, unas flechas amarillas grandotas, sin ninguna similitud a las que me estaban acompañando, me invitan a retroceder. Hay también nuevas marcas blanquiverdes que conducen hacia abajo (derecha). Tras almorzar un poco, y estudiando la caótica situación, decido ir hacia abajo, pues Allariz se divisa en esa dirección. Ahora desciendo por un sendero arropado por un riachuelo y por las marcas blanquiverdes. En alguna bifurcación hay doble marcación, pero nunca una flecha amarilla. Yo sigo siempre por la opción que acompaña al riachuelo. De repente el sendero se encajona entre dos muros y está bastante anegado. Tres opciones: 1.- Trepar el muro de la izquierda, pasar sobre un sembrado, que está vigilado por un pazo, y recuperar el sendero más adelante, ya seco. 2.- Trepar el muro de la derecha, salvando el riachuelo, y pasar a través de unos helechos para recuperar el sendero. 3.- Descalzarme y caminar con los pies desnudos entre las aguas. Yerro en la decisión, optando por la segunda opción, primero porque tengo que hacer malabarismos para cruzar el riachuelo y, después, porque bajo la tupidísima masa de helechos algo invisible me está arañando las piernas y de qué manera. Me cuesta un mundo avanzar entre la maraña de helechos y, al cruzarla, tengo la piel de las piernas irritadísima y repleta de arañazos. Sólo se me ocurre impregnarla de saliva. Al recuperar el sendero me doy cuenta de que el pazo de la izquierda está abandonado y, que el tramo anegado, no era tan luengo como creía. Podría haberme descalzado, secarme luego y continuar sin problemas. Cualquiera de esas dos opciones hubiera sido mucho mejor que la que he tomado. Enojadísimo por la precaria señalización y por sus evidentes consecuencias, me topo con una flecha amarilla, de las de siempre, que me invita a dejar el ancho ahora sendero y tomar uno estrecho a mi izquierda. Lo sigo y no hay salida. Regreso, más irritado aún, atajando y arañándome de nuevo. Retomada la ancha senda y, como una aparición divina, un mojón del Camino con el km 131.360 (restantes a Santiago). Con un cabreo monumental, y ardiéndome las piernas, desciendo hacia Allariz entre pazos por una pista ancha. Pienso que sería procedente pedir a alguien algún potingue para aliviar el ardor de mis piernas, pero estoy tan enojado que ni siquiera me apetece hablar con nadie. El sendero local y las resucitadas flechas amarillas me conducen a Allariz. La encargada del albergue de Sandiás me advirtió que Allariz se merece un buen paseo por su casco antiguo. De momento las flechas me dirigen hacia él. Frente a una iglesia no lo tengo claro en una bifurcación. Decido descansar junto a una fuente. Lavo con abnegación mis arañanadas piernas y, mientras me fumo un cigarro tranquilizador, llamo a mi hermano Antonio, “el comodín de la llamada”, al que telefoneé durante la mañana para que me mirara en internet los horarios de los autobuses entre Ourense y Sevilla. Tenía pensado llegar a Ourense, darme por segunda vez un paseo por sus calles y dormir en su albergue. Ya al día siguiente regresaría a Sevilla. Los horarios matutinos no me convencen, pero los vespertinos sí: Hay una línea sobre las 18:30 y otra sobre las 19:05. La primera hace el recorrido con menos paradas y las dos tienen el mismo precio. Como estoy bastante desquiciado con el ardor de mis piernas, decido largarme cuanto antes a Sevilla y no dormir en Ourense si queda, eso sí, alguna plaza en cualquiera de los dos buses. No puedo demorarme mucho pues tengo el tiempo bastante ajustado. Una amable ama de casa sudamericana me acompaña a un supermercado. En éste me despacha una chica en la sección de charcutería. Le pregunto primero por pan y, en vez de indicarme dónde cogerlo, me lo trae ella. Ahora algo de mortadela y de queso. Me pregunta si quiere que me prepare ella el bocadillo. Es costumbre que cueste más un bocadillo preparado que comprar el pan y el fiambre aparte. Es fácil coger la navaja albaceteña, rajar el pan e introducir la chicha. Cuando se lo explico se enoja. Le pido disculpas, comentándole que estoy nervioso y airado porque llevo las piernas arañadas por culpa de la precaria señalización del Camino. Se compadece y me hace entrar al almacén, donde hay un botiquín. Sólo hay alcohol de 96º. Al menos lavo las heridas. Insiste que me lleve el alcohol para lavarme de nuevo más tarde. Le agradezco el detalle, pero rechazo. Me prepara los dos bocadillos y me entrega una lata de cerveza. Al ir a pagar noto que ha marcado muy poco en el precio de los bocadillos, menos de 1 euro. La cajera mira escamada el precio, pero lo cobra. Otro acto de generosidad en mi caminar. Son escasos, mas cuando llegan los saboreas con más ímpetu. Y saboreando estoy cerca de la tienda el bocadillo de queso con la fresca cerveza. Sólo puedo comer la mitad. Inexplicablemente me quedé sin hambre. Le pregunto a un hombre la dirección a Ourense. Hacia allá voy cuando me topo con la Oficina de Turismo. Como transito sin estar acompañado de las flechas pienso preguntar en la oficina, pero está atiborrada de turistas. Debería esperar, mas los nervios no me lo permiten. Tras cruzar el río Arnoia, unas señales de carretera me indican la dirección hacia Ourense. Tomo esa carretera. Reaparece la N-525 y, a la derecha de ésta, un lugar llamado O Mata, que no tiene nada que ver con los lugares por donde debería pasar. En la aldea no hay un alma viviente por sus calles. Al final de ésta dos obreros se acercan en un tractor. Desconocen los pueblos que les estoy nombrando, pueblos por los que discurre el Camino pero, después de pensar concienzudamente, me cuentan que si sigo algo más la nacional hallaré la carretera antigua hacia Ourense, con escasísimo tráfico. El tiempo corre en mi contra si deseo pillar los autobuses de la tarde, así que llegaré a las bravas a mi destino. Observo el mapita: Las dos vertientes desde A Gudiña coinciden en un pueblo llamado Pereiras, así que si el tiempo se me echase encima, con tal de llegar hasta allí habría completado este ramal, pues se supone que anteriormente caminé desde Pereiras hasta Ourense. Transito por la antigua carretera y, efectivamente, el tráfico es casi nulo. Un microbús está estacionado en la orilla. Voy a corroborar mis impresiones con el conductor. Éste resulta ser una enciclopedia del entorno: Esta carretera me llevará hasta Cumial, a escasos 5 km de la capital, donde si quiero puedo coger un autobús urbano hasta ella. Llegando allí desembocaré más allá de Pereiras y de un polígono industrial que recuerdo de la otra caminata. Me informa de la periocidad estimada del tránsito del autobús de línea que debería coger. Éste me acercaría a la estación de autobuses. Me avisa que dicha estación está en la otra punta de la ciudad (más km a recorrer) y me detalla, pueblo por pueblo, los lugares que me saldrán al paso por esta carretera. Con todo ello me sugiere que coja el autobús en Cumial, pues si continuase andando hasta la estación seguramente perdería los autobuses a Sevilla. De momento no decido nada. Me lo iré pensando mientras camino. Casi me arrodillo ante tanta gentileza informativa. A lo lejos ya se vislumbra Ourense. La carretera desciende suavemente y acelero el paso para ganar tiempo. A unos 3 ó 4 km reposo un poco para finiquitar lo que resta de bocadillo. Paso por Taboadela y por Amendo y me reencuentro con la N-525, que deshecho. Descanso justo el tiempo de fumar un cigarro. Ahora Veredo, Calvos a la derecha (me hace reir), Ponte Noalla, dos rotondas, el Restaurante El Cid (donde, aconsejado por el conductor, corroboro la frecuencia de paso del autobús urbano) y... Cumial, donde en ascenso encuentro la típica parada de autobús gallega. Perfectas las indicaciones del amabilísimo conductor. Justo en este punto, y nunca antes, encuentro una flecha amarilla que procede del polígono industrial conocido y anteriormente transitado. Reflexiono sobre la posibilidad de acabar triunfalmente mi Camino (llegar andando hasta la misma estación) o coger el autobús: Estoy cansado, pues he venido con el ritmo acelerado... Son algo más allá de las 16:30... Me restan un par de horas para la salida del primer autobús hasta Sevilla... Faltan unos 5 km hasta las primeras casas ourensanas y, posiblemente, otros tantos hasta la estación... Si perdiese los dos autobuses podría quedarme tranquilamente en el albergue... Este final de 29 días de peregrinaje es tristísimo, pues la parada de autobús está solitaria, repleta de feas pintadas y sucísima... Me queda el dinero del autobús y escasos euros más...¡Uhmmmm!... ¡Decidido!: Esta triste, fea y sucia parada de autobús es el final de mi trayecto. A veces es así el destino. Hay que asumirlo sin más. A pesar de sobrarme tiempo ahora sigo nervioso, pues mi autobús no arriba. Pasan un par de autobuses que, aunque está claro no son urbanos, confundo y hago señales para que paren. Por supuesto obvian mis indicaciones ¡Maldito nerviosismo! Su llegada significa que acabé el Camino, un Camino donde obtuve mucho sosiego. Por fin mi autobús. Aunque no es un acto cívico abandono el sombrero, muy ajado ya, en la parada como acto de despedida. Sí, esta línea me puede dejar cerca de la estación. El precio es mucho más barato que en todas las ciudades que visité. Confirmo, durante el trayecto, que hice bien en no continuar caminando, pues me restaba aún una buena tirada hasta mi destino. El autobús me deja a 5 minutos de la estación. Paso primero al lado de la estación de trenes y reaparecen las flechas amarillas, flechas que guían hasta Santiago de Compostela, el destino natural de miles y miles de peregrinos, no el mío durante este mes. Despido a las flechas con una amplia sonrisa y a la izquierda ya está la estación de autobuses. No hay billetes para el primer coche pero sí para el segundo (al que sólo le quedan dos plazas libres). Aún me queda el bocadillo de mortadela. Voy a dar parte de él. En la estación una lata de cerveza es carísima, así que busco una tienda por sus alrededores. Mientras compro la cerveza en un supermercado, le cuento someramente mi periplo a la tendera, que me escucha atenta e interesada. Sentado en una acera meriendo. Había pensado, cuando entré en el supermercado, comprar comida para la cena, pues es sabido que los restaurantes donde suelen parar los autobuses no son baratos. La tendera se alegra de volverme a ver y charlamos amigablemente mientras me aprovisiona para el viaje de 12 horas que tengo hasta Sevilla. Como me queda tiempo, decido buscar una fuente y asearme un poco para no oler mal en el trayecto. Vislumbro una. Lavo mis axilas, mis pies y mis dientes, todo ante una chica incrédula ante el espectáculo que parece nunca haber visto, esto es, simple y llanamente un pequeño aseo personal. Tiro a una papelera las dos camisetas de manga corta (la que llevaba desde Sevilla y la que me regalaron en Albacete), pues están muy desteñidas y una de ellas algo rota. Me desprendo también del trozo de tela correspondiente a la camiseta que me regaló mi padrino, y que he usado para proteger mi zona lumbar de las heridas producidas por la faja ortopédica. En la estación veo llegar el autobús de las 18:30, que ha llegado con 25 minutos de retraso. Dos de los pastelitos que he comprado en el supermercado están caducos, otros dos no y me los zampo, pues aún tengo algo de hambruna. Estoy sentado sobre un cúmulo de adoquines esperando el autobús. Una chica se sienta también en él muy cerca de mí. Huele a rosas. Yo no. El autobús arriba con escasa impuntualidad. La chica que huele a rosas reparte a los viajeros una encuesta de opiniones sobre el servicio de esa empresa en particular. La mujer que está ubicada a mi lado en el bus me pregunta, dándolo por sentado, si soy peregrino. Ella también. Es gracioso que, tras 29 días sin conversar con ningún peregrino a pie, lo voy a hacer en el viaje de vuelta en autobús. Se lo hago saber y se sorprende. Es la primera vez que ha hecho el Camino y desconoce que existen más caminos que el francés y la Vía de la Plata, y esto último pues ella es zamorana y hacia allá va ahora. Esta línea cubre el trayecto entre A Coruña y Algeciras pasando, en principio, por Santiago de Compostela, Vigo y Pontevedra antes de llegar a Ourense. Desde aquí para en multitud de lugares, de ahí que me quede medio día para llegar a la tierra que me vio nacer y dar mis primeros pasos. Se nota que hay más peregrinos que vuelven a casa desde Santiago (desde Ourense soy el único). Uno de ellos, onubense y muy dicharachero, nos acompaña a mí y a la zamorana tomando una cerveza en una parada del autobús. A la zamorana le ha parecido un puro negocio el Camino Francés, y eso que, hasta que lo ha hecho en parte, conocía apenas lo que significa el Camino a Santiago. De todas formas se nota que le ha sentado bien el Camino, porque se queda absorta de vez en cuando y está muy, pero que muy tranquila. Me alegro por ella y le recomiendo un par de ramales que sé le gustarán. Se queda en Zamora y ahora ocupo los dos asientos. Desde aquí a Sevilla consigo dormir 2 ó 3 horas, un éxito para mí porque casi nunca logro conciliar el sueño en mis viajes, ya sea en avión, tren, coche o autobús. Y ya he llegado a Sevilla, la que se supone es mi ciudad. Ella no sabe que mi ciudad no existe, mi ciudad está en todas partes. Cojo el autobús urbano que me deja a 10 minutos de casa, ando los últimos metros de mi ansiado y extinguido, ahora, periplo, arribando a casa a las 8:00. Me han sobrado 6 euros. Me acuesto soñando con mi próximo Camino.
ACOGIDA:A continuación os detallo los albergues y demás tipos de acogida que observé con mis propios ojos. En Almansa descansé el año pasado cuando realicé la Ruta de la Lana. Para más sitios de acogida visitad las páginas de la asociación valenciana, la alicantina o preguntad directamente a Manolo Aliaga, alma mater del Camino del Sureste: http://www.vieiragrino.com/camino/camino.html http://www.encaminodesdealicante.org/
Tramo Valencia – Albacete (Camino de Levante): Algemesí.- Albergue municipal con literas, camas, baño y cocina, sito en el carrer Nou del Convent. Avisad con antelación al Museu de la Festa, ubicado en la misma calle, donde os entregarán las llaves: 962018630. Canals.- Albergue municipal con 4 camas, cocina y baño, sito en el mercado municipal (mercat). Las llaves las entrega la Policía Municipal: 962244422. Moixent.- Albergue de la Cruz Roja. Literas y baño. Está situado al lado del cuartel de la Guardia Civil a las afueras de la localidad. Las llaves las entrega la Policía Local: 616948485. Donativo. La Font de la Figuera.- Albergue municipal junto a las pistas polideportivas. Una litera, dos colchones y baño. Contactad con la Policía Local (se recomienda avisar con antelación) para que os entregue las llaves: 630906291. Almansa.- Acogida por parte de las Esclavas de María, calle Aniceto Coloma 2. Dos habitaciones con dos camas cada una. Baño. Avisad con antelación: 967341557. Donativo. Higueruela.- Albergue municipal con dos camas y baño. Pedid las llaves en Bar La Posada: 967285013. Hoya Gonzalo.- Albergue en construcción al que le queda muy poco para ser inaugurado. Albacete.- No hay albergue. Contactad con Álvaro, de AJAB: 687001327, pues tiene un acuerdo con el Hostal Atienzar, en Calle del Carmen 49. Recordad que, desde Albacete hasta Medina del Campo, el Camino del Sureste discurre unido al Camino de Levante en la mayor parte de su trazado. Para cualquier duda consultad la página de la asociación valenciana susodicha y la de la asociación de la capital alicantina, en la cual tenéis una lista de lugares de acogida de todo el ramal.
Tramo Toledo – Benavente (Camino del Sureste): Rielves.- Acogida parroquial en la Iglesia de Santiago. Dos literas y baño sin ducha. Escalona.- Acogida municipal en verano en un gimnasio escolar junto al cuartel de la Guardia Civil. Colchonetas y baño. Contactad con la Policía Local: 925780092 o hablad directamente con la benemérita. Cadalso de los Vidrios.- Acogida municipal en polideportivo o piscina municipales. Avisad al ayuntamiento: 918640002. San Bartolomé de Pinares.- Albergue municipal en el mismo edificio que el centro de salud. Literas y servicios. Ducha en el vestuario del campo de fútbol. En Bar El Pistón os informan de todo y os sellan la credencial. Ávila.- Albergue municipal de peregrinos en un antiguo palomar en la ribera del río Adaja. Literas, baño, salón y cocina. Para cualquier duda en la capital o en la provincia abulense llamad a Raquel: 618953077. Gotarrendura.- Albergue municipal de peregrinos. Literas, baños, salón y cocina. Donativo. Palacios de Goda.- Acogida en una casa anexa a la iglesia. Colchones en la buhardilla, baño y cocina. Rueda.- Acogida municipal en Casa de Cultura. Un sofá y servicios. Mota del Marqués.- Acogida municipal en Hogar del Jubilado. Colchones y baño. San Pedro de Latarce.- Acogida municipal en el ayuntamiento. Dos colchonetas. Ducha en la piscina municipal. Villalpando.- Acogida en refugio de transeúntes. Dos camas y baño. Benavente.- Albergue de peregrinos en rehabilitación. En el hostal La Trucha cobran 12 euros la pernocta ya que existe un acuerdo con el ayuntamiento.
Tramo Medina del Campo - Zamora (Camino de Levante): Siete Iglesias de Trabancos.- Albergue municipal. Literas y baño. 3 euros. Villalazán.- Albergue municipal. Dos camas y baño. Zamora.- Albergue municipal de peregrinos.
Tramo Zamora – Verín (Camino Portugués de la Vía de la Plata): Valdeperdices.- La Posada del Peregrino, edificio contiguo al bar de jubilados. Dos colchones y manguera para ducharse. Fonfría.- Albergue municipal de peregrinos. Literas y baños. Cocina en construcción. Trabazos.- Albergue muncipal de peregrinos. Camas hinchables y baño. Bragança.- Acogida por parte de Bombeiros Voluntarios. Camas y baño. Vinhais.- Acogida por parte de Bombeiros Voluntarios. Camas/colchonetas y baño. Lavadora/pila. Edral.- Acogida caritativa en Centro de Día. Suelo (os ofrecen esteras), manta y baño. Os ofrecerán la misma comida que a los abuelos que cuidan. Verín.- Albergue de peregrinos de la Xunta de Galicia. 3 euros. Literas y baño.
Tramo Verín – Ourense (variante del Camino Sanabrés): Albergues de la Xunta de Galicia en Monterrei, Sandiás y Ourense. Mismas condiciones que en Verín.
Albacete – Toledo En más de un lugar de La Mancha
A Antonio Gómez (D.E.P.) y, por extensión,
Ida Morfeo no me acepta en sus brazos
Comienzan las vacacciones semanasanteras. Mucha gente parte. Mi autobus se dirige a Barcelona tras parar en multitud de poblaciones, una de ellas mi destino, Albacete. La empresa pone un autobus de refuerzo y me ubica en él, ya que éste no hará paradas antes de Albacete. Debemos llegar entre las 06:15 y las 06:30 y acabaremos llegando a las 04:25. En el bus nos ponen dos películas a todo volumen. La última acaba a las 2 más o menos. Un par de asientos atrás dos chavalas no paran de hablar sin miramientos hasta las 3, luchando previamente con el volumen de las pelis. El rudo frío albaceteño me recibe a esas horas intempestivas con los ojos como platos. La estación cerrada. He quedado con mis amigos de la Asociación del Camino de Alicante a las 9, así que aún me quedan 4 horas y media de espera gélida. Las estaciones de buses y trenes están contiguas en Albacete. Me dirijo a la de Renfe a ver si está abierta para cobijarme del frío. Abrirá a las 6 (igual que la de buses). De regreso a la estación de buses me percato de la existencia de una sala especial nocturna para viajeros. Me dirijo al encargado y le pido que me abra la sala, pues no es mi culpa haber llegado con dos horas de antelación a la ciudad manchega. El cielo se me abre y accedo a la sala con esperanza de dormir algo. Me siento, me relajo, cierro los ojos y... entran donde yo estoy una quincena de personas que han venido en mi autobús, que su destino es más allá y que deben esperar al otro autobús que no discurre directo. Un eslavo se sienta a mi lado y no para de moverse ni de hablar con su novia. Intento dormir algo, pero no lo consigo. Un poco antes de las 6 el encargado regresa advirtiendo de la llegada del otro bus. Se van todos, me quedo solo, me relajo, cierro los ojos y... al poco aparece el encargado espetando que cierra la sala, que la estación queda abierta. Le ruego me deje quedar aquí y no lo consigo. Me dirijo a la sala central de la estación. Hace frío ya que las puertas quedan abiertas y existe algo de corriente. Me dirijo a la estación de Renfe, que sigue cerrada, sobre las 6:15. Regreso a la estación de buses y hago de tripas corazón durante un buen rato, por supuesto sin dormir porque tres yonkis revolotean por allí y no me fio de quedarme dormido. A las 7 abren la cafetería. Allí desayuno algo y hago tiempo hasta las ocho. Antes voy al váter a soltar ansiedad. En la puerta del váter me recreo con la prosa de las pintadas. Me siento en una parada de bus urbano y espero una hora a que lleguen con media hora de retraso. El mismo chófer y el mismo autobus de la línea E pasan sorprendidos 3 veces antes de que aparezcan. En total he esperado 5 horas muerto de frío y cansancio. Mis amigos sólo se han retrasado media hora, no puedo achacarles nada. Lo fuerte fueron las dos horas de antelación del bus desde Sevilla. Estuve por poner una reclamación, pero me contuve.
Sábado 15: Albacete - La Gineta (unos 17 km) Eolo no baila soloMi intención es partir desde Pétrola, un pueblito a unos 35 km entre Alicante y Albacete donde acabé mi anterior incursión en este camino. El único bus sale de Albacete a las 13:30. Tengo pensado preguntar al conductor que acaba de traer a mis amigos si en su vuelta a Alicante puede dejarme allí o cerca de allí, pues esperar otras tantas horas más pues... que no. Al primero que veo bajar del bus es a mi Antoñito. No me gusta relacionarme con gente que posee cargos (es el secretario de la asociación), pero hice de él una excepción para sacarle información...¡Je,je!... Bueno, que le cogí cariño, no pude ni puedo evitarlo. Antoñito me dice que qué voy a hacer, que si me voy con ellos. Pues que no lo pienso dos veces. Visto el cansancio decido hacer menos kilómetros y que otros piensen por mí, que este día no estoy ni para eso, ni para pensar. Tras saludar al personal (no diré nombres por si se me olvida alguno) y desayunar partimos 16 + 1 (16 de la asociación alicantina y 1 acoplado sureño) rumbo a La Gineta. El camino lo desviaron un poquitín por culpa de las obras del AVE (siempre las malditas obras jodiendo al caminante) y, sobretodo, al final, tenemos un viento en contra desagradable. Mantengo funambulístamente alguna conversación con gente que aprecio. No puedo razonar pero hago un esfuerzo, ya que ellos lo merecen. Llanura manchega y unas rectas larguísimas. Para aliviar los pies me meto en un terreno vallado. Al cabo de un par de kilómetros me quedo pillado porque me encuentro de improviso con una línea divisoria y un cartel que pone “META”. Aún no hemos llegado al pueblo. Al poco leo otro cartel: “Canódromo”. Total, que me he metido en el canódromo sin darme cuenta. Llegamos y las birritas hacen acto de presencia. El espíritu, la garganta y el pensamiento regresan, poco a poco, a mí. Tras dejar los bártulos en el vestuario del polideportivo (donde dormiremos) nos vamos 6 a comer a un bufet de carretera. Yantamos pantagruélicamente, sobre todo postres (yo devoro creo que 6). Después café y un par de chupitos de orujo. Nos vamos un grupito a dar una vuelta por el pueblo y tempranito al saco, que la jornada, aunque no dura en el caminar, ha sido muuyyyyyyy larga.
Domingo 16: La Gineta - La Roda - Minaya (unos 36 km) La despedidaAntes de las 7 ya están danzando mis compañeros. He podido comprobar la efectividad de mi colchoneta autoinflable recién adquirida. Me voy a desayunar con el hermano José María mientras los demás lo hacen en el bufet. Mis piernas piden guerra. Siempre voy de los últimos cuando voy en grupo pero, hasta La Roda (unos 16 km), lo hago en cabeza porque las piernas, incomprensiblemente, caminan solas. Gratísimo almuerzo en una hacienda más bien desolada. En La Roda espera a Antoñito el presi de la asociación del lugar, Antonio también. Las piernas me invitan a seguir. Quiero permanecer más tiempo con mis hermanos, pero el camino me susurra y reclama. Me tomo una birrita con los hermanos de la Roda mientras el comando alicantino deja los bártulos en el polideportivo. Despedida rápida ante ellos (no me gustan las despedidas y casi siempre huyo), llenar la cantimplora ante desagradable camarera y camino hacia Minaya. Mi primer encuentro ante la Ruta del Quijote, que comparte tramos con este camino a Santiago. Al poco encuentro un descansadero y decido comer allí. Me suelo cepillar los dientes en el Camino, voy incómodo y, si no me los lavo, me da más sed, así que si lo hago tengo que llevar menos agua. Esto revierte en menos peso. Se me queda incrustrada la parte final del cepillo interdental entre las dos últimas muelas de arriba. Me duele bastante y sin un espejo es difícil la tarea. Al momento aparece la solución: Llega una pareja quinceañera en ciclomotor a fumarse un porrito y a hacer carantoñas. Rápidamente me acerco al espejo de la moto (explicándome antes, claro) y erradico el dolor. Una casualidad que me viene de perlas. Me despido hasta tres veces de los chavales, pues he olvidado bártulos donde he almorzado. A unos 7 km la Ruta del Quijote se dirige a otro lado y sigo el de Santiago. Primeras fotos que realizo del Camino. Antoñito me ha prevenido que en Minaya el ayuntamiento no me va a dar acogida. Cuando llego, justo se acaba el partido de fútbol del Minaya F.C. Diviso un chiringuito animado pegado al campo y me dirigo haci allí. Resulta que entre la concurrencia está la concejala de bienestar social, a la que solicito hospedaje en las instalaciones. Hace un par de llamadas y consigue instalarme en la caseta del árbitro, donde hay ducha y calefactor (todo un éxito). Aparte, el presi del equipo, sin presentarse ni nada, me invita a un par de bocadillitos de chorizo, rechaza mi invitación a cerveza, me invita a una, rechazo por educación la casa de uno de los parroquianos y me dan una botella de litro y medio de agua. Esta noche voy a dormir como un rey. El árbitro ha agotado toda el agua caliente y me ducho con agua fría (¡qué más da!). Me encamino al pueblo a birrear y tapear un poco. Sobre las 22:30 estoy dentro del saco. Mi más sincero agradecimiento al pueblo de Minaya por su hospitalidad.
Lunes 17: Minaya - El Provencio (unos 27 km) El típico día torcidoMe voy a desayunar al hostal La Posada porque es el punto de arranque del Camino. Mi intención es optar por el Camino de Levante; me explico: Existe un camino que parte desde Valencia (Camino de Levante) y otro que sale de Alicante (Camino del Sureste). Entroncan en Albacete. Entre Albacete y Toledo comparten, a veces, trayectos, y otras veces no. Desde Minaya hasta El Toboso no lo hacen y me atrae más el de Levante, pues me han hablado muy bien del pueblo de San Clemente. Al preguntar en el hostal por el Camino me dicen que mi información es equivocada, que la distancia que voy a recorrer en el día es mucho mayor. Llamo a Antoñito, quien me corrobora el dato. Cambio de planes en el acto y decido hacer menos de 30 km (la otra opción comprende 44) porque ya son las 10. Pero existen dentro del Camino del Sureste dos opciones: Ir por un camino anexo a la carretera o ir por otro un poco más largo y tranquilo: Sin dudar por el tranquilo. A los pocos kilómetros pierdo las señales. Decido ir por libre albedrío sin perder de vista la carretera. Paseo contento y relajado, pero el sol empieza a apretar un poco y me quedo sin provisiones. Me dirijo ahora hacia una vía anexa a la carretera y , justo al tomarla, tengo que dar una vuelta inmensa por una nueva obra de autovía. En la lejanía diviso varios camiones parados (¿será una venta?) y me aproximo muerto de hambre. Venta al fín donde devoro un bocata de filetes de ternera. Al salir a la carretera descubro de nuevo La Ruta del Quijote, que tomo por orientación. Me calma el deambular entre pinos. Al rato un cruce de carreteras esperpéntico que acaba por desconcertarme. Tras encontrar por fin un ser vivo que ande a dos patas éste me habla de una vía pecuaria que conduce a El Provencio. Pero al encontar la vía pecuaria me quedo desconcertado porque me topo con la frontera de Albacete: Yo vengo de Albacete, Minaya está en Cuenca.. ¿Otra vez Albacete? ¡Ja,ja,ja! La orientación me dice que es el camino correcto, así que... ¡adelante! No hay peor cosa que “perderse” caminando. Si los nervios traicionan el cuerpo se agarrota y uno se cansa más. La etapa ha sido corta pero muy dura.. El polideportivo (donde acoge el ayuntamiento) está en la otra punta del pueblo. Me reciben muy cordialmente y me indican que no estoy solo, que hay otro peregrino. Me cuentan, asimismo, que nunca han coincidido peregrinos aquí, que es la primera vez. Pues bien, el otro peregrino es de Beasain y de la Real... ¡La hostia! En todos sitios te encuentras vida inteligente. Parloteo un poco con el hermano, me voy al supermercado a comprar un buen trozo de queso (pecado el estar por aquí y no probarlo) y me bebo un litro de birra en un santiamén. Charla muy amena sobre tauromaquia con el encargao del polideportivo y con el anaia giputxi (hermano guipuzcoano) de fútbol. Aunque es temprano me retiro a descansar, pues he decidido ir a la tremenda al día siguiente.
Martes 18: El Provencio - Las Mesas - El Toboso (46 km) Mi dulcinea una monja trinitariaEl hermano de Beasain decide ir sólo hasta Las Mesas. Se levanta conmigo, aunque él saldrá más tarde. Nos despedimos en la puerta del polideportivo: - AUPA REAL! - AUPA! Salgo con las primeras luces y con el frío estrujándome el pensamiento. Llevo un ritmo buenísimo y las piernas me vuelan. El trayecto es asaz tranquilo y camino gozoso. Llego a Las Mesas un poco más allá de las 11. Me meto, por despiste, en una ferretería preguntando por fruta. Me indican que un poco más allá encontraré una frutería y me deja colarme, por dos naranjas, una cola larguísima de abuelitas. Pregunto a otra abuela por una fuente y me lleva a su casa a darme agua. Me esperan tediosos 11 km de carretera hacia la Ermita de Manjavacas, dirección Mota del Cuervo. Ya antes he divisado aviones militares en el cielo. En la ermita entablo conversación con el jardinero, que me da agua fresca y me enseña el lugar. Relajo los pies a conciencia y me preparo a rematar los últimos 15 km que, nuevamente, coincidirán con la Ruta del Quijote. Ahora otra vez el Camino es solitario y apacible: una delicia. Poco a poco los gemelos protestan más y más, pero lo sosegado del paisaje calma todo dolor. Llego a El Toboso un poco más allá de las 6. Llamo a Antoñito porque no consigo hablar con el ayuntamiento. Me aconseja descansar en la hospedería de las trinitarias. El Toboso es un pueblo bien hermoso que vive, 400 años después, de las rentas de un ficción inventada por un recaudador de impuestos, toda una contradicción bien hermosa. El mundo de la imaginación al poder. Paseo un poco por las calles hasta encontrar el convento. Una entrañabilísima hermana monja me recibe y me da hospedaje. La habitación es comparable a la de una pensión de las mejorcitas. No me pide nada, sólo que descanse. Duermo mejor acompañado que nunca: Un cuadro sobre mi cama reza “Para llegar a ser feliz lo importante no es tener más, sino desear menos”. Después de rozar el cielo tras una dura jornada de 46 km me ducho y me voy a pasear y cenar al pueblo. Busco con los ojos a mi dulcinea particular sin saber que ya la había encontrado. Por la mañana me despido de ella y le doy un donativo para el mantenimiento de la hospedería.
Miércoles 19: El Toboso - La Puebla de Almoradiel - La Villa de Don Fadrique - Villacañas (33 km) Sabor a carretera y caridadY digo sabor a carretera porque durante más de la mitad del recorrido el Camino es adyacente a ella. Después de la quijotesca jornada anterior (muchos km para mis piernas) decido ahorrarme 3 km y no pasar por Quintanar de la Orden, ya que existe una pista que entronca El Toboso y La Puebla de Almoradiel. El primer tramo es muy agradable en su mayor parte. Pierdo las señales en un par de cruces y regreso medio km a preguntar a un agricultor. El estómago y la cabeza me protestan. Tengo algo de diarrea. Supongo que el cuerpo se manifesta tras la caminata del día anterior. En “La Puebla” descanso un buen rato ya que me resta lo “peor”, es decir, dos tramos de vías adyacentes a la carretera. Se me hace duro llegar a “La Villa” pero me recupero algo tras abandonarla. Por fín en Villlacañas busco directamente el lugar de acogida, que a la postre será una casa de Cáritas dedicada a hospedar a transeúntes de todo tipo. La casa está cerrada y pregunto por la encargada. Nadie sabe su paradero. Me dirijo al ayuntamiento y el policía local que lo custodia me comenta que estará en misa, que ya volverá. Le pido que me permita dejar la mochila aquí mientras aparece, cosa que no acepta. Me dirijo, entonces, al primer bar que me sale al encuentro y me pongo tibio de birra y pinchos (ante la duda, la más cojonuda). La encargada ha ido a un entierro y aparece al fín hora y pico más tarde. Me da alojamiento y me pregunta si voy a cenar aquí. Le comento que, de momento, voy a ducharme y descansar un poco, que ya veré más tarde. A las 8 me llama porque ya tiene lista la cena: Un inmenso plato de alubias que devoro y que musicará la jornada siguiente, frituras varias de segundo plato y dulces de la tierra. Llega un vagabundo y compartimos cena. Me acuesto a las 9 y duermo como los ángeles 11 horas. Cuando me levante me encontraré con el desayuno preparado. Otro oasis en mi caminar. Mi más sincero agradecimiento a Julia, la encargada del local.
Jueves 20: Villacañas - Tembleque - Villanueva de Bogas (32 km) Fabuloso encuentroSe supone que el Camino va paralelo a la carretera hasta Tembleque, pero no es así y gracias. Sólo transitaré junto a ella durante menos de un kilómetro. Tras 4 ó 5 km del inicio entablo la mejor conversación del Camino: 3 templarios, sí, templarios acuden a hablar conmigo. Han adquirido un silo (construcción bajo tierra de un hogar) árabe, visten como en el medievo (portando pesadas espadas también) y es bien visible, por desgracia, su indigencia. Me comentan que la Guardia Civil no para de incordiarles y que estuvieron a punto de requisar su colección de espadas. Están aquí para, entre otras cosas, ofrecer ayuda al peregrino. Me ofrecen café. Personajes muy excéntricos, generosos y afables. Uno de ellos es bien cabal y discutimos un rato sobre detección de metales y problemas ante el patrimonio. No les saco fotos por respeto (yo me entiendo). Conviven con unas dos docenas de perros que no paran de follar mientras hablamos. Duermen en los coches pues aún no han adecentado del todo el silo. Les deseo lo mejor. Bendita locura la suya. Me quedo absorto contemplando la plaza mayor de Tembleque. Felipe IV la inauguró en una corrida de toros. Mató un cornúpeta de un arcabuzazo desde el palco. La plaza es, simplemente, preciosa. Me pongo morado de comer oreja en el casino y, presto tras gorrínico manjar, me dispongo a atacar la última parte de la etapa. Otra vez agradibilísimo paseo. Flanquean el camino ya algunas lomas. Los tonos del cielo al final son espectaculares. La acogida en “Villanueva” es en el centro cultural. Tras dar algún rodeo por fín encuentro el hogar de los encargados del hospedaje: Una madre, una hija y un hijo que me reciben en su casa como a un marajá. Los hijos son peregrinos y son amabilísimos. Me dan de merendar y me acondicionan bien el aposento, que se encuentra tras el escenario de una salón de actos en el centro cultural. Tiene ducha, colchonetas y calefacción. A las 9 y pico, y tras finiquitar el queso que días atrás compré, salgo fuera a hacer un par de llamadas. Aparece la hermana, que me invita a unas cañas. Estoy cansado y debo lavar algo de ropa, pero no sé ni quiero resistirme. Charlamos un buen rato. Ya antes me han conminado a asistir a misa. Rechacé. Vuelve a intentarlo porque a las 11 hay otra vez ceremonia. Vuelvo a rechazar. Todo ello acaba por destrozar los pensamientos lúbricos que rondan mi mente tras varios días de soledad.
Viernes 21: Villanueva de Bogas - Almonacid de Toledo - Burguillos de Toledo - Cobisa - Toledo ( 45 km) - Regreso a Sevilla Órdago a ToledoEntre “Villanueva” y Toledo existe sólo acogida en Almonacid, que dista sólo 20 km. de la primera localidad. Hay otra opción: acortar por Nambroca; pero esto supone tragarse ocho finales km de autovía, sí, de autovía. En un principio el Camino discurría por ahí, pero la construcción de la autovía lo fulminó. Me lo tomo con filosofía: Optar por la ruta larga y tranquila y verlas venir. Si me encontrare muy cansado por Burguillos o Cobisa cogería un autobus hasta Toledo. Ya más adelante (en el tiempo) recomenzaría el Camino en el pueblo en cuestión. No tengo prisa, por otro lado, ya que no trabajaré hasta el lunes de pascua por la tarde. Deseo llegar a Toledo y visitar tranquilamente la ciudad. Hasta Almonacid deambulo tranquilo, sin prisas; eso facilita que llegue fresco. Encuentro milagrosamente una tienda abierta, compro pasteles y decido continuar. Desde aquí el Camino coincide de nuevo con la Ruta del Quijote. Ya llegando a Burguillos opto por la tremenda, esto es, hacer la heroica y llegar a Toledo sí o sí. Antes, un amigo en Sevilla, Antonio, “el comodín de la llamada”, ha estado buscándome alojamiento por teléfono en Toledo. No ha tenido éxito, así que decido llegar y... si me da tiempo buscar la oficina de turismo, que me den un listado de pensiones y buscar una económica; si no, acabar mis andanzas, irme a Madrid y, acto seguido, volver a Sevilla. Buses de Toledo a Madrid hay cada media hora y de Madrid a Sevilla cada hora. De Burguillos a Cobisa el camino es asfaltado. Me duelen mucho las plantas de los pies y los gemelos se me cargan tremendamente. Al salir de Cobisa me paro un rato para darme ánimos, ya que he lleguado a cojear. Hete aquí que pasa un pajaruelo que pía tal que pe-pé , pe-pé. Esto me hace sonreír, levantarme con bríos y disponer a comerme los últimos 7 km de mi periplo ¡Adelante, Pepe! El asfalto predomina de nuevo, pero mi energía mental no se doblega. Además, este tramo es en bajada. ¡Ahí está Toledo! Me paro un rato absorviendo cada poro de su beldad desconocida por mí. Un desfiladero, el Tajo y la ciudad embriagadora allende el río. Anochece , vislumbro en la ciudad mucho turista, es tarde para ir a la oficina de turismo y pregunto por la estación de autobuses. Estoy en la otra punta de la ciudad. No conozco Toledo y no sabía que había pocos puentes de acceso. La caminata final es tremebunda aunque también en bajada. Llego a la estación a las 19:50. Me dirijo rápido a ver si puedo marchar en el bus de las 20, pero una cola inmensa me lo impide. Consigo bus para las 20:30. La suerte es que esa línea llega a la Estación Sur de Autobuses de Madrid, la misma en que parte la línea hacia Sevilla. Consigo en la capital billete para las 22:00, un milagro. Mi asiento está casi al final del todo y está ocupada por un grupo de rumanos. Los 4 asientos contiguos de atrás están desocupados y, ni corto ni perezoso, y ante la mirada estupefacta de los rumanos, me estiro lo mejor que puedo y me tumbo a descansar allí. A la mitad del recorrido el chófer de recambio viene a reñirme para que me calce y le enseño mis chanclas. Me comenta que apesto a los demás. No le rechisto pero los que en realidad apestan, y mucho, son un par de rumanos alérgicos al jabón. Yo a lo mío. Se pone en marcha y de vuelta a la tumbada. Descanso en el bus y llego a Sevilla a las 04:00. Decido ahorrarme el taxi e ir andando a casa rematando la faena patedora. A las 5 en el hogar, me ducho, pongo las ya apestosas botas en la terraza y... ¡DESCANSO! |
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